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LA ESCUELA DE TAUROMAQUIA A mayoría del público, que con tan afanoso entusiasmo acude a presenciar las corridas de toros, ignora seguramente los orígenes de la fiesta, y, sobre todo, las evoluciones por qué ha pajado para llegar a la forma actual, que puede considerarse como definitiva L a historia del toreo está estudiada de modo completo y magistral en libros muy interesantes, cuya lectura sólo inspira curiosidad a los aficionados de pura raza, y, aunque me sería grato difundirla y vulgarizarla, no quiero intentarlo, porque, como para ello sería preciso escribir numerosos artículos, tengo la seguridad de que acabaría con la paciencia de los que no sienten viva y apasionada devoción por el popularisimo espectáculo. Algo diré, aunque sea de pasada y a grandes rasgos, para que no resulte escueto el relato de cómo y porqué fué fundada la Escuela de Tauromaquia de Sevilla. Algunos eruditos han querido demostrar que el encuentro del hombre con el toro es tan antiguo. que se remonta a los tiempos en qtie los límites que separan a la historia de la prehistoria son indecisos y dudosos. Sobre tema tan curioso publicó en él número de Blanco y Negro, correspondiente al 8 de mayo próximo anterior, un notable y documentado artículo el Sr. Ortiz Cañavate, autoridad indiscutible en la materia, afirmando que, a pesar de tanto como se ha escrito sobre el asunto, y que él expone con gran copia de datos, España es la cuna de los torneos taurinos. L o mismo mantienen con gran brillantez y concienzudo examen el marqués de San Juan de Piedras Albas, en el interesante libro Fiestas de ¡oros, y e 1 conde de las Navas, en su ingenioso y original estudio sobre El espectáculo más nacional. Y o también lo creo así, y opino, además, que su raíz hay que buscarla ett el largo período que dominaron los árabes a Españ a pero lo cierto es que hasta el reinado de Enrique III no se encuentra testimonio histórico indubitado que nos hable de los festejos en que ya los caballeros alanceaban toros a caballo, auxiliados por peones, qús no eran otra cosa que sirvientes asalariados, que exponían su vida para salvar la de sus amos enxaso de peligro. L a crónica de Gutierre Diez dé Games, que relata las proezas, realizadas en Sevilla por el conde Buelna, es acaso el primer documento auténtico donde resulta comprobado, porque la preciosa narración de Moratín, en la qué aparece tan destacada la figura del Cid. es una creación de la fantasía del poeta, que no deriva de ninguna fuente autorizada. Enrique I V tan excéntrico y tan plagado de extravagancias y rarezas, mantuvo en Castilla y León con todo auge las lidias de toros en las festividades cívicas y religiosas; Los Reyes Católicos, aunque no prohibieron descaradamente la tauromaquia, la llegaron a anular, dando preferencia a las justas y torneos. E l ser cosa de los árabes les prevenía extraordinariamente, p o r q u é hasta en ese aspecto querían e x t i r p a r todo v e s t i g i o musulmán. Refiere la crónica del cura de. Los Palacios que cuando, en abril de 14190, la ciudad de Sevilla celebró con regocijos públicos los desposorios de la infantil Isabel con D. Alonso de Portugal, disfrutó él pueblo de todo género de expansiones, menos de las lidias de toros, que quedaron excluidas. Y el insigne avellanos dice haber encontrado en la biblioteca de Kl Escorial un libro del c r o n i s t a Fernández de Oviedo, en el cual L i I- RAACIbí O ROMERO, INVENTOR SUERTE D E RECIBIR D E LA refiere el horror que sintió la Reina Isabel en una corrida a que asistió en Medina del Campo. Durante los siglos xviy xvii y primera mitad del x v n r el toreo, que sigue siendo de a caballo, va presentando nuevos modos, que preparan su. gran transformación. Durante el dominio de la Casa de Austria subsistieron en la plaza Mayor las luchas en que los nobles lucían su valor, no sólo en el ejercicio de la lanza, sino en los combates arriesgados que sostenían a pie cuando era derribada la cabalgadura por el empuje de las reses astadas, rematándolas a cuchilladas, no sólo para hacer alarde de su valentía, sino para rendir homenaje a la dama cuyo corazón pretendían conquistar. L a dinastía de B orbón, importadora de otros gustos y andones, hizo que se ecl piaran los antiguos deportes, y aunque nq. se borraron en absoluto, fueron ya episódicos en la vida española. L a nobleza, siempre identificada con la Corte, no sentía estimuló alguno por la que había sido su diversión predilecta; pero el campo que ella abandonó fué seguidamente ocupado por la plebe. Los sirvientes de baja estofa, entre las cuales se contaban picaros y rufianes, que habían venido prestando su ayuda a los proceres en momentos de riesgo, se convirtieron en verdaderos lidiadores de a pie, ejecutando lances, que eran muestra de aptitudes espontáneas y nativas, que más tarde encontraron expresión concreta y definida al aparecer los verdaderos creadores del arte taurino. No están de acuerdo los que han ahondado en esta cuestión sobre quién fuera el primero que practicó la suerte de matar con espada y muleta. Unos, y parece que son los mejor enterados, afirman que fué e! róndeño Francisco Romero, padre de José, también torero, y abuelo del famoso Pedro y de su hermano Antonio, qué tirarió de una cogida en la plaza de Granada. Otros aseguran que tal privilegió lo disfrutaron los hermanos sevillanos Pedro, Félix y Tuari Palomo. También hay quien creé que fué Juan Esteller (el Valenciano) que inauguró, en umón de el Pamplonés y A n tón Martínez, el día 30 de mayo- de 1754, la oue se apellidó plaza vieja, situada cer ca de la Puerta de Alcalá. De todas maneras, lo que nadie duda es que en la época de los referidos toreros comenzó el toreo que podemos llamar moderno. No es extraño que los más concedan a Francisco Romero la primacía, no sólo porque brilló más que sus contemporáneos, sino principalmente, porque fué el primero que consumó la suerte de recibir. Cuando estos maestros desarrollaban sus facultades y procuraban con. ardoroso deseo mejorar cada vez más el naciente arte, irrumpieron en los circos sucesivamente dos hombres excepcionales, en los cuales prevalecía el valor hasta un grado tal de temeridad, que sus hazañas se juzgarían forjadas por la leyenda si no existieran testimonios irrecusables de su certeza. E l primero de ellos, en orden al tiempo, fué Manuel Bellón (el Africano) Era éste un mozo de rostro moreno, casi atezado, musculoso, fornido v de aventajada estatura. Hace su aparición en Sevilla, alrededor del año 1760, después de una larguísima ausencia, motivada, según cuentan relatos verídicos, por el desenlace de unos amores que terminaron trágicamente. Siendo adolescente contrajo ciega, pasión por una herniosísima muchacha del barrio de San Bernardo, qué si en un principio se mostró enamorada, no tardó en olvidar promesas y juramentos, rindiendo su albedrío a los requerimientos de otro galán. E l amante burlado tomó rápida venganza dando muerte- a su rival, y, para no caer en manos de la Justicia, emigró al Norte de África. Desesperado, sin consuelo, se lanzó al campo, y durante años estuvo entregado a la caza dé fieras, a las que vencía, y dominaba con su valor temerario y sus fuerzas hercúleas. Mitigada su pena por la acción del tiempo, que es bálsamo insuperable para todos los dolores, regresó a la tierra natal con dinero suficiente para vivir con independencia y holgura. No era su propósito dedicarse a la lidia de resés bravas, pero como buen sevillano sentía gran afición a los toros, y, sin afán de lucro y sólo por ceder a los ruegos de varios amigos, comenzó a tomar parte en algunas fiestas. E l público se encontró sorprendido ante las audacias de aquel advenedizo, que con sus heroicidades asombrosas levantó verdaderas tempestades de entusiasmo, jamás se había contemplado hombre alguno que con tan pasmosa tranquilidad se jugara la vida. Mataba las reses lo mismo a pie, armado de estoque y sin más defensa que un sencillo capote de seda terciado en el brazo, que las castigaba con la pica desde el caballo, como el más consumado varilarguero. Era- un caballista formidable. E l marqués de la Motilla, gran amigo suyo y excelente aficionado, decía en una carta, o c u p á n d o s e de tan singular, diestro: Es una ma- ravilla en la jineta; tiene fuerza v maña cual pocos nacidos, y en toreo de reses hace cosas que sólo viéndolas, se creen En el campo acosaba, derribaba y enlazaba con una destre-
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