Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
A B C. D O M I N G O 19 D E J U N I O D E 1932. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 38, hoy a la luz proyectada por tantos acontecimientos posteriores, nos obligarán a admirar en la augusta señora una clarividencia y un patriotismo verdaderamente asombrosos. Ella aconsejó una y otra vez, incluso coincidiendo en algún caso. con enemigo tan solapado y encarnizado como Thiers, que se evitase la hegemonía de Prusia, creadora del espíritu alemán, llegando a reñir verdaderas batallas en el Consejo del Emperador para decidirse a atacar a dicha potencia y buscar la alianza de Austria, cuando, tras Sadowa, las circunstancias favorecían a Francia sobre su rival. Ella comprendió que el fomentar la unión en grandes nacionalidades de los minúsculos Estados, que más tarde constituyeron Alemania e Italia, era hacer una política suicida, por el peligro que había de representar la existencia de vecinos poderosos, ávidos de gloria y de conquista. ¡Sus consejos fueron, pues, no solamente inspirados en el amor a Francia y al Imperio, sino verdaderamente geniales eri su amplia visión del futuro. No fueron seguidos justamente por ser el régimen imperial de origen democrático, y, por lo tanto, esclavo de la ciega voluntad ignorante, que es el capricho de la masa. j Por último, quizá como el sello característico de su personalidad, hemos de alabar: en la Emperatriz aquel espíritu caritativo, llevado hasta límites extremos de generosidad, que hicieron decir de ella que, más que ninguna otra Reina de Europa, en aquellas épocas, acudía siempre en socorro de toda catástrofe, de toda enfermedad, de; toda miseria, y no regateó jamás su presencia ni su auxilio, incluso cuando se trataba de correr los mayores peligros. f Personalmente, la que escribe estas líneas fué testigo mil veces de sus caridades, esparcidas por el mundo entero, y recuerda que mereció ser llamada la buena Emperatriz por su generosidad sin par. Por ello es preciso que los que fuimos sus compatriotas de nacimiento rompamos una lanza en defensa de la memoria de aquella- gran figura, que en días tristes fué insultada por. el populacho, que condensó su odio y su rencor a una palabra: La Española, título que, al ser aplicado a la Emperatriz de los franceses, sintetizaba el conjunto de virtudes de aquella gloriosa representante dé nuestra raza; catolicismo ferviente, patriótica intuición y caridad inagotable. -La vizcondesa de San Enrique. i 1 1 ACERCA D E LA EMPE- J RÁTRIZ EUGENIA Apostillas a un artículo La vizcondesa de San Enrique nos ruega la publicación de las siguientes cuartillas: A l iniciar el pasado domingo la lectura de A B C, no podía pensar, ni remotamente, en la obligación que había de imponerme cierto artículo en el contenido y que me impulsa hoy a empuñar la pluma, y desde mi modesta esfera enfrentarme con el ilustre escritor D. Manuel Bueno, en triplica leal, desde luego, pero también firme y decidida. Referíase dicho trabajo a una crítica sobre la obra de Octave Aubry La emperatriz Eugenia, haciendo todo esperar una armoniosa identificación- artística entre lo sugestivo del asunto y la alta categoría literaria del autor. L a defraudación de tal esperanza explica el origen de estas líneas, sirviéndome asimismo como justificación a tanta audacia, por un lado el vínculo familiar que con aquella augusta señora me unía, estrechado aún tmás por haber podido apreciar personalmente en su íntimo trato la grandeza de aquel corazón, en continuas muestras de inagotable bondad y extraordinarias virtudes. Por otra parte, la propia confesión del brillante publicista cuando afirma que sus palabras corresponden más al sentir de un francés rencoroso, que al pensar de un español prudente me anima en mi deseo, que creo casi un deber, de aclarar y refutar ciertos extremos que pudieran, mal interpretados, proyectarse mío sombra inmerecida sobre la existencia de una de las mujeres que en la historia ha de ocupar un puesto preeminente, más que por la gloria inmensa y el poder que un día ostentara, por la fiírne y cristiana resignación con que supo acatar la Voluntad divina, que hizo de ella encarnación viva de todos los dolores y sufrimientos n la trilogía augusta, de Reina, esposa y madre. Pasemos rápidamente, siguiendo al aludido articulista, sobre sus disquisiciones políticas referentes a los contrapuestos anhelos de ambiciones modestas y locuras de Poder, que en su sentir experimentan, en marcado contraste, democracias e Imperios. Permítasenos rechazar tal distingo, por referirse precisamente al- Imperio napoleónico, que fué ülll ¡llli l! llíl ¡l! lll! llin siempre una forma democrática provinente de la elección, confirmado por el plebiscito y viviendo esclavizado al aura popular. Por ello, al igual que la otra gran democracia americana (que en su vértigo de Poder absorbente quiere acaparar para su uso exclusivo el nombre de todo un continente, siguiendo con ello la nueva interpretación yanqui a la doctrina de Mbnroe: América para... los norteamericanos hubo de embriagar al pueblo de que dependía con reformas suntuosas, opulento bienestar interior. y conquistas exteriores, bien por la fuerza delas armas, bien por el poderío del dinero y de la intriga. Son precisamente estas democracias, más o menos imperiales en su forma externa, las que al llegar la bancarrota militar o económica, carentes de sentido austero, que sacrifica el bienestar de una generación por el conjunto del bien nacional pasado y futuro, cuando en- plena defraudación social y política buscártela ruta para salir de tan angustiosa situación sólo encuentran a. su alcance dos caminos: la dictadura o la anarquía. Prescindiendo de generalidades y circunscribiéndonos al juicio biográfico que nos interesa, heroos de hacer resaltar la flagrante contradicción en que incurre el Sr. Bueno al atribuir primeramente a la nefasta influencia de la Emperatriz, llena de ambiciones de grandeza, los errores políticos exteriores del segundo Imperio, cuando pocas líneas más abajo asegura que, aun no habiendo existido Magenta y Solferino, Ñapoleón III se hubiera lanzado a la aventura de Méjico, porque un Imperio no se mantiene más que a fuerza de ensanchar el poderío nacional por las armas Si como cree el escritor era inherente tal política imperialista al régimen, ¿por qué cargar la responsabilidad sobre nuestra gloriosa compatriota? Y aún hay más. en la propia obra de Octave Aubry, al referirse a los propósitos de la Soberana con respecto a su influencia personal sobre el Emperador, consta claramente que el fin por ella perseguido era moderar el vuelo de sus quimeras Su sentimiento de la política exterior giraba entre dos polos: por un lado, desconfiaba de Rusia, temía a Prusia y detestaba la nueva Italia por otra parte, su profundo catolicismo se revelaba contra el inicuo despojo que en la persona del venerable Pío I X se quería cometer; con la Iglesia de Cristo. Estos fueron sus errores, tan. severamente juzgado en aquel entonces, y que examinados Temperatura constante, 23 grados i Lunes 2 0 i laurees 21. MIVERSAX A V 0 L 01 YAD MI MUERYO (en español) (en SEMANA mm ¡Ulereóles 22. fueres 25 EL EN español) EL FRENTE I Viernes 24. AL Sábado 25. ESIE D E BOMA (en españo! por dobles) Señora R E S U R R E C C I Ó N español) le I z a r a s j Domingo 2 6 E l J o r o b a d l o c í e N u e s t r a (estreno sonoro sincronizado) S
 // Cambio Nodo4-Sevilla