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DE LAS BRU POR EMILIA P A R D O (CONTINUACIÓN) BAZAN presentaban, insinuantes y tenaces, y llegar a una conclusión más apacible y más acorde con el respeto a las leyes de Francia, que ponen a salvo la seguridad y la vida. -Sin duda, la situación es mala- -concluyó- pero las he visto peores. Y aquí, Miraya, es donde vas a probar tu destreza. Tienes tres objetos: separar a Rosario de Felipe; preservar a éste de otra asechanza de Nordis, y lograr que en Dacia la opinión se divida, y que muchos consideren este episodio como un pecadillo de la juventud. Separar a Rosario de Felipe... es por hoy imposible. Pero, en cambio... después del paso que ha dado esa sirena... me parece que se ha cerrado para siempre la puerta del matrimonio. E n eso ha sido poco hábil. Si aspiraba a bodas... anduvo torpe. ¿Qué razón hay ya para que se casen... Esto hemos ganado... Contratiempo por contratiempo, prefiero la estocada de Viodal al casorio con su sobrina... Y puesto que estamos en plenitud de amor, que huyan, que se retiren, que agoten pronto la copa, que descubren su fondo... ¡Yo les buscaré un asilo; malo será que no lo encuentre, y a mi gusto; pero ha de ser algo que les acerque a Dacia; un país donde, la libertad de fronteras y la afluencia de viajeros haga que no se note la llegada de un agente, y donde, lejos de este torbellino de París, me sea fácil vigilar, descubrir las emboscadas de Nordis, si las hubiese, que las habrá, de seguro... Mientras crean a Felipe entretenido con su novela de amor, le dejarán en paz... j A h! ¡Con tal que a nuestro augusto Monarca y señor no se le ocurra morirse antes que Felipe se canse de Rosario... ¡Antes que la calaverada haya abierto brecha en su fortuna! Estos pensamientos decidieron a Miraya a convertirse en aposentador e intendente de los enamorados. A propósito, hizo las cosas en grande; no sólo pagó por la villa Ercolani, sin regatear, lo que le pidieron, sino que buscó para Felipe María un servicio digno de sus ínfulas de príncipe, y montó cuadras y cocheras, aprovechando las lecciones de Dauff, con regia esplendidez. Entre la servidumbre colocó a dos dacios de toda su confianza: uno en funciones de cochero, otro en las de mayordomo o despensero, que tenía bajo su vigilancia al jefe y a los pinches. L a instalación era fastuosa, hasta rayar en insensata, pero Felipe María, con el engreimiento del amor, que hace olvidar las consideraciones del orden práctico, lo aprobó todo, todo lo encontró de perlas, y, sin rechistar, dio a Miraya letras contra su banquero en París, ordenando, además, a éste que abriese crédito en Monaco, a fin de no tener ni la molestia de escribir pidiendo remesas de fondos cuando hiciesen falta. Así se establecieron los enamorados en la Ercolani. 4 v III ODA DE HORACIO A ciertas horas del día, sobre todo en las primeras de ia mañana, y en las que preceden a la puesta del sol, la poesía de la Ercolani era indecible. Antes que el sol picase fuerte, la frescura y pureza del aire, aliento vital de la madre Venus, blando céfiro que sale de un baño de rocío, sacudiendo las alítas, prestaba tonos rosados a las estelas de alabastro y a ios bustos de mármol, y recordaba la serenidad luminosa de la atmósfera ateniense, que, según dicen, parece manar leche y miel. A mediodía, ios fragmentos antiguos, caldeados y como estremecidos por el sol, halagados por los efluvios de amor esparcidos en el ambiente, revivían una vida singular, y las ninfas sonreían a los nervudos faunos, y los amorcillos tenían en sus pedestales actitud de impaciencia, ansiosos de volar, de beber la cálida atmósfera y la esencia de las rosas, violentamente profanadas por abejas y moscardones. A la tarde, con lg. s primeras y refrigerantes brisas del mar, que subían impregnándose de resina en el verdiazul, ramaje de los pinos, los mármoles se diría que reposaban, que se preparaban a disfrutar el sosiego de la noche, envueltos en aquel hálito suave y vivificador. L o único que contrastaba con el helenismo de los mármoles era una nota modernista, el aroma de gardenia, que exhalaban los macizos de los jardines tapizados, a pesar del escocés, dte plantas y flores, desconocidas en la antigua Grecia. La esplendorosa luna de miel de Rosario y Felipe lucía mejor sobre el fondo de arte y naturaleza que la Ercolani le prestaba. No sospecharía el maniático que la creación de sus antojos iban a aprovecharla dos seres, que, al encontrarse allí, en los primeros instantes, creyeron haber descubierto el paraíso. Suele decirse comúnmente que el amor lo transforma y encanta todo, y puede convertir un tugurio o zaquizamí en palacio de dorados camarines; y será verdad, tratándose de gente sencilla, que no ha refinado las necesidades de la vida y no ha exaltado la imaginación con lo que más le enciende y solivianta, que es el arte; pero a los que tienen muy cultivada la sensibilidad artística, a los que siempre han vivido con lujo y llenos de requilorios, no les puede bastar una cabana y un trozo negro de pan, así lo sazonen y condimenten. todos las alegrías amorosas del mundo. Por lo mismo que Rosario y Felipe- -cada uno de ellos obedeciendo a distintos móviles, que producían el mismo resultado- -se habían abrazado a aquella felicidad con el ímpetu del que quiere olvidarlo todo, con el arrebato del que cierra los ojos y se lanza a un precipicio vestido de flores, y en cuyo fondo resuena misteriosa música, el contraste de un sitio feo, triste, incómodo, les hubiese impuesto lo que evitaban y temían: la realidad. En ciertos espíritus de gran cultura estética- -ya que no moral- el amor está cuajado de exquisiteces, de finuras idealistas, y pide condiciones donde lucir libremente su gallardía y belleza propia, sin que lo sujeten prosaicas ligaduras. E n la E r colani encontraron los dos enamorados esta idealización, casi sobrenatural. Como niños a quienes presentan el apetecido juguete, batieron palmas transportados de gozo, cuando recorrieron por primera vez aquel albergue incomparable. L a risa, dulce compañera de las tranquilas horas del amor satisfecho, les asaltaba al registrar el pasticcio del escocés, y al creerse, por momentos, trasladados a los tiempos de Horacio y Lidia. Reíanse de los anacronismos, que tanto habían desesperado al hipocondriaco magnate. Les hacía prorrumpir en festivas exclamaciones cada disonancia que advertían; la carretela descubierta- -que por las tardes les llevaba a Rocabruna o les paseaba a orillas del mar, donde los grandes pinos, quitasoles de abiertas ramas, avanzaban atrevidamente sobre los peñascos- -debía ser, ¡quién lo duda! una higa romana; y la bonita y ligera falúa- -que tripulaban dos marineros corsos- una birreme con cordaje de seda y velas de púrpura. E n ciertos sitios- de la villa- -por ejemplo, el rincón de una de las terrazas, donde un bosquecillo de mirto y rosas servía de asilo a la Venus mutilada, admirable fragmento de una belleza que sorprendía a los artistas- por momentos Rosario, que tenía imaginación más virgen y ardorosa que la de Felipe, se creía realmente fuera de la vida actual, en las edades en que se vivía para la felicidad br, ve, deshojada, como la flor que a la mañana despliega su broche y a la tarde cae mustia y triste, aunque perfumada todavía, y con restos de. su prístina hermosura. Y de este recuerdo pagano nació en Rosario la primer fugitiva ráfaga de meiancolía, esa melancolía sin fundado motivo, que, como la risa involuntaria, acompaña a la excesiva ventura, abrumadora para (Se continuará. 29