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NOVELA, POR EMILIA PARDO BAZAN (CONTINUACIÓN) el mortal. Pero con un esfuerzo ligerísimo, disipó l a pequeña nube. E r a preciso no pensar sino en lo presente. A r t e supremo, en el cual consiste, tal vez, el secreto de la dicha, el. de echar a un lado todo género de preocupaciones cuando se presenta un- momento de los que en, la vida son excepcionales y únicos. N i Rosario ni Felipe calculaban; obedecían, al instinto, no- queriendo saber si había algo fuera de la E r c o ni. L a villa podía pasar muy bien por uno de esos jardines mi éógicos, en que se pierde. el sentido. Todo era allí cómplice Se l a enajenación- y de la embriaguez amorosa. Aquellos márrhok s de Paros y de S a n o s tenían el clásico impudor y la fiebre de vida, que animaban a las generaciones que los crearon. Su vaga sonrisa, la; eterna torsión de su cuerpo, aconsejaban el o l vido de las penas, de ía vejez y de l a muerte. N i la Naturaleza ni los complacientes mármoles dirigían a Rosario ninguna severa advertencia. E n la Ercolaai, el escocés se había guardado bien de colocar imágenes cristianas; allí los númenes eran Venus y las N i n f a s y la fe de española de Rosario se adormecía en su abrasado corazón. E l l a y Felipe sentían que el arte es paganismo, al pie de aquellas Ninfas incitadoras, que reían de gozo al verles pasar. 1 Coge la flor Que hoy nace alegre, ufana: ¡quién sabe si otra nacerá mañana... E l afán de detener la dicha al vuelo, como, se- caza una. mariposa, era lo que dominaba en Felipe. L a convicción de que aquel celeste episodio no era eterno, ni aun duradero, prestaba a su sentimiento- un ardor, que a veces se parecía al frenesí; d u plicaba l a intensidad de su pasión y le despeñaba, por decirlo así, con los ojos cerrados, a un insondable golfo de ventura. ¿N o acababa de ver de cerca: el Sepulcro? ¿N o podría estar ahora ya d i suelto, convertido, e n ceniza? E r a pagano, pagano, y disfrutaba del- instante: fugaz... Nunca se levantaban a hora fija. las lunas de miel son enemigas del método. H a b í a m a ñ a n a s en que se despertaban muy t. irde, agobiados de pereza y languidez, y otras, en que el hervor de la sangre juvenil y l a inquietud de la dicha, ansiosa de adquirir conciencia de sí propia, les movían a madrugar. Rosario ¿ra quien generalmente llamaba a la puerta del cuarto de Felipe, K n las horas de la siesta era cuando mejor saboreaban los dos y a con traje de mañana, de blanca franela, armada de sombrilla y él placer de verse juntos en. la soledad... Sentían filtrarse; por sus calzada de campo. Felipe se arreglaba a escape y salía a enconporos; la molicie penetrante de. aque aire elástico y perfumado, trarla bajo, el pórtico, donde se doraban a l vivo sol los robustos olor. de mar y de flores, y el goce de v i v i r como vivirían los sefaunos, y entreabrían sus labios de amante y pecadora piedra midioses, s i l e s fuese dado elegir género de vida, y si descenlas Ninfas. Y corriendo como muchachos, ágiles, parlanchines, de diesen a la tierra en esta prosaica edad. L a s delicadas manos de bracero, subían a buscar- l a sombra de bosque, a tal hora aniRosario vagaban entre los rizos de Felipe, y a l pasar cerca de mada por los gorjeos de las aves y las correrías de los insectos los labios siempre, recogían cosecha de caricias. por el musgo de los troncos. L o s cedros y los pinos derraA las cinco tenían enganchado el coche, y, o bajaban, a R o maban bálsamo, y el olor de azahar de los limoneros, arrebatado cabruna, o recorrían la costa, por la cual serpeaba el camino por una brisa palpitante, sugería epitalamios. N o hacía bastante tortuoso, en que, al t r a v é s de los troncos y el, ramaje horizontal calor para acogerse a l a gruta, y sentados en un banco de piedra de los grandes pinos, se veían jirones del azul del mar. A veces rojiza, traído de l a famosa v i l l a de Cicerón, hablaban o permaen alguna playa solitaria, les esperaba un criado c o n cestillós necían, mudos y juntos, porque el silencio era tan hermoso, como de paja fina, que contenían frutos; una botella de A y dos o tres las palabras. Algunas veces llevaban consigo un libro, pero poco exquisitas golosinas traídas de Monaco. Y merendaban con expan leían, porque el deseo de comunicarse l o leído. era- más fuerte; sión de chiquillos, cogiendo conchas, corriendo por l a orilla, esque el a f á n de leer, y, en realidad, si algo sacaban del libro, era condiéndose y, traveseando. Otras veces salían a caballo; Rosario pretexto para reanudar l a conversación. E n sus diálogos, sólp. montaba- sin niiedo, y daba gusto verla derecha en la silla, c o n discurrían acerca de lo presente; de lo. venidero no se hablaba el magnífico rodete de su pelo recogido bajo el sombrerillo de nunca, y respecto a l pasado, no. se nombrada a V i o d a l sino por fieltro a l a tirolesa, y el mórbido cuerpo modelado por el p a ñ o de alusión remota, y- Felipe lo hacía con una especie de humorística su traje. E l sano ejercicio aprovechaba a los enamorados, y les y desdeñosa piedad, a, lo cual, tenía derecho ya que V i o d a l por evitaba esas crisis de abatimiento, que a veces acompañan, en poco le cuesta la vida. A l leer no se asociaban; eran uno y otro, nuestra pobre naturaleza humana, a los derroches de fluido nerdemasiado refinados para no comprender que en l a impresión que nos produce un. poeta entra siempre algo de nosotros mismos, vioso. -Volvían a Ercolani cuando la luna plateaba el m a r cuando, a lo lejos, l a iluminación de l a ciudad se reflejaba como inefable, imposible de comunicar, tan imposible como que, a pesar de las desesperadas ansias del amor, un alma llegue in- una torre de fuego en las serenas olas; cuando el aire, tibio a ú n fundirse con otra alma. Los poetas verdaderos penetran en ese. del calor solar, adquiría la grata frescura nocturna; y su dicha, interior santuario, donde ni el amor penetra, y hay que recibirles -m á s recogida y misteriosa en aquella calma, adquiría l a deliciosa vaguedad de un sueño. T a l era, realmente, la impresión de R o a solas. E s raro, además, que un mismo poeta- logre, en momensario: creer soñar. L a chilena se dejaba mecer por esta idea tos dados, conmover a dos almas. Cuando Rosario leía, era sólo seductora: que estaba soñando, y que el aire que respiraba no por entregarse a igual ocupación que. Felipe. Este, en cambio, era de aquí, sino de otro mundo mejor, m á s bello y apacible. buscaba en los poetas el reflejo de sus sensaciones y la armonía con el mundo exterior, y especialmente le deleitaba l a lectura de Horacio; (Se continuará. Del bosque o de l a playa no se retiraban hasta mediodía. Entonces bajaban, saturado el pulmón de vivificantes brisas, el cuerpo restaurado con ¡el ejercicio. Antes del almuerzo b a ñ á b a n se en- e l m a r Rosario era gran nadadora; Felipe algo menos, pero ella le amaestraba y sostenía. Sencillo goce el de entregarse a aquellas olas azules, tan limpias y tan apacibles como las de un lago, -y ver los hermosos brazos de Rosario que las cortaban con- elegante y rítmica- precisión. Tranquilos, con la sangre, fresca, s u b í a n- a sentarse, a l a mesa del almuerzo, no sin que Rosario se vistiese uno de esos trajes de verano que son todo muselina y encajes. Tomaban el café en el pórtico, ana. cronismo del cual no, se asustaban los faunos, que tampoco dejaban de gallardearse en sus pedestales cuando el humo d e l cigarro de Felipe -otra cosa bien ajena a los tiempos mitológicos- -subía en espiral a envolver su eterna, su inmortal a l e g r í a m