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Boda aristocrática La bellísima señorita María Victoria Bermúdez de Castro Sánchez Toca y el distinguido joven D. José Sartorius y Días de Mendosa contrajeron matrimonio ayer tarde en la iglesia del Cristo de la Salud. Padrinos: el marqués de Lema y la condesa de San Luis. (Foto Zegrí- cía matar ante sus propios ojos a todo aquel que le parecía sospechoso. Mas luego, al correr de los años, esfumó La isla del ensueño en el pasado tan terribles historias. Muerto Tiberio, vivió Capri días m á s tranquilos, Sobre el zafiro de! mar, bajo el zafiro del y al presente es como un oasis de paz y de cielo, envuelta en azul, de una belleza ultrareposo. terrestre, desde. Ñapóles se ve lejano l a isla E l alto peñón que compone la isla está d i de Capri, a la entrada del golfo Parteuopeo, vidido por un valle, que separa los dos p i irreal como tierra de ensueño, vago, delicado perfil de azules montañas, casi sin m á s cos del monte. E l m á s bajo abriga la villa de C a p r i el m á s alto, la de Anacapri, mecorporeidad que sus cordilleras oreadas por dio oculta entre bosques de plateados olilas nubes, al impulso caprichoso y tornadivos y desde donde se goza de un panorama zo de los vientos. único, sobre el golfo de Ñapóles y sus rientes Más próximo es a ú n m á s bello. Creo reorillas, todo ello envuelto en un diáfano cordar que un célebre autor inglés, en una cendal de azulada y transparente neblina, esde sus p r o í é t i c a s narraciones, sitúa a Capri fumada en el cielo la mole gris del Vesubio, entre los pocos parajes privilegiados del sobre la que oscila perenne un blanco vapor. mundo, donde vivirán, lejos dé afanes, los Las rocas de Capri son como piedras preescogidos de la suerte, bañados en un aire tibio, ante un. mar espejeante y bajo el m á s ciosas, y en ellas fulgen los matices m á s r i cos del iris. H a y peñascos de rubíes y de amable de los cielos. granates, rocas de turquesa, picos de esmeSu belleza sin par llevó gentes a la isla ralda, acantilados de amatista. E l fuego voldesde los m á s remotos tiempos, y ya fué cánico, al crear la isla, la cubrió con un habitada en los prehistóricos, atraíaos sin manto multicolor y admirable. Entre las pieduda los hombres de las cavernas por el sudras, colgadas sobre los abismos, escalando til encanto de sus rocas ingentes y de sus las pendientes, viven miles de plantas diverfrondas siempre tupidas y verdes. E l mistesas, reciendo con lozanía tropical, florecirioso pueblo etrusco la h a b i t ó luego vivió das casi perennemente, llenando el aire de en ella una colonia griega; después vinieron perfumes. E n las rendijas de los muros crelos romanos. cen tupidos parásitos, ligeras gramíneas, columpiadas por el viento; musgos grises, E l segundo Emperador de Roma, el astuto y cruel Tiberio, habitó en Capri mucho bronceados, verdes, amarillentos, y toda la humilde y anónima flora que surge de tales tiempo, y de entonces data la celebridad de riscos. L o s pinos, los olivos, las magnolias, la isla. Allí edificó el César un palacio eslas palmeras suben hacia el cielo, confunpléndido, que fué teatro de orgias espantadiendo sus follajes, y a sus pies se hacinan bles, aun cuando, se disminuya algo lo que las flores, margaritas casi arborescentes, rocuenta Suetonio acerca de ellos v se ponga en cuenta de la exageración meridional mu- sas de perpetuo florecer, hortensias enorcho de lo narrado por el cronista. Conforme mes, plantas chinas, plantas grandes, todas en flor, volcando sus anchas corolas, sus a l al ideal pagano de la voluptuosidad, con tos tirsos, sus cormibos soberbios. C o n las ella mezclábase a menudo la muerte, y aún especies conocidas se mezclan otras que son se ven en Capri enormes peñascos que caen nuevas a los ojos que vinieron desde t r ó A pico sobre el profundo mar y por donde dicen eran despeñadas las víctimas de T i- picos lejanos, desde parajes remotos, donde alegran el alma de los antípodas. A s í con berio, quien, siempre, suspicaz y temeroso, una exuberancia admirable, crecían por docomo buen tirano, de alguna asechanza, ha- CROQUIS quier unas plantas de follaje grisáceo, que sustentaban enormes penachos de un azul triunfante, maravilloso, de una pureza integral y absoluta, regocijando el aire con un perfume suavísimo. E n lo m á s alto del monte San Miguel, el de mayor elevación de la isla, a cuyo socaire se refugia el caserío de Anacapri, está edificada la espléndida quinta del doctor Munte, célebre médico danés, que reside en Capri desde hace muchos años, y que es uno de los personajes m á s curiosos de E u ropa. L a casa domina el panorama de todo el golfo de Ñapóles, y es encanto de los ojos por su trazado artístico y caprichoso y por el exquisito buen gusto que preside al arreglo de sus cámaras y salones, decorados con sobria riqueza. E l doctor Munte, ya viejo y débil de la vista, no la vive ahora, habiéndose retirado a otra finca en lugar m á s apartado, y gracias a esta dolorosa circunstancia pueden los curiosos visitar desde hace poco tan linda mansión, a la que felices hallazgos arqueológicos han enriquecido con esculturas antiguas, extraídas del vecino mar y que tal vez contemplaron las orgías de Tiberio y sus deliciosos horrores. E n el punto m á s avanzado del jardin una esfinge egipcia de granito rosa está acurrucada ante el horizonte admirable, en la perpetua espera paciente de estos monstruos. Antes que los banquetes del César vio seguramente otras fiestas en el caliginoso Egipto, junto al padre Nilo, sobre cuyas aguas trazaban líneas de sombra los obeliscos y las agujas de piedra de los templos. Allí recogió lecciones de profunda y sabia experiencia y así fundamenta su impasividad, pues nada parece poder alterarla. Y como entre l a estéril arena estuvo, así está entre las frondosas flores, alejada ele este mundo, indiferente a los pobres gestos monótonos de los hombres, sin revelarles su arcano, que tal vez sólo sa conozca cuando llegue el fin de la tierra. MAURICIO L Ó P E Z R O B E R T S Marqués de la Torrehermosa