Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Sari Martiza y ASrienne Ames, recientes adquisiciones del cinema norteamericano, dan los últimos toques a su maquillage momentos antes de entrar en el set para rodar una escena de playa. Foto Marín. ASPECTOS D E H A R R Y LANGDON E n las pantallas se asoma siempre la sonrisa. Unas veces, amarga; otras, irónica, y también- -con excesiva frecuencia- -la que, a fuerza ele- ser sólo risa, se convierte en carcajada. Siempre, en todo momento, nos encontramos a Charlot, a Keaton, a Harold, a Stan y Oliver, a Charley Chase... pero nunca ¡vemos frente. a nosotros a H a r r y Langdon. ¿P o r qué? N o creáis que ignorarnos la respuesta. H a r r y Langdon no se refleja ahora en nuestras pantallas porque es un cómico muy bue- no, un cómico excesivamente bueno que Hace pensar. Y ahora la- gente está muy preocupada, tiene que esforzar su imaginación para poder vivir, y por esto, cuando va al cinc, no sé molesta en pensar, no quiere más que distraerse, reírse, revolcarse gozosa en su butaca. S i acaso- -y nada m á s que por r e s p e t ó se preocupa durante unos momentos de laamargura de Charlot lanzando un ¡Pobre hombre! o de la ironía de Keaton con un ¡Q u é idiota! Pero no les pidan ustedes m á s Esto lo hacen porque se encuentran a antiguos conocidos, a hombres que les hicieron pensar cuando tenían una preocupación mayor que la de ahora- -la guerra del 14- Pero que nadie venga a intentar lo mismo, cue nadie se atreva. a robarles un trozo de fósforo de s us cerebros. A l que esto intente le c e r r a r á n herméticamente las puertas. ¡Ellos quieren payasos! ¡Tontos del circo! S i se embadurnan la cara, mejor. Así. no se v e r á n vestigios de humanidad. Por esto el pobre H a r r y Langdon- -encogido, tímido, dando vueltas en sus manos nerviosas a la cacerola de fieltro gris con que se cubre la cabeza- -lleva varios años diciendo: ¡S e ñ o r espectador, ¿s e puede? ¿P u e d o pasar? Pero nadie le hace caso ni le oye. L a s carcajadas que levantan los payasos en la masa, anulan, borran su débil vocecilla. Pero nosotros le hemos oído. Hemos marchado varias veces junto a él para abrirle paso, y ahora, una vez m á s empujaremos a la multitud, intentaremos rasgarla con nuestros codazos, para que pase H a r r y Langdon por entre la brecha humana, camino del trono vacante que Charlot le guarda a su i z quierda. Y, para conseguirlo mejor, pegaremos -con brochazos de pluma- -estos aspectos suyos, que son como retratos de su persona en la pared infinita del periodismo actual. Infantibilidad. -Todo el mundo lo dice: ei cinema ha llegado a su mayoría de edad. Y lo dice alegre, satisfecho, con esa satisfacción intima que produce el convencimiento de una cosa. Pero a nosotros no nos ocurre lo mismo. L o decimos, además, con algo de tristeza, añorando los tiempos pasados de la infancia. Y es- que esa m a y o r í a de edad no nos suena bien. Parece que quiere decir que el cinema es un señor cuarentón, alto, estirado, vestido de negro y con un cuello de pajarita. U n señor muy serio, con empaque de persona importante. Y estos señores a nosotros nos repelen, no los podemos aguantar. E 1 cinema debe tener siempre algo de niño. De niño bueno, siempre pegado a las faldas de su madre; estudioso, incapaz de hacer nunca novillos. O también de golfillo callejero, de pillastre, siempre con los trajes rotos y manchados de barro, subiéndose en las traseras de todos ios tranvías. E l cinema debe ser: o un niño bueno o un niño malo. Pero nunca una persona seria, mayor. Y de esto se dio cuenta en seguida Charlot. Y se quitó un trozo de su alma infantil y se l a prestó, provisionalmente, a Jackie Coogan. Y gracias a este rasgo filantrópico, el cinema tuvo la picardía del golfillo, su desenfado y su humanidad. Pero le faltaba la seriedad graciosa del niño bueno, l a tragedia íntima y externa del niño juicioso. Pero este niño se presentó en seguida. T e n í a m á s de treinta años y se- llamaba H a r r y Langdon. Y 110 creáis que vestía un traje de terciopelo azul con cuello de encaje y un sombrero de paja en forma de pamela. E l niño llevaba pantalón largo, se afeitaba todos los días, y nada tendría de particular que- se hubiera dejado bigote. Pero su alma era la de un niño. De un mñé juicioso y formal. Y esto es lo que nos interesaba. Atolondramiento. -El espíritu de H a r r y Langdon se debe escapar con frecuencia de su cuerpo. De no ser así sería inexplicable su eterna mirada perdida en el vacio, sus ojos siempre abiertos, perplejos, interrogantes. Y así parece que pasea por el cielo, salvando, baches de nubes y esquivando tropezones a los ángeles, cuando, en realidad, lo que hace es cruzar el Broadway a las siete de la tarde. Y sólo pensando esto se. comprende su atolondramiento, su falta de aplomo para realizar los actos de sü vida. N o piensa nunca lo que hace. S u m á s mínimo gesto es espontáneo; nace engendrado por la situación y muere apuñalado por las circunstancias. Y por esto su alma de n i ñ o bueno contrasta con su modo de ser, con. su irreflexibilidad. Porque Langdon no es- -como suele serse en estos casos- -mi hombre metics-
 // Cambio Nodo4-Sevilla