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NOVELA, POR EHiÜA PARDO BAZAfcl (CONTIGUACIÓN) forma de un porvenir de ilimitadas perspectivas, no. precisamente felices, sino grandes, hondas, como la sima de la ambición, a cuyos bordes solía creerse situado, y donde poco a poco se ENTKK FLOR V FLQR veía caer, como aquel a quien un vértigo arrastra, y a quien llaman voces que le fascinan. S i a ratos deseaba y conseguía Lo. externo en la existencia de Felipe y Rosario podría causar olvidar que existiese nada m á s allá de la villa Ercolani, a poco envidia a los Monarcas en su trono. L a v i d a del hombre enciereaparecía la realidad, delatada por algún pormenor insignificante, rra pocos momentos así, y deben estimarse y tasarse en. todo donde encontraba Felipe señal evidente de aquel inevitable duasu. precio. S i n embargo, nada valdría el espectáculo de los jarl i m o porque ese pormenor, que en él despertaba extraña excitadines de Ercolani, testigos de aquel idilio soñado, si no lo ilución, picante y fuerte, como la del peligro, en Rosario causaba minase la luz interior. -U n fondo de paisaje encuadra poéticamenotra impresión contraria: un momentáneo abatimiento, indicios de te, realza y avalora felicidad, pero no puede, crearla. M á s que el pasión de ánimo, seguidos de una exaltación vehemente en las panorama, nos importa lo que piensan, lo que meditan, lo que manifestaciones del cariño, como si, previendo él fin de sus amoven. en el porvenir los dos enajenados- amantes. res, tratase de aprovechar los instantes que la suerte la otorgaba, U n o de los desalientos que postran al amor y cortan sus. vuefuesen largos o cortos. E l fondo doloroso de aquella situación los, en busca dé lo infinito, és el convencimiento de que las mismas impresiones resuenan de un modo diferente en cada almay era que los dos amantes sabían- -sin decírselo ni a sí. mismos- -que su convivencia tenía un desenlace previsto, seguro, que toda su puesto que las almas rara vez vibran al unísono. S i por fortuna voluntad no podría evitar. S i Rosario exigiese de Felipe una unión llega a producirse esta unidad, de vibración, el resultado es una eterna, y aun sin exigirla, con sólo admitirla, conjuraba el peventura tan profunda y completa, que apenas puede resistirse. ligro. Pero antes de aceptar tal resolución, Rosario era, capaz de Pero estos instantes son contados. Bien sabe el enamorado lo arrojarse al golfo desde uno de los promontorios donde, sentados que se hace cuando aspira, corno al bien más grande que existe sobre una roca, habían pasado ella y Felipe ratos inolvidables. en la tierra, a salir de sí mismo, a abandonar su conciencia y su yo, a disolver su alma en otra alma; huir de sí mismo es Pequeñas circunstancias eran a veces la gotita de agua helada huir del más negro calabozo, y entrar en mi espíritu que arria es que produce él, estremecimiento y despierta del éxtasis. Desde cruzar las puertas de la gloria. Por eso Felipe María, en las su herida, desde que su nombre había empezado a rodar por l a horas de intimidad, en esos instantes en que el corazón se derraPrensa, y su retrato a figurar en las publicaciones ilustradas, F e ma porque rebosa, solía murmurar bajito, al oído de su amada: lipe María recibía muchas cartas- -adhesiones, ofrecimienos de N o soy Felipe, nena... Soy Rosario, ¿entiendes? Soy tú... y servicios, respetuosos saludos de personajes del partido felipista- t ú eres yo, yo mismo! Los primeros días, el correo se hacinó sobre el mueble escritorio, sin que Felipe se acordase de mirarlo siquiera. Rosario, al Apenas acababa de pronunciar estas palabras, cuando, a maentrar por las m a ñ a n a s en la habitación de Felipe, miraba disinera de esbirros que salen a capturar al prisionero que. se evade, c a guisa de canes que persiguen al esclavo fugado, y oculto en muladamente la torre de cartas, y una candorosa alegría se pinl a espesura, venían los pensamientos de Felipe a romper el entaba en sus ojos cuando advertía que no habían sido abiertas, canto, volviéndole a la realidad. N o él. no era Rosario, y de ni aun removidas. U n día notó que el montón tenía otra figura: sobra lo comprendía, al mismo punto en que, apretando contra sin duda, Felipe- lo había registrado. A l siguiente pudo observar su pecho l a cabeza seductora de la sobrina de Viodal, deseaba con pedazos de sobres en el cesto y cartas abiertas bajo el prensadeseo agudo, casi rabioso, incorporar a su espíritu aquel espíritu telas. Poco después, hasta j u r a r í a que Felipe contestaba a alguna joven, vibrante de pasión y de ilusión. S i alguna vez consigue el de las misivas, y que la respuesta; era llevada a Rocabruna por. a- mór realizar ese anhelo elevado y puro de la mezcla de, las almas, el cochero, dacio, en una de esas excursiones que hacen los criaes- por el único medio d e l a unión completa, definitiva e irrevodos, no con encargo de secreto, pero con especial comisión de cable, de l a vida y del destino. Sólo el convencimiento de que sus amos- -un recado que es dc uno particularmente, y no de otro ser está, allí para acompañarnos hasta el trance de la muerte, otros, de los. dos que viven juntos. sin separación- posible, m á s que la separación, fatal, que también También desazonó a Rosario la- Prensa. Los periódicos, daaparta el alma del cuerpo donde, habitó, puede hacer. que cn ¡cierdos y parisienses, llovían en la Ercolani. Felipe afectaba eclíailos to modo, y con ayuda de una atracción vehemente y perseverante, a un lado, sin quitarles las fajas, pero, a veces, como si le atram o r a l y física, se realice ese fenómeno, en que acaso consiste jesen, rondaba la famosa mesa de ancas de león; en que los colotoda la beatitud posible en l o h u m a n o el no sentir aislada- el caba el criado, para recogerlos, al día siguiente y hacerlos desalma, el poseer un alma doble. Y Felipe María, al comprenderlo aparecer de la vista. E n realidad, el efecto que producían sobre el así, sufrió dos o tres veces impulsos irresistibles de decir a Roalma de Felipe los periódicos no era grato; el fruncimiento de sario- -y se lo d i j o cejas que. determinaban en él no era una. de esas dulces comedias- ¿P o r qué nó nos casamos, gloria m í a? que representa a veces el amor para engañarse a sí mismo; río A l oír l a proposición, una ráfaga de contento iluminaba los una tierna hipocresía, ni una lisonja indirecta a Rosario; expreojos negros de la chilena; pero con negación enérgica, reiterada, saba un verdadero sentimiento de repulsión y antipatía contra movía la cabeza vivamente. lo que significaban aquellos periódicos; la vida de afuera, que Apenas soltaba la frase, Felipe sentía, allá en su interior, algo rompían el hechizo de la de- adentro: Y sin embargo, Felipe seque se arrepentía, y protestaba. N o sabría decir qué, pero era guía rondando la mesa, y se sentaba a veces en el sillón fronalgo. Y ese algo maldito, ese algo personalísimo de Felipe, y ajeno terizo, -hasta que un día su mano, guiada por impulso involuntario, por completo a Rosario, determinaba en Felipe una reacción i n se tendió hacia la pirámide de periódicos, rompió algunas fajas, voluntaria, indefinible y vergonzosa, en que entraba como elea r r u g ó algunas hojas, y después se retiró, como desdeñando una mento esencial esta idea: Tanto mejor; E l l a te quiere... la atenta lectura. Pero era bastante: Rosario, que le espiaba ansiotienes aquí, contigo, a tu lado... y eres libre, libre... ¿Quién te samente, notó las fajas rotas y las hojas arrugadas. H i z o m á s impide prolongar esta situación cuanto te plazca? Y si te empasó, a sü vez, la vista por aquellos diarios. Los dacios no los peñas, después... comprendía, ni aun siquiera podía descifrar los caracteres; sin E l después- -el enemigo del amor, el garfio que rompe l a i d a de la intimidad moral- -se presentaba ante Felipe M a r í a bajo (Se contiúuai á. IV rarumrr ¡irr nmimWTníniíFimn i -nimnHi- -rain
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