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LUDO DE LAS BRUJAS NOVELA, POR EMILIA PARDO BÁZAN CGONTINU. ACION) embargo, su instinto adivina repetido el nombre de Felipe en los indescifrables signos. E n los franceses y etí alguno inglés enc o n t r ó sueltos, donde se hablaba del incremento del partido, felipista, se aludía a la residencia en la Ercolani, al duelo y a ella, a- Rosario... Otro artículo gravé estudiaba los proyectos de enlace albanés, ponía erilas nubes la belleza y méritos dé la joven princesa H a r í a Dorotea Electa, y comentaba. las manifestaciones que en Dacia se habían realizado para- demostrar la alegría con que el pueblo vería, unidos, por ese enlace, altamente político, dos países hermanos para quienes era una misma la causa nacional. Por primera vez se d i o cuenta Rosario de l a magnitud y la extensión de su sacrificio. N o había ilusión juvenil, no había engreimiento amoroso, que pudiesen velar la perspectiva terrible, y descarnada del porvenir. ¿Q u é aguardaba Rosario? L a soledad, el abandono... y algo todavía pe, or, cuya amargura había presentido, aunque no la pudiese medir ni calcular exactamente como no se miden ciertos dolores cuando no se han padecido todavía. Acudió a su memoria, quemante como una brasa, el recuerdo de Jorge Viodal, que por ella había sufrido, esa tortura; y s i n t i ó una lástima, que creía generosa y realmente era egoísta- -porque se compadecía a sí misma, se veía ya dejada, desechada, sola, atravesando la vida como se atraviesa un desierto y abrasado arenal. A la noche- -la misma noche del día, en que Rosario bebió el primer trago de acíbar en un periódico- la atmósfera ten a tal pureza, brillaba l a luna, con claridad tan. argentina, era- ya- tantemplado el aire, que Felipe propuso. tin paseo- por mar. Bajaron hasta la playa, cogidos del brazo, silenciosos, como solían estarlo cuando m á s sentían viveza de- afectos y plenitud de dicha o de sueño, que no se: traduce en palabras. L a falúa, tripulada; por los dos marineros corsos, les esperaba ya, y en la popa estaban apilados los cojines, que servían a Rosario, de. asiento, y otros, que, -echados e n e l fondo del. barquito, permitían: a- Felipe- María: reclinarse y recostar la cabeza en las faldas de su amiga, pasando asi horas de contemplación, en que le parecía que sus ideas se evaporaban y se; iban desflecadas y disueltas, como el humo de un cigarrillo turco que contiene opio; en que creía desnudarse de sí mismo, perder su cuerpo y no notar m á s que una sensación de blandura y. suavidad, y el deseo de que tal estado durase éter- ñámente. Rosario- saltó a la falúa, apoyándose en el brazo nervudo y moreno de L u i g i uno de los marineros, y al puntó Felipe ocupó su sitio de costumbre, con lá; cabeza en la falda. U n a mano de Rosario pendía y se bañaba en las olas, sobre las cuales derramaba sus. aljófares l a luna en fantásticos rieles; l a otra, distraídamente, jugaba con el peló de Felipe, con la lentitud y calma de na caricia fraternal. N o se oía nías que el cadencioso y acompasado golpe de los remos, que de vez en cuando dejaban los marineros suspendidos en el aire, y; entonces la embarcación, bogando suavemente, sin casi avanzar, quedaba como suspendida y flotante sobre una sábana de viva plata. E l agua batía mansamente los costados de l a navecilla, y Felipe, con un movimiento de bienestar, ocultaba el rostro en el largo. abrigo, d e p a ñ o que envolvía el cuerpo de l a chilena, preservándolo de la humedad salitrosa. De pronto, creyó advertir, que Rosario respiraba fuerte, que se precipitaba su aliento, como sucede; a las. persosas afligidas, y. que. se reprimen. A l z ó la cabeza; era el punto, precisamente, en que ¡a bajaba Rosario; sus rostros casi se encontraron, y Felipe M a r í a sint i ó caer sobre su mejilla una gota ardiente, que escaldaba, y e n friaba a la vez... Y aquella gota no era del; agua salada y fosí ó r i c á que alzaba el renio, n i del relente de l a noche, cálida como de agosto. Felipe calló... N o sabía qué decir; no acertaba a enjugar l a l á g r i m a de Rosaría; r ACOMPAÑADOS A l otro día- -a la hora en que Rosario notaba en el espejo, sobre la seda fina de sus párpados morenos, la huella de aquella lágrima deyoradora, que Felipe no había intentado enjugar- -entro la doncella trayendo el cesto lleno de rosas, entre las cuales acostumbraba el- ama elegir l a q u e era m á s de su agrado, para prenderla, con largo imperdible de perlas, entre los encajes de su traje de m a ñ a n a y al bajar el, canastillo, -del cual se exhalaba delicada esencia, dijo recelosamente: -S e ñ o r a H a y visita. -i Visita? ¿Quién? -preguntaba Rosario, con un sobresalto natural. ¡E r a tan e x t r a ñ o tener visita en E r c o l a n i! H a b í a n transcurrido tres o cuatro meses sin ver a nadie absolutamente... -E l Sr. De Miraya. Acaba de llegar. Está paseándose por las terrazas con el señor. Rosario calló, pero se vio en el. espejo pálida como un reo sentenciado. Tener visita era- ya cortar la cadena, dorada y compacta, de las horas de amor; pero, que esa. visita fuese M i r a y a ¡M i r a y a representaba lo que había de separarla de Felipe para siempre, con una separación peor que la de la tumba! Sus labitís temblaron y hacjendo un esfuerzo penoso, m u r m u r ó dirigiéndose a la d o n c é l i y S quitando las horquill. as de concha que sujetaban en desorden u abundante niátá de- pelo: -P e í n a m e hija mía, al instante... t e n g o que salir a recibir a. ese. caballero. Mientras la doncella hincaba el peine en aquella crencha negra, perfumada y elástica, Rosario decía con sequedad violenta: -P r e p a r a r á s y a r r e g l a r á s el cuarto que cae a! j a r d í n aquel donde está el Baco de bronce... Que no falte nada; coloca lo preciso, ¿e h? Adolfo te ayrulará; entiende más de cómo se puede alojar a un hombre. Que disponga Adolfo un baño. T e encargo mucho cuidado, y que la ropa de cama sea. de la mejor que tenemos. ¡Ah Y en vez de dos platos, que coloquen tre s a la mesa... Y a recogido el moño, que mordían y sujetaban peinecillos. de diamantes, Rosario tendió la mano hacia la puerta del cuarto que servía de ropero. -E l traje de fular azul- -exclamó. y- -La doncella la miró, nO: SÍn! alguna- extráñeza. Estaba acostumbrada a que. Rosario, mitad por pereza americana, mitad por ese intimisrno qúe caracteriza al amor dichoso no se vistiese por las manaría, sino de trajes flojos. -y batas muy espumosas y chorreadas de encajes, muy engalanadas d é cintas. -El fraje de fular azul era. un, correcto atavío, propio para una excursión a Monaco. S i n embargo, la doncella obedeció, y abrochó con esfuerzo hasta e l último corchete del traje y de su alto cuello, rígido, orlado por una austera golita blanca. Ataviada ya, púsose Rosario, un sombrero de jardín, y preguntó a la, doncella: ¿D i c e s que están en las terrazas? -S i s e ñ o r a P o r el bosque de mirtos los v i hace poco. Derecha, resuelta, l a chilena se dirigió al pórtico, y de allí a las terrazas, inundadas, de sol. Su pie ligero hacia crujir l a arena, y. el aire, moviendo sm falda, moldeaba su cuerpo airoso y de provocativas formas. S i n embargo, mirando un instante, sin querer, la silueta, sobre un espacio de arena lisa, creyó notar que su talle era menos elegante y juvenil, que había en é l n o sé qué alteración de lineas, disminución de gentileza... Decaigo ya -pensó con amargura- Dentro de poco Felipe sentirá como de hierro el lazo. de flores. r 4 (Se 8 continuaré.
 // Cambio Nodo4-Sevilla