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NOVELA, POR EMILIA PARDO RAZAN (CONTINUACIÓN) Áh! j Q u e j a m á s llegue ese d í a que mis ojos no l o vean! E l recuerdo de Rosario ha de ser siempre para- Felipe luminoso y bello, como este verano paradisiaco, en esta quinta que parece un rincón del e d é n E l murmullo de la conversación de los dos hombres guió a Rosario aLbosqüete de rosales y mirtos, y a la sombra del alto templete, sentados en un banco, encontró al periodista y a Felipe, fumando y charlando mano a mano, con ese abandono que sólo se tiene cuando se habla de lo que interesa. É l eco del paso vivo de la joven les llamó la atención, y el diálogo se. interrumpió, como suele suceder cuando la conversación no debe oírla el que llega. F u é un movimiento de esos que crean una situación indefiniblemente embarazosa; Rosario, con su instinto, fino y altivo, lo percibió instantáneamente, y sé mordió un poco el labio infer i o r a pesar de lo prevenida que iba, se nubló su cara y sus pupilas desmayaron. D u r ó un instante; en seguida se rehizo, sin aparente violencia, y tendió, ancha y abierta, amistosa, la manita de marfil a Miraya, que la saludaba algo cohibido. E n el. mismo banco se sentó Rosario, entre los dos, y dijo afablemente, como entrando en materia: -Cuando quiera usted quitarse el polvo... (Miraya tenía, en efecto, una blanquecina capa de él sobre el traje y sombrero, y es de suponer que también sobre la cara. tiene usted dispuesto en su habitación, el b a ñ o Felipe miró a Rosario con sorpresa, y la chilena a ñ a d i ó -Supongo que el S r M i r a y a viene a pasar una temporada, O, por lo menos, unos días. -Estoy en un hotel de Monaco- -respondió M i r a y a evasivamente, como el que aguarda a que insistan. -Pues arregle usted su cuenta y quédese aquí- -reiteró la crnV lena- E s preciso, porque tenemos mucho que hablar; no crea usted que es sólo con Felipe con quien va usted a tratar de... miestros negocios. U n a ojeada atónita de Felipe prestó ánimos a Rosario, qué prosiguió, hablando despacio, y como quien sabe el efecto de las palabras y acariciando la rosa, que había tomado del canastillo: -N o valen los misterios, Miraya, y aunque usted crea que las mujeres no servimos para... opinar en cuestiones políticas, ¡b a h! algunas veces, cuando son negocios que. nos interesan mucho, que nos llegan al alma, no debe despreciarse nuestro consejo... líMed. me tiene por una criatura sencilla... o inútil. Y a verá si lo soy o no lo soy. P ó n g a m e a prueba. Y para que se convenza de que no me falta penetración, empiezo por decirle que ha hecho usted perfectamente en venir. Felipe se distraía; se olvidaba de- que tiene en Dáeia asuntos M e alegro de que usted le despierte. M i r a y a atendía, frunciendo el entrecejo con desconfianza. ¿Ser í a cierto? ¿I b a a encontrar una aliada en la misma, mujer en quien veía el obstáculo y la remora para el porvenir de la. causa, felipista? Parecíale demasiado, bonito. ¿S e r í a ra lazo. una arti- maña, un medio hábil de desorientar y quedarse. dueña del, campo, inspirando, descuido? Pero los ojos magníficos y Júminososí é Rosarid, su tersa frente morena y pulida como, e l á g a t a su boca entreabierta, respiraban sinceridad y buena fe, y hasta un extrañ o entusiasmo, una especie de transporte. O es una gran. cómica, o realmente le importa la causa de Felipe -pensó. Miraya, que, en voz alta, dijo con efusión: -Ninguna aprobación, en este caso, puede agradarme y tranquilizar mi conciencia, indicándome que procedo bien, m á s que l a de la señorita Rosario... L a palabra s e ñ o r i t a cayó como un copo de nieve en medio de una atmósfera serena y templada... Rosario se sobresaltó, sin querer; Felipe tuvo una contracción de los músculos del rostro. Miraya, impávido, se volvió hacia Felipe, y p r o s i g u i ó ¿L o v e Vuestra Alteza? Cuando yo le decía que mi consejo era el de todas las personas que le aman... Sin dar tiempo a que Felipe se rehiciese, Rosario intervino, y declaró con convicción y seriedad: -E l que ame a Felipe M a r í a de Leonato no puede aconsejarle, no puede querer, otra cosa sino que no arroje por la ventana, en un acceso. de locura, o por entregarse a una disculpable apatía, su porvenir y la. gloria de Dacia, que son una misma cosa. J a m á s hemos hablado de este problema el príncipe y y o pero, tampoco la ocasión se había presentado; hoy, que se presenta, celebro, M i r a y a celebro mucho que usted sea testigo de mi modo de pensar, de: lo que siempre repetiré al príncipe... -Rosario... -murmuró Felipe, cogiendo la mano de la chilena, que apretó- la suya con energía. -Felipe... -respondió ella, acostumbrada a esa dulce correspondencia del nombre de pila, que es una de las muletillas del amor- N o te había dicho nada... pero, no creas, lo pensaba; si, lo pensaba m i l veces. Mientras pasamos aquí horas tan... tan tranquilas... ¿qué sucederá por, Dacia? H o y que ya estás bueno, fuerte, repuesto por completo... hoy, es preciso que mires hacia Oriente... hacia tu Patria, hacia tu herencia. -N o hablemos de eso ahora, te lo. suplico- -declaró Felipe- L a mañana está hermosísima. Demos un paseo hacia el bosque, para abrir el apetito. Almorcemos alegremente después. M i r a y a trae un cargamento de anécdotas de P a r í s y va a contárnoslas, y a divertirnos mucho con ellas. Tiempo hay de hablar de cosas aburridas y serias, ya que la dueña, de esta casa- -y Felipe recalcó la expresión- ya que la dueña de esta casa tiene gusto en Hospedarle a usted. M i r a y a asintió, y poco a poco fueron ascendiendo por los senderos enarenados de los jardines, hasta la villa, donde se provistaron de quitasoles. L a corta subida al bosque era un ejercicio que aumentaba el buen sabor, del almuerzo. Entre el silencio armonioso de los pinos, y bajo la sombra embalsamada y transparente de, los, vetustos cedros, M i r a y a parecía una cotorra, un ave exótica, charloteando con buen humor y facundia inagotable. Rosario, ya serena, y en apariencia alegre, le prestaba atención, ¡hasta aprobada, y sonreía, y celebraba las oportunidades maliciosas; pero Felipe, sin esfuerzo alguno se- divertía y solazaba realmente, con la expansión. del que, privado hace tiempo de toda relación y contacto con la sociedad, de pronto vuelve a entrever su panorama. de. mil colores, y absorbe afanoso la bocanada. de aire exterior. E l comprobar esta disposición de ánimo de Felipe acrecentó el oculto sufrimiento de Rosario. N o le bastaría estar siempre aquí, conmigo pensó, agobiada de pena. ¡A ella le bastaba! L o s hombres son otra cosa -añadió para sí, acudiendo, a. esa distinción del modo, de sentir- en cada sexo, qué es, a la vez, el triste consuelo y la désesperacióm incurable de las almas femeninas apasionadas y tiernas- L o s hombres necesitan el movimiento; la actividad es su vida... Pobre Felipe! Así Rosario, le compadecía. porque la estaba matando. Entretanto, seguía la charla de Miraya. Hablaba de La ActuaUté, iáe. las aventuras y desventuras de Daüff, preso en las redes de cierta damita joven de los Bufos, la cual había conseguido del cronista una campaña de reclamos, que desesperaba al director y hacía que. se burlasen de él todos. los redactores. Contó asimismo u n a c ó m i c a desdicha de Lapamelle: a t r a í d o u n a tarde a los bulevares exteriores por el aviso de que se vendía una intéresantí- sima colección de estampas viejas, cayó en el garlito de unos ladronzuelos, que le desvalijaron, le apalearon muy a su sabor y por poco le asesinan. Salió también a relucir la última vuelta de la veleta de Loriesse, que va no se entusiasmaba por el pintor es (Se continuará,