Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
P A G I N A S DE MI A R C H I V O LA ESCUELA DE TAUROMAQUIA reo, pero sin orden ni concierto. Era necesario seleccionar, elegir y, tras de maduro escrutinio, a r r o j a r la escoria y conservar el oro pura, dándole formas atrayentes y sugestivas. Yi lo r e a l i z ó con creces, inventando lances que, a la par que embellecieron el encuentro, otorgaron al hombre g a r a n t í a s hasta entonces desconocidas. Su afán de transformación Üeg ó hasta variar la indumentaria. E l calzón y coleto de ante, el correen ceñido a la cintura y las mangas acolchadas de terciopelo desaparecieron para ser substituidas por la chaquetilla con bordados, el calzón; corto de seda y la faja de colores. Sistematizó y metodizó el uso de la capa, que los t o r e r o s emp l e a b a n únicamente como medio de defensa, pero empírico y sin sujeción a regla alguna, convirtiéndola él en. r e c u r s o eficaz, no sólo para abrillantar la lidia, sino también p a r a modificar, corregir y enmendar las malas condiciones y r e s a b i o s de los toros. Innovó la verónica, cuyo ejemplo sirvió de estímulo a otros diestros, que aguzaron su inventiva, aportando nuevas suertes, que fueron enriqueciendo el repertorio; y así como Pepe- tfílfo ideó el. capeo de frente por detrás, y Cuchares el de farol, sucesivamente aparecieron multitud de variados modos, que han hecho del toreo de capa uno de los más brillantes episodios de la fiesta. Otra de las novedades introducidas por Costillares fué la formación de cuadrillas, sometidas a la disciplina del maestro. Hasta entonces los empresarios contrataban directamente a los picadores y banderilleros que habían de intervenir en la corrida, y con procedimiento tan absurdo se daba lugar a que la confusión reinara en la plaza, como consecuencia de no ejercer el matador autoridad sobre sus colaboradores, y en el barullo que con ello se producía, resultaba casi siempre deslucido el espectáculo. E i terminó con tal estado de cosas, refutando picadores y banderilleros, organizando su cuadrilla y asumiendo la representación de toda ella para firmar los contratos. Sus compañeros siguieron el mismo camino, con lo cual quedó ordenado para siempre lo que antes había sido desorden v anarquía. Pero donde Costillares demostró ser un verdadero genio del arte taurino fué en la transformación radical y absoluta del último tercio de la lidia. No puede disputarse a Francisco Romero la gloria de haber sido el que primeramente citó á los toros para darles muerte, armado de- estoque y muleta. Demostró siempre el valor necesario para esperar a la res, -sereno II la vez que Bell ó n, Martin- cha y J o s é Cándido destacaban sus personalidades vigorosas llevando él toreo a terrenos hasta entonces insospechados, fueron d i b u j á n d o s e nuevas figuras, que habían de encauzarlo por vías normales, depurándolo, afinando su factura, y. eliminando aqUe- Üos rasgos de barbarie que tendían a desnaturalizarlo. J o a q u í n Rodríguez (Costtiia- res) -y lo echo por delante por ser más antiguo- uie Romero, Pepe- HiUo y Jerónimo José Cándido- -es en ios fastos t a u r i n o s una representación- sumamente interesante. Hasta que él marcó rumbos nuevos, que tanto habían de influir en los desenvolvimientos del arte, se puede afirmar que no comenzaron a t o m a r v i d a ciertas máximas, que, sin obedecer á principios fijos ni estar reguladas por cálculos exactos, indicaban en. términos amplios y generales las normas a que había de s u j e t a r s e la lidia. Hasta entonces, la característica personal de cada diestro era lo único. que imperaba, y como había dominado en ios tres grandes precursores la nota del valor temerario, iluminado por indudables intuiciones artísticas, pero desordenado y rebelde, las que no eran capaces de arriesgar lá vida eu grado tan heroico no podían seguirles en su enloquecida carrera. Se copia todo aquello que depende del ejercicio de facultades comunes a los demás hombres, y por eso el discípulo guede seguir las huellas del maestro y basta mejorar su trabajo cuando éste ha de ser. practicado utilizando el instinto, la habilidad y la astucia. Se puede ser continuador de un artista cuya actuación se encamine a imprimir a los hechos una d i rección inteligente, metódica y ordenada. L o que no es posible emular son los actos de bárbara osadía que. además de ser privregio de contacíisímos hombres de constitución atlética y despreciadores de la vida, requieren fuerzas hercúleas y- gigantescas, que otorga la Naturaleza, pero que no puede crear la voluntad. Costillares es el predestinado para iniciar la necesaria revolución. Y no se crea por lo dicho anteriormente que la misión que se impuso fué desterrar el valor o disminuir e denuedo en los toreros al enfrentarse con las reses bravas. Nada de eso; él mantuvo la intrepidez y va entía que demandaban todos los lances; pero despojando la lucha de brutales alardes, que si eran de intensa emoción en diestros extraordinarios y privilegiados, como el Africano y Mariincho, realizados sistemáticamente por todos, habrían convertido el espectáculo, de suyo pintoresco y regocijante, en carnicería sangrienta y repulsiva. Desde muy niño anduvo alrededor de A 1 JOAQUÍN KODSIGUEZ COSTILLARES 1 los toros. Su padre, dependiente del Matadero de Sevilla, lo llevaba en su compañía para que le ayudase en sus tareas? y, a la vez, se fuera acostumbrando al oficio, con el fin de concluir disfrutando un jornal seguro. L a estancia entre los matarifes, a la vez que le hizo despreciar una. ocupación de tan baja estofa, despertó con vehemencia, y por virtud de misteriosos impulsos del instinto, la afición que vivía latente en su espíritu, y que con. el tiempo ¡había de cubrirle de gloria. Buscó al célebre matador Pedro Palomo, que, sorprendido ante aquel mozo de dieciséis años, imberbe, que sin contar coir más ayudas que sus deseos alentosos y decididos, demandaba un puesto en la torería, resolvió comprobar si su ambición estaba en armonía con sus cualidades. E n las primeras lecciones reveló estilo propio, agilidad, soltura y peculiarísima gracia para sa ir de todos los lances sin vacilación ni cobardía. E n vista de ello lo llevó consigo, y como aún no existían las cuadrillas, influyó con las Empresas para que lo contrataran como banderillero. Progresó rápidamente, y cuando sólo cootaba veinte años, a pesar de que en aquellos tiempos no prosperaban las improvisaciones, recibió la alternativa de manos de El Africano, que era entonces la cumbre más alta de la tauromaquia. L a obra de Costillares ha sido de una trascendencia substancial y decisiva, porque no consistió en mejorar lo que ya se encontró hecho, sino en construir uñ sistema nuevo, sobre el cual descansa todo el arte taurino. Era éste un conjunto caótico e informe, en el cual estaban amontonados todos los materiales constitutivos del to-