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y tranquilo, sin mover los pies, y hundirle la espada en los rubios al realizarse el cruce; pero el trapo rojo en sus manos, como en las de sus sucesores, era una cosa muerta, que sólo servía para cubrir el cuerpo y facilitar, burda y grotescamente, el engaño. 1 dibujo de la época, totalmente auténtico, que se acompaña, demuestra mi afirmación con sobrada elocuencia. Su verdadera eficacia era desconocida totalmente, debiéndose a la inteligencia y perspicacia de Costillares su regularización y adecuado empleo, no sólo para salvar al torero de los graves riesgos que corre en la lucha con el cornupeto, sino también, y muy principalmente, para trastear, castigar, parar y mandar, sin cuyos requisitos no podrían ser muertas las reses con arreglo a principios técnicos. A eso, que es substancial, hay que añadir los primores y filigranas a que sé presta el toreo de muleta, que tiene momentos de suprema elegancia y de intensa emoción artística. Labor tan meritoria y digna dé alabanza ya sería suficiente para hacer imperecedero él recuerdo de su nombre, pero sus- poderosas y fecundas iniciativas llegaron a mucha más altura con la invención de la estocada a volapié, que vino a llenar una necesidad imperiosamente sentida. Se daba con relativa frecuencia el caso de salir un toro que, teniendo todas las condiciones de raza, nobleza y bravura, llegaba al último tercio aplomado, receloso y sin la codicia necesaria para embestir en el instante del cite. Y como no se conocía más modo de matar que recibiendo, se ofrecía el espectáculo repulsivo para el público y denigrante para el torero, de tener que concluir éste con el animal, pinchándole a la media vuelta ó a paso de banderillas, cuando no tenía que intervenir un empleado de la plaza, que, desde el caülejón, hacia uso de una lanza muy larga, que llamaban punzón, para rematarle de una manera repugnante. Para llenar vacío tan esencial sirvió la estocada novísima, que tuvo un éecito resonante y clamoroso. D e allí en adelante, todos los toros podrían ser despachados conforme a reglas previamente establecidas. Consideraba tan lógica y racional la novedad, por él introducida, que cuando prodigaban elogios á su. inspirada ocurrencia, solía decir, con expresión ruda y vulgaris ma, pero con razonamiento claro y firme: N o he inventao ná. E l vuelapiés lo han ínventao los tofos. Me pedían esa muerte y la he dao. Se ve, pues, que el volapié fué creado para suplir deficiencias y salvar en Jo posible defectos o anomalías de los animales, pero nunca para que fuera considerado como suerte definitiva. L a de recibir es la suprema del toreo, y a ella hay que supeditar todos los accidentes de la corrida: el matador tiene la obligación de citar a todas las reses, y solamente con la que no embista, arrancarse para consumar el volapié, utilizándolo únicamente como estocada de recurso. Pero como es menos difícil y peligrosa, se fué adoptando como preceptiva, y por ello, en el transcurso destiempo, acabó por desaparecer aquella bizarra, valerosa y artística manera de rematar la lidia del toro. Los contemporáneos de Costillares siguieron recibiendo, pero cuidaron a la vez, y lo mismo han hecho sus sucesores, de perfeccionar el volapié, que mejoró con Pepe- Hilto, progresó aún más con Montes v llegó a su más brillante apogeo con El Tato. Dice el competente escritor Pascual M i Han que de no haber existido Pedro Romero, Costillares sería sin disputa la pr mera figura de la tauromaquia, no sólo porque tuvo voluntad perseverante para llegar a lo alto, sino también porque nació con aptitudes naturales y espontáneas, que aprovechó con verdadero entusiasmo. Mediado el año 1759, en pleno triunfo, y FRANCISCO SOMERO, INVENTOR D E L A SUERTE D E MATAR CON ESTOQUE Y MULETA sin asomos de decadencia, un tumor que se le formó en la mano derecha lo inutilizó en absoluto, y al poco tiempo murió en Madrid, asegurando alguno de sus biógrafos que su fallecimiento, más que ocasionado por dicha enfermedad, fué motivado por otra que le causó la tristeza de verse apartado para siempre de su adorada profesión. Dejó como discípulo predilecto a José Delgado! Billa, que fue una reputación legítima, pero que no pudo substituir al maestro, ni mucho menos competir, aunque lo intentó, con el coloso Pedro Romero, que en su g gantesca personalidad compendiaba con mérito centuplicado todas las glorias de la dinastía rondeña. Filé Pepe- Hillo, con absoluta preferencia, el torero popular y querido. Su biografía, para escribirla completa, seria interminable. Valiente has: ta la temeridad, acometía todas las suertes, sin reparar en dificultades ni peligros, y lo mismo recibía los toros que los despachaba a volapié. Enardecía y entusiasmaba al público, que 3 e tributaba verdadera adoración. Las muchedumbres de los barrios bajos madrileños, manólos, chisperos, rufianes, bravoneles, y hasta los más típicoa ejemplares de la fauna criminal, le aclamaban y aplaudían. Y a la vez disfrutaba la amistad de los caballeros de la. nobleza, y la admiración, cuando no los favores, de las damas de más esclarecido lina; e. Era, en una palabra, un hombre simbólico y representativo. Su semblanza nadie la ha perfilado con más propiedad que el célebre Montes, que decía: José Delgado fué un torero de encargo, y más general que cuantos se han conocido; y no es necesario haberle visto para juzgar así de él; no hay más que fijar la vista sobre las heridas que recibió y las suertes que se deben. a su invención, y notaremos que son las más difíciles y expuestas que se conocen en el toreo; y esto no es capaz- de hacerlo sino eí que tuvo mucho valor y muy grandes conocimientos. Y su atracción personal nadie, la ha retratado mejor que su banderillero Manuel Sánchez, Ojo Gordo, que murió ex Sevilla, a la edad de noventa y tres años, en julio de 18.54, que cuando hablaba de su maestro decía, lleno de emoción, y a mí me lo refirió, hace muchos años, un viejo amigo mío, que se lo hubo de escuchar: N o se le podía tratar sin quererlo, porque era de 1o que no hay en el mundo. Sus audacias en la brega, muchas veces innecesarias, fueron motivo de que recibiera numerosas heridas, y a la postre, la causa de su muerte, ocurrida en la plaza de Madrid, en la tarde del T I de mayo de 1801. en el momento de entrar a matar al toro Barbudo, de una ganadería de Peñaranda de Bracamonte, cuyo nombre no he podido encontrar. Cinco años antes de morir, el 1796, dictó, porque apenas sabía escribir su nombre, un folleto titulado La Tauromaquia o arte de torear, en el que consigna multitud de reglas para torear a pie y a caballo, que es de lo más completo que en su género se ha, publicado. A la galantería de mi queridísimo amigo el duque de San Pedro de Galatino debo el poseer un eicmplar de la primera edición. t NATALIO RIVAS
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