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CUENTOS DE HUMOR VERAS LO QUE LE PASO A UN TORO TAOlJSS s muy humano d e c i r s t a cara... esta a i r a Dónde he visto yo antes de ahora esta cara... I Y jes; bastante humano también qué en medio del insomnio, nadando en el insom: riib, s i n dar con una islita de sueño, digamos a ú n -A q u e l l a cara... aquella cara... ¿Dónde íte visto yo antes de ahora aquella c a r a L a preocupación nos roe las horas. Debía lüiber irnos polvos- insecticidas contra esas preocupaciones pequeñitas y mezquinas, pero dé. inevitable e. implacable invasión. C l a r o que hemos dicho qué es muy humanó, y en lá cartera literaria traigo el ejemplo í de que también es instintivo y animal. T o d a l a afición recordará seguramente a aquel torero de cabellera rizada, como un tej. do de uralita, y ojos encogidos, que en los carteles se Mamó El Florista. El Florista, con sus amigos y un ganadero, montó u n día en su caballo y se fué a ver el. ganado. i L a ja- qúiía lucía su paso gallardo, y el diestro llevaba su chaquetón cortito, de esos que na más llegan ¡tic hasta aquí basta la cintura. 1- os cuellos de piel, subidos entornadamehté, rodeen en el. invierno las populares testas de los: ídolos del ruedo, con l a tapadera del sombrero; cordolrés. Y así acuden a las faenas camperas; l a mano en e l alto bolsillo de. l á prenda andaluza, l a cinturita prieta, las cade- as limpias y después los amplios zahones de cuero, donde suena a gusto l a varita. l f a íváp El Florista y sus amigos por detrás de la tapia alta del cercado, trotando a ritmo flamenco. Se les ve desde e l pecho al cordobés, y avanzan a impulsos del correr jinete. Los toros, a este lado, se inquietan. U n o nías nervioso o más curioso, se v a volviendo todo él, para mirar siempre de frente a l grupOj por si hay que arrancarse. ¡Y qué m o r r i l l o más ampuloso y rizado tiene! E s la g r a n montaña de la bravura. 7 E E c h a n pie a tierra con agilidad. L a s j a cas se deshacen en v; ho. E l torero de los ojos encogidos avanza despacio y silencioso. Está inquieto frente al enemigo. ¿Y ese toro? -pregunta. i C u a l? ¿E l 40? -S í el cárdeno veleto... -B o n i t o ¿eh... Armario se llama. Florista se guarda el comentario, dé. temor y dé afición á l a ve? Todavía hubo algunos más que se acercaron a! torero, y corno advirtieran sü atención en el toro le d i j e r o n -B o n i t o ¿eh... Bonito i de veras, j Pasó el tiempo y llegó un día de lidia. S a lieron las cuadrillas de oro. plata y s o l rasgó la tersa tela del cielo azul él clarín y se abrió- el cuadro negro, de aliento fresco y misterioso, sobre cuyo fondo se, adivinaron en segujda unos cuernos blancos y unos ojos brillantes. L o s capotes de los peones eran enormes mariposas que se le iban de los pies y: de los cuernos a l a n i m a l que se le desaparecían no sabía cómo. Florista se fué al toro 40, ya presentando- le la cadera, y le dio; tal verónica, que el b i chó se llevó un jirón invisible de l a temperatura del diestro. P e r o P e r o l a fiera no dobló, nó insistió; se quedó parada, y en su mente se iluminó l a s i guiente frase: -E s t a c a r a i esta cara... ¿Dónde he v i s to yo antes de ahora esta; cara, Florista quisó insistir; se puso delante otra v e z instó con l a planta del pie v con! a vpz. Y consiguió que Armario embistiera de mala gana, pensando en otra cosa que eh su natural deseo de erigen L o s picadores distrajeron al toro de su idea, y los otros dos matadores- -Belmonte y Márquez, lo recuerdo- -hacían los quites con el mayor lucimiento, volándoles por encima de l a cabeza las palomas de los aplausos... P e r o le tocaba a Florista. se ponía delante del bicho, -y el bicho abría, muy pensativo, los ojos, sin ocuparse de embestir, y como el animal no tenía más cultura que l a del prado, daba a su pensamiento formas o r d i narias de expresión, que hemos de disculp a r l e -Y o le conozco a éste tío y iio. sé. de qué. ¡Q u é r a b i a me da esta m e m o r i a m í a l. cn lo cual los silbidos hacían fuegos artificiales de sonido, y su l l u v i a de plata y oro- caía sobre Florista, como si él tuviera la culpa... Se distrajo Armario con las banderillas, jugando a que él se las ponía a. los banderilleros, y llegó la hora de la muleta y l a espada. florista preparó para empezar un pase natural con la izquierda, y se fué, lentamente al; toro, dándole su vientre, más aún que el pecho; E l toro le esperó con los ojos achicados y temblones, ojos de dudoso, diciéndose a sí mismo: -E s t e es, s í éste es; ¿P e r o quién es éste, qué yó le conozco de a l g o i Tartto se acercó el torero, y tanto insistió en que el toro embistiera, que el toro embistió, pero dé mala gana también, y para quedarse al otro lado, más pensativo que anrtes, frías inquieto, interiormente, más deseoso de: resolver l a incógnita que le roía el cerebro; ¡R a! Florista sé puso de mal humor, se preparó y. metió el estoque hasta la bola, y de tres impulsas, además; porque la- preocupación del bicho se l o consintió. Entonces, y y a con el pretexto de tener el estoque dentro, Armario se. acostó para pensarían lo suyo intensamente: ¡Qué rabia me d a! ¡O h qué asco... Tengo l a seguridad de haberle visto antes que aquí, y no sé dónde... ¡A b! ¡i Y a s e Esté es Uno que estuvo en. el p r a ¡Pumba! L a puntilla. ANTONIORROBI. ES (Dibujo de Tauler.