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UDO DE LAS B NOVELA. POR EMILIA PARDO BAZAN (CONTINUACIÓN) pañol ele asuntos decorativos y galantes, sino que- andaba loco por un puntilista, cuyos retratos como algunos de. la vieja escuela holandesa, vistos con una lente descubrían el grano, las arrugas y la complicada red del tejido epidérmico, gracias a una labor maniática y obstinada, realizada con pincelillos finos, como puntas de aguja. ¡A h ese P a r í s -exclamaba M i r a y a comentando el caso- ¡E s e P a r í s! Todo el que tiene una idea, iodo el que tiene una concepción cualquiera, buena o mala, extravagante o sencilla, arcaica o modernista, a P a r í s la trae, y al calor de Paris la incuba y la saca a luz, y con esa luz se alumbra luego el mundo! Estaba elocuente hablando de P a r í s poniéndolo en las nubes, con entusiasmo sensual e intelectual, de hombre que en l a fuerza de la edad pasa desde el ambiente letal y mustio de una ciudad dormilona, al ambiente saturado de efluvios de la capital cosmopolita. Olvidándose de lo tratado al principio de la entrevista, iba M i r a y a a pronunciar un ditirambo en favor de P a r í s por lo que había contribuido a dar a conocer la causa felipista en E u r o p a pero una ojeada ligeramente autoritaria de Felipe M a r í a le detuvo a tiempo. S i n embargo, a los pocos momentos cometió otra imprudencia: recordó a Viodal la. venta y dispersión de los Cuatro elementos y el voluntario confinamiento del pintor en: las Baleares. Esta parte de la conversación tuvo la virtud de hacer que Rosario, bajase los ojos, y un abatimiento profundo se reflejase en su cara. E r a aquel recuerdo, apareciendo en tal instante, un puñal agudo que traspasaba el corazón de la chilena. Sus propios sufrimientos le daban a conocer los que había causado. Guando M i r a y a pasando rápidamente a otro asunto, trazó una caricatura de Yalomitsa, de sus botas rotas, su gab á n grasiento, su miseria, desde la marcha de Felipe, Rosario exclamó: J- ¡Pobre H a y que escribirle que se vengr. entendamos bien, que no incurramos en una equivocación funes- ta. Usted no. está convencido de que yo quiero que Felipe reine. o haga lo posible... por llegar a reinar. ¿N o es eso? -S e ñ o r a -e x c l a m ó Miraya, apelando a la franqueza- E s exacto: A pesar de sus hermosas palabras del otro día... no sería e x t r a ñ o que... Y o comprendo las leyes del corazón... ¡Q u é ha de comprender usted! -protestó c o n un m a t i z de mal disimulado desprecio Rosario- ¡Q u é ha de comprender! S i comprendiese... S i comprendiese, vería en mí la mejor aliada ¿l a más segura. Sintióse M i r a y a deslumhrado por un. rayo de sol que entró en su espíritu, a l a vez que en el lindo templete, acariciando las rama: -de las enredaderas que trepaban por las columnas de alabastro amarillento. ¿S e r í a verdad? ¿Aquella mujer, tan interesada en alejar a Felipe del trono, le a p r o x i m a r í a a é l? ¿Y por qué no? ¿Acaso no existe la abnegación, no existe el amor al sacrificio en el corazón de las mujeres que aman? ¿Y no podría ser también- -aquí la grosería moral de la naturaleza de M i r a y a volvía a sobreponerse- no podría ser también que aquel propósito ocultase la ambición m á s vulgar y hasta la codicia m á s v i l? ¿N o podía soñar Rosario, retiro por retiro, el papel de favorita cesante, con una dotación magnífiCa y esos honores bastardos y equívocos que, sin embargo, halagan la mezquina vanidad? -la vanidad humilde, que se contenta con lo qué la ofrecen- E n el pensamiento de M i r a y a revolviéronse mezcladas la admiración entusiasta y la sospecha afrentosa. T a l vez es una heroína del amor... y tal vez una calculadora muy hábil: Bien conoce ella que no iba a ser eterno el idilio... entre otras razones, porque Felipe, al paso que lleva desde, que está con esta mocita, n ó tiene dinero- ni- para tres años... de lo cual me alegro, y con lo cual he contado al instalar l a Ercolani... D e fijo sospecha... y toma sus precauciones... ¡A h no me la pegan a mí tan fácilmente las gatitas... E n fin, sea por un motivo, sea por otro, lo que nos conviene es que adopte esta actitud... y que trabaje en pro de la causa... E n voz alta, con tono vehemente y alarde de brusco respeto, dijo el periodista: S i usted nos ayuda, señora, nuestro es el triunfo... H o y por hoy, lo único que podría perdernos sería su oposición de usted. S i usted no quisiese, no entraría aquí ni un soplo de aire que oiliese a felipismo. ¿P o r qué estoy yo en la Ercolani? Porque usted se, digna tolerarlo. Pero hace. usted bien. Y o la he presentido a usted; yo he comprendido perfectamente que los amigos de Felipe M a r í a de Dacia, en usted tenían que poner su esperanza, como la ponen i o s marinos en la Santísima Virgen. Y esto se lo voy a probar a usted con dos palabras... V e r á usted... ¿S e acuerda, de un anónimo que recibió por el correo interior... pocos días antes de... del desafío de Su. Alteza? Vivo, carmín tifió un instante las páli das mejillas de Rosario, y sus. desmesurados ojos se clavaron con magnética fuerza en los de Miraya. ¿E r a de usted? -balbuceó. -M í o H a g a usted memoria... Decía en substancia, no sé si con estas mismas palabras o con otras muy parecidas: S i quiere usted de veras a Felipe María Leonato, no. se case usted con él, y si no le quiere, y es una ambiciosa, tampoco, pues casado con usted, j a m á s r e i n a r á ¡E r a de usted -repitió, abismada, la chilena. ¿D e- quién había de ser? -exclamó con vehemencia M i r a importaba en P a r í s el destino del príncipe heredero? Señora, usted, cuya alma voy viendo que es tan varonil y tan grande; usted, cuyo padre sucumbió luchando por su Patria, debe comprender muy bien lo jue la Patria signiya ¿A quién sino a m 5 í e VI L PAC- TÍ Dos días llevaba M i r a y a en l a Ercolani, y todavía se guardaba íá consigna de no hablar de política, cuando de mañana, al salir para fumar un cigarro en el pórtico, antes de resolverse a escribir su fondo para el periódico, órgano de Stereadi, vio delante de sí a Rosario, que se cogió de su brazo con inusitada familiaridad. -Vamos hasta la segunda terraza, a sentarnos a la sombra -le dijo con tono entre mandato y súplica. -Vamos, señora- -respondió Miraya, inclinándose con una galantería, que disimulaba mal la sorpresa y cierto recelo. E r a en la segunda terraza, donde mirtos y rosales en flor rodeaban una estatua de Venus, mutilada, pero de belleza sorprendente. Sentáronse bajo el templete, a cuya sombra transparente y dorada recordaba Rosario haber pasado horas plácidas, que acaso tío volverían nunca... ¿Y el príncipe? -preguntó M i r a y a al ocupar, por indicación de la chilena, sitio en el banco de jaspe rojo, -S u Alteza- duerme todavía- -respondió ella, acentuando con firmeza el tratamiento- Y o he sido m á s madrugadora, porque tenía que hablar con usted. M i r a y a a pesar de su verbosidad, calló y esperó. Parecíale que en aquella luminosa mañana; entre aquellos bosquetes salpicados de flor, se jugaban verdaderamente los destinos de la causa felitista ¿Q u é iba a decir l a mujer amada? ¿Q u é decreto pronunciaría su boca? ¿Q u é pensaba? ¿H a b í a sido sincera dos días antes? A l c a b o de una pausa, repitió Rosario: -T e n í a que hablar con usted, porque, es necesario Oüe nos (Se coiiíinuará.