Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ELA. POU EMILIA (CONTINUACIÓN) AZAN fica... Dacia está a pique de convertirse en provincia de otra nación... señora, entiéndalo usted; ¡vamos a ser esclavos. Nuestro redentor, el hombre que puede levantar a la nación y despertar su conciencia, es Felipe María. E l Rey, que representa su libertad y su vida, sólo lo puede recibir Dacia de esas manos. Míreme usted- -continuó el periodista, con un arranque oratorio, que tenía algo de teatral y enfático, pero mucho de sublime- ¿N o ve usted cómo me- domina esta emoción? ¡Casi lloro! ¡Se trata de la P a t r i a! Los negros ojos de Rosario chispearon. P o r fácil que fuese M i r a y a en admitir malignas suspicacias, su entendimiento, siempre muy superior a su sensibilidad, le guiaba en aquella ocasión, y reconocía que Rosario, a su apostrofe, se conmovía de veras. -Precisamente- -dijo, al fin, la chilena, en voz quebrantada- precisamente por eso, Sr. Miraya, he querido que hablemos, que nos unamos para la obra, en que tengo m á s interés que usted mismo... más que nadie. N o se trata de la P a t r i a se trata de Felipe. Y yo me ofrezco a hacer que prescinda de los escrúpulos que todavía no ha podido desechar, y se presente, sin rebozo, como aspirante al puesto que de derecho le corresponde. ¡A h! -e x c l a m ó M i r a y a- ¡E s o eso ante todo! U n acto ostensible del príncipe, señora, y en una semana centuplica sus fuerzas y sus esperanzas el partido felipista. ¿N o ve usted que el arma que esgrimen los enemigos, el gran recurso de que se valen, es propalar que el príncipe se niega rotundamente a secundar los esfuerzos de sus fieles partidarios? Este rumor ha desalentado a casi todos... y puesto que usted se presenta animada de tan generosas intenciones, no vacilaré un punto en decirla teda la verdad. E n Bacia se cree que... afectos profundos... e imposibles de desarraigar... se oponen a que Felipe M a r í a presente su candidatura. Sí, señora; suponen que el príncipe, entre su corazón y sus derechos, opta por su corazón. Se cuenta que está fascinado, embelesado, como Ulises en la isla de Calipso... y que el resto de! mundo ha desaparecido para él. Las contingencias de su candidatura al trono... parecen incompatibles con el h e r m o s o s u e ñ o que el príncipe sueña... Esto abate a nuestros amigos. Muchos, desmoralizados ya por el retraimiento de Felipe, se han pasado al partido del duque Aurelio, y son sus más celosos agentes... ¿Q u é quiere usted? E l hombre es débil y medroso... Temen, el día de mañana, tener que sufrir represalias del duque... E n fin... ¿quiere usted oír toda, toda la verdad? Pues el mismo Stereadi- -el egregio Stereadi, el que me ha comisionado a mí para entenderme con el príncipe; el que es allá l a cabeza, el que arrastraa los apocados antiguos y representa- la fusión del orden con la l i bertad... Stereadi, señora... ya empieza, ¿lo creerá usted? a titubear... L e veo... y no le veo... E l día menos pensado tenemos cuarto de conversión... Una m a ñ a n a recibo carta suya con instrucciones reservadísimas, y me ve usted desaparecer. ¡Adiós, feüpismo... ¡Pero eso sería una infamia! -protestó con anhelo Rosario- ¡Abandonar a Felipe! N o eso no lo h a r á n ustedes... ¡L a política no tiene entrañas, s e ñ o r a! E l príncipe esjjuien nos abandona a nosotros... ¡N o podemos, como usted comprende, Jugar en balde nuestra seguridad y nuestra v i d a! P o r algo, por una probabilidad, sí la j u g a r í a m o s y de buen grado; estamos resueltos... Pero, ¿n o seria necedad insigne jugarla, por quien rechaza hasta el holocausto? Héroes, m á r t i r e s bueno! Necios, ¡nunca, s e ñ o r a! ¡M i r a y a eso no s e r á! Ustedes no deben dejar a Felipe... Y o que le conozco, juro que en su ánimo. allá en el fondo de su corazón... está decidido a ir con ustedes... hasta donde haga falta. N o escriba usted a Stereadi, y asegúrele que Felipe h a r á muy pronto un acto público, una demostración de esas que. no dejan lugar a duda, rotunda, terminante... M i r a y a guardó estudiado silencio. Veía a Rosario comprome- terse, y la. abnegación de la chilena le saltaba a los ojos. Era ¡uno de esos- heroísmos secretos y pasivos de la mujer enamorada, feliz al tenderse para servir de escabel al amado. E n pocos m o- ¡mentos comprendió Miraya el dominio que las circunstancias le prestaban sobre el alma de Rosario, y hasta qué punto podía ex- plotar ese dominio. Decidióse, a dar un paso peligroso. -S i resiste bien esta prueba, seguros podemos estar de l a aliada- -pensó, calculando a qué profundidad iba a introducir el cuchillo- Y en voz alta, como hablando consigo mismo, murmuró: -L a gente de allá ha dado en desconfiar, y se necesitaría un golpe muy resonante para inflamar los ánimos otra vez... L o único que les convencería... Titubeó. -L o único... sí, lo único que considerarían positivo y d i recto... más que un manifiesto, m á s que un mensaje (lo cual, por otra parte, en vida del Rey, sería impolítico en alto grado... Volvió a detenerse M i r a y a y suspendiendo l a oración, su m i rada vagó por el suelo y se remontó hasta las rosas que enrama ban el templete, y hasta l a estatua mutilada, la Venus antigua, tan serena en su hermosura... -j N o me atrevo! -añadió por fin. ¿Q u i e r e usted que yo tenga el valor que le falta a usted? -pronunció lentamente Rosario, en tono incisivo y dolorosamente fúnebre. Clavó el periodista en la chilena tan atónitos ojos, que si ella no estuviese en uno de esos momentos de la vida- en que l a noción de lo cómico, desaparece, sería capaz de soltar la risa. Contentóse con sonreír amargamente. -L o único- -prosiguió- -que puede convencer, a los felipistas y exaltar- su entusiasmo... sería... el... el enlace... con la princesa de A l b a n i a ¿V e r d a d que sí... -interpeló con sobrehumana fuerza. ¡N o se equivoca usted -declaró Miraya, que veía abrirse el cielo- Pero... ¿sería usted tan noble... tan generosa... tan... -Basta- -repitió Rosario con anhelo- N o necesitamos palabras, sino obras. Soy su aliada, de usted, y si usted lo olvida o lo duda... peor, peor para usted y para la causa de Felipe. ¿C ó m o hacemos para que Felipe declare que accede a... esa boda? -L o mejor- -indicó M i r a y a tartamudeando de júbilo- -sería... que... dentro de unos días, cuando al familia de Albania venga a pasar una semana a Monaco... el príncipe... los... los. v i s i tase... y N o supo decir más. Rosario asintió con l a cabeza, porque las palabras no acudían; la garganta estaba seca, la saliva se había suprimido, la l a ringe no formaba la voz... Pero la voluntad, vencedora, movió los músculos del brazo, y Rosario tendió l a mano y estrechó l a del periodista, sacudiéndole, a la inglesa, con lealtad v i r i l Mirayai tuvo tm arranque: se arrodilló, besó l a mano y después volvió el restro, para no ver a Rosario; temblaba con todos sus miembros, como un ave azorada, y que abría la boca para recoger aire, lo mismo que si le faltase la respiración. 1 VII PREPARATIVOS Desde el momento en que Rosario y Miraya se estrecharon la mano en el bosque de mirtos, la situación de las tres personas que residían en la Ercolani cambió de una manera, al parecer, insensible, pero, realmente, profunda. S i n que la boca de Felipe M a r í a dijese que aceptaba el papel de pretendiente, lo declararon (Se continuará.
 // Cambio Nodo4-Sevilla