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EL POR- EMILIA PARDO BAZAN (CONTINUACIÓN) IDAS sus actos, ya explícitos. L a vida se estableció y regularizó sobre l a base de un plan encaminado a dirigir los trabajos del felipismo en Dacia. P o r las mañanas, mientras Rosario se ocupaba en esas menudencias de tocador que roban tanto tiempo a las mujeres, Felipe y. M i r a y a despachaban juntos, leían correspondencia y periódicos, y escribían, en cifra, largas cartas. Antes de la hora de almorzar, esperaba enganchado a M i r a y a el cestito, del cual tiraban dos jacas de resistencia y fatiga, muy distintas de los magníficos troncos flor de romero y negro, que se destinaban especialmente a los carruajes del servicio de Felipe, Miraya, por un rasgo de penetración, desde antes del almuerzo dejaba solos a los enamorados. Entraba en sus cálculos que se creyesen, como antes, libres y en intimidad completa. Pasábase el día en Monaco o en Rocabruna, no perdiendo el tiempo, porque allí abundaba la gente dacia, ya residente, ya de paso. M i r a y a conocía perfectamente con quién podía hablar, con quién debía guardar recato y silencio, y de quiérí no le era difícil recoger noticias, algunas de interés sumo. L a s cartas siempre dejan dudas, aunque las de Stereadi, en cifra, por supuesto, contuviesen un tesoro de instrucciones categóricas. Desde que Felipe estaba dispuesto a salir del retraimiento y a tomar parte activa en la empresa- -y bien sabía M i r a y a lo que había de entenderse por parte activa l a faz de los negocios políticos había cambiado súbitamente, uc la m á s impensada manera. E l gran notición era que el duque Aurelio, el propio duque Aurelio, renunciando, a sus desapoderadas ambiciones, dejaba entrever propósitos de retirarse a la vida privada el día que faltase el Rey, o de c o n t e n t á r s e l a lo más, con el papel de una especie de consejero altísimo, de un lugarteniente del Monarca futuro, para el caso probable de una guerra. E l día en que M i r a y a do cuenta a Felipe María de esta nueva actitud i del duque Aurelio, al ver pasar por el rostro movible y finamente pálido del príncipe una expresión de contento, el periodista, no pudo menos de menear la cabeza, murmurando: sido insultadas por los oficiales de un regimiento adicto al duque Aurelio, a causa de lucir en el pecho él lazo blanco y rojo... Cierta mañana buscó M i r a y a ocasión de departir confidencialmente cinco minutos con Rosario, y a la noche, la chilena, adoptando el tono persuasivo y afectuoso que acostumbraba para hacer esta clase de indicaciones- -como si pidiese algo que l a interesase personalmente- dijo Felipe: -M i r a compláceme en esto... Tengo el capricho de que hagas una excursioncita a Monaco. Y como Felipe, cuyas mejillas se encendieron ligeramente, sólo respondiese con un, gesto ambiguo, ella insistió: -Debes ir. Déjate de aplazamientos. Sé que hay mucha gente de allá, hambrienta de echarte la vista encima. E s justo darles, esa satisfacción... Merecen algo por el cariño que te tienen... Cosa convenida. ¿Cuándo se hace esa expedición? ¿Mañana? -N o hay tanta prisa, ¡Y a veremos! ¿Y tú, nena? ¿V e n drás también? -preguntó con zalamería Felipe. -No... -respondió Rosario, venciéndose con energía sobrehumana- Para ir yo, m á s valdría que no fuese nadie... ¡Felipe, bien me comprendes! I r á s solo... es decir, con M i r a y a Y o sabré lo que ha sucedido... M e lo contarás a la vuelta... Y me traerás de allá... si quieres... un ramo de flores... Quedó resuelta la expedición para dentro de dos días. M i r a y a debía adelantarse, a fin de correr la voz entre la colonia dacia, deseosa dé ver a su príncipe, y que podía agruparse, con este objeto, a una hora determinada, en la terraza del Casino. L a promiscuidad y libertad de esos Casinos, absolutamente cosmopolitas, donde se mezcla y confunde gente de las más diversas procedencias, y que sirven de punto de reunión, a todos los extranjeros, no sólo de noche, para la batahola del juego infernal, que se juega allí, sino por la tarde, a las cinco, en busca, de las emociones más suaves y anodinas del concierto- -serían favorables a la escena que M i r a y a quería representar; escena histórica, a pesar del carácter, nada solemne del teatro- A la noche re- ¡H a y que desconfiar... E s demasiado bonito... Soltar su greso Miraya, y encontró en la revuelta del camino, sentados sobre presa el buitre... ¡M i l a g r o como é l! un ribazo, a los enamorados, que le esperaban para saber q u é- -D e todos modos, Sebasti- -indicó Felipe- esa novedad nos tal había marchado eso A decir verdad, era. Rosario la que dedespeja el camino. m o s t r a b a interés y hacía, afanosamente la pregunta; en cuanto a Felipe María, afectaba guardar silencio o querer llevar hacia otros Volvió M i r a y a a hacer el mismo gesto de recelo y precaución. caminos la conversación. Pero M i r a y a no lo consentía; venía reN o obstante, en breve los hechos le obligaron a reconocer que, bosando júbilo, excitado, radiante. ¡Q u é recepción se le preparaefectivamente, la actitud del duque, cada día m á s acentuada en ba al príncipe! E l mismo no sospechaba que en Monaco se enel sentido de la abnegación, producía en Dacia efectos maravicontrasen reunidos tantos partidarios suyos; los. había de todos llosos, exaltando y difundiendo el movimiento felipi- sta. Había colores, de los amigos de Stereadi y de los del partido antiguo; eijtratado hasta entonces M i r a y a perseverante en su sistema prudentre estos se contaba, por cierto, un sobrino del duque de Moldau, te y cauteloso, de evitar que algunos personajes dacios, de los un oficial, mozo simpático y encantador: el conde de Nakusi, cuyo que concurrían a Monaco, lograsen su. deseo de ver, saludar y entusiasmo era contagioso. ¡S i le viese usted cuando supo que rendir homenaje a Felipe. Mas ya la ola de curiosidad, de simmañana conocerá a su p r í n c i p e! ¡Y o creí que se volvía, loco! Y patía y de entusiasmo, iba siendo sobrado impetuosa para que se todos están en la misma tesitura. Tendremos una ovación. ¡Cómo pudiese reprimir. Diferentes personas se presentaron en varias corren las noticias! U n reguero de pólvora... E n hora y media se Ocasiones a la puerta de la Ercolani, solicitando ver a Felipe, enteró todo Monaco... Verdad es que allí ia gente forma una y marchándose enojadas o condolidas de la negativa; y Esteban, colonia, unida desde mediodía hasta medianoche, para divertirse, el leal cochero, enteró a su amo de que ciertas señoras dacias flirtear y derrochar... i Qué ambiente el de ese paraíso del goce! le habían ofrecido, reservadamente, fuertes cantidades para saber Allí hay. efluvios... Y nadie faltará: Nakusi jura que se han en qué dirección pasaría el príncipe- -a fin de hacerse las enconacabado los miedosos, porque el duque Aurelio dice, donde le tradizas y contemplarle al paso- N o hay Monarca que no propueden oír, que se ha convencido que el trono es del príncipe voque este anhelo de la vista, fruto de la misma idea que les Felipe María, y que él no aspira m á s que a ser su primer vaatribuía en la Edad Media y aun en épocas más recientes, la sallo, el m á s fiel de todos... virtud de curar los lamparones con sólo imponer las manos: forma de la atracción propia de! Rey, filtro mágico de su presencia... ¿P e r o eso es auténtico? ¿N o hay exageración? -preguntó Felipe María, estremeciéndose; Esteban refería a Felipe cómo alguna de aquellas señoras, ante su negativa, se había echado a llorar, diciendo que era duro no- -Auténtico y real... Tenemos los hados propicios- -añadió poder mirar el rostro de su príncipe, después de haber corrido Miraya, accionando como un energúmeno. Y dejando desbordarse bastantes riesgos para introducir en Dacia sus retratos, y de haber (5 e contintaaré.