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E n el Teatro Lírico Nacional anuncian l a última semana de actuación. L a envidia, tan frecuente y tan extendida entre nosotros, sobre todo cuando se trata de cuestiones de arte, por el fermento pasional que en ello hierve, y l a aducaión, no menos fuerte al oponerse a los envidiosos, han exagerado por igual a l juzgar aciertos y desaciertos. N o ha sido todavía tan beneficiosa como podía esperarse la labor del teatro oficial; pero tampoco se puede asegurar que no haya servido para nada. Ante todo, no vale quejarse, en una temporada tan breve, de la falta de estrenos, y mucho menos si se piensa que el Teatro Lírico N a cional no se fundó tan sólo para enriquecer el repertorio con obras nuevas, sino, mejor y principalmente, para exhumar, espigando en aquél, las zarzuelas injustamente olvidadas, y divulgarlas otra vez con decoro y propiedad. P a r a la creación de lo nuevo i m portaba, como importa siempre cuando se trata de un repertorio teatral que puede ser riqueza, l a conservación de lo viejo que, por tener categoría de antiguo, no debe desaparecer. L a censura d a r á en el blanco si se refiere a l a pereza o ligereza de una selección poco escrupulosa, que n o e x h u m ó precisamente ni lo m á s valioso ni lo m á s olvidado. Jugar con fuego estaba hecho y rehecho por todas las compañías de zarzuela no protegidas, y la interpretación de la compañía subvencionada oficialmente no justificó el interés de l a reposición. Tampoco la notable cancionista uruguaya LyEl barbero de Sevilla, que además no es una bia Dimas, que ha sido acogida por el obra española, se ofreció con un cuadro público madrileño con mucho aplauso. de cantantes que superase- -salvando a A n í (Foto Polak. bal Vela- -otras versiones recientes, ni a ú n las m á s modestas, y fué gran lástima que La bruja, de Chapí, se pusiese con un de- mendase a un tenor que, teniendo magnícorado y unos trajes indignos de la categoficas cualidades para otro linaje de obras, r í a del teatro y del espectáculo, y se encono podía alcanzar fortuna en ésta, y ello debió verse en el primer ensayo, ni como D E L T E A T R O LÍRICO NACIONAL cantante, ni mucho menos como actor. A s í se desaprovechó y malogró, por no repartir con tino, un apreciable elemento artístico. L a precipitación con que se organizó l a temporada dio lugar a que pudiéramos decir, refiriéndonos a los cantantes. N i son todos los que están n i están todos los que son y esto es m á s censurable si se tiene en cuenta que sobraba dinero para haberse hecho con los mejores artistas de E s p a ñ a U n a cantante española de reconocido mérito, cuyo nombre no es menester citar, porque está en l a memoria de todos, faltaba en l a lista, y con ella un barítono de verdadera categoría, y nacional, por añadidura. Esta es l a verdad escueta. Pero también es verdad que la orquesta del Calderón es l a m á s nutrida y m á s acertada que oyéramos j a m á s en una compañ í a de zarzuela, y que l a afinación justísima, por citar nada m á s que un ejemplo difícil, del coro de soldados en el tercer acto de La bruja, cantado a voces solas, que mejor nunca lo oímos de intensidad, de ritmo y de matiz, basta por sí sola para acreditar la m a e s t r í a de E m i l i o Acevedo, director estupendo, y l a pericia y el cuidado del maestro Anglada al aleccionar la masa coral. P o r si esto fuera poco, la primera temporada, brevísima, de la. compañía lírica nacional, ha servido para incorporar- -ojalá sea para siempre- -a la zarzuela y a l a ópera española a. una verdadera soprano dramática, espléndida de voz, de escuela y de expresión, me refiero a Fidela Campiña, arrancada a los teatros extranjeros, donde triunfaba, y repatriada felizmente a nuestro arte, y ha servido también para la afirmación definitiva de un joven cantante español, modesto y notable, que en muchas temporadas del Teatro Real estuvo injustamente pospuesto, haciendo segundas partes, a l prestigio falso de algunas extranjeras celebridades de pega. Cuando l a injusticia empezaba a desalentar a Aníbal V e l a c u y o es el nombre del gran, artista español- la Dirección sde nuestro T e a t r o- L í r i c o 1 c resarce ofreciéndole mar- El arte dramático en Londres. Una escena de la nueva comedia La Dubarry representada en el teatro de Su Majestad. Por indicaciones de lord Chamberlain, se han modificado algunos detalles del indumento femenino t que no se alarme el pudor británico. (Poto Thozvs.