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MO ÜA, POR EHfLIA PARDO BAZAN (CONTINUACIÓN) la abundancia del corazón, exclamó, sin saber lo que decía: Todas las noticias favorables. E l Rey empeora. Esta vez Felipe frunció el seño. A l final y al cabo, aquel hombre, que declinaba hacia la tumba, era su padre, el que le había engiendrado, el que le tuvo en brazos y acaso le besó, aunque Felipe no lo recordase... M i raya, olfateando el yerro cometido, se apresuró a anegarlo en un río de. palabras. -L a conversión del duque Aurelio también no deja de darme en qué pensar... A l pronto me pareció una estratagema... ¡E n mendarse ese lobo viejo! Pero, bien mirado, es posible que la opinión se le haya impuesto de tal manera, que no halle medio de resistir, y como buen estratégico, entenderá que una retirada, honrosa es cien veces preferible a una derrota humillante. Dacia está que arde, no cabe duda; la hostilidad de Rusia, los vientos albaneses que corren, las complicaciones que se presentan por la parte de T u r q u í a ciertas indicaciones transparentes del Gabinete de Viena, y, más que todo, la certidumbre de la enfermedad mortal del Rey, noticia que se ha divulgado por todas partes, a pesar de los tapadijos de médicos y palaciegos, han producido tal estado de efervescencia en los ánimos, que oponerse a la corriente sería dar una prueba de locura... E l duque h a b r á reflexionado. E s listo, muy listo, y los listos saben adaptarse a las circunstancias, cuando no pueden modificarlas a su antojo. Sin embargo, al hablar así, el acento de Miraya revelaba todavía un temor indefinible. Mientras fumaba en el pórtico, a la luz de la luna, se combinaron los últimos detalles. I r í a n en el coche de guiar, con el tronco flor de romero, que, aunque inquieto y mal domado todavía, era como pareja de corderitos en las diestras manos de Esteban. L l e garían a Monaco poco después de las cuatro, y la aparición de ¡Felipe en el Casino se verificaría a las cinco y media, cerca de las seis- -el momento de más concurrencia- Del resto no había que ocuparse; ya haría su oficio el entusiasmo. Estos pormenores los discutían Rosario y Miraya, mientras Felipe fumaba silenciosamente, m á s agitado de lo que quería dejar notar, pero con agitación reprimida, dominada por esa sombría actitud de impasibilidad aparente, que sabía adoptar en las circunstancias graves y difíciles. E n el fondo de su alma no existía la petulancia jactanciosa de Miraya, ni la tranquila convicción, generosa y fuerte, de Rosario. ¿S i en el último momento un desengaño viniese a frustrarlo todo? S i en vez de ovación recibiese una acogida fría, irónica; si, al contrario, la exaltación revistiese formas grotescas; si en vez. c simbólica entrada triunfal en Dacia, la aparición 1 en el Casino de Monaco representase la estéril postulación del pretendiente siempre desairado? E r a la primera vez que se decidía a exhibirse en público revestido de la aureola que presta el trono; no sólo a los que lo ocupan, sino también a los que con alguna probabilidad aspiran a ocuparlo. Su orgullo, su amor propio, enconado por las decepciones de su madre, que habían recaído sobre él, se sublevaban al solo pensamiento de un paso en falso, de una ridiculez, de un fiasco posible. Y las únicas frases con qus intervenía en el diálogo confidencial de Rosario y Miraya, que bajaban la voz cual si tramasen un complot, eran rasgos de mal humor y displicencia, objeciones pueriles, augurios y vaticinios pesimistas- -últimas resistencias de una voluntad que quiere ser forzada, y secretamente aspira a que le ofrezcan un pretexto para dar el salto mortal, el definitivo. VIII MOXARQÜICA subía al coche y tomaba las riendas, con Esteban al lado, por precaución; Miraya había preferido el cómodo asiento interior, sin responsabilidades. Así, erguido en el estrecho pescante, con la irreprochable corrección de su traje claro, con la distinción enteramente moderna y afinada de su cabeza y de su actitud, con la diminuta boutoniére blanca y roja, florecida en su ojal, con la ortodoxa posición de sus manos, que calzaba flexible guante de amarilla gamuza- -antes que heredero de una corona, y que sale a buscarla, parecía Felipe uno de tantos de esa clase numerosa, mal definida, en que caben desde el caballero de industria hasta el más legítimo y empingorotado aristócrata- la clase de. los sportman, creación de una edad en que se rinde culto al lujo, disfrazado de ejercicio físico, y. en que. así como en la Edad Media, se tenía a. menos no poder romper una lanza, se tiene en poco al que no es capaz de dominar un caballo con la rienda o con el freno. Desde el vestíbulo, Rosario vio salir el coche, y tuvo valor para despedirlo con una sonrisa y un ademán enteramente cordial. Así que, al ruido y volteo de las ruedas, al batir de los cascos del fogoso y soberbio tronco, sucedió un silencio plomizo, total, un silencio que envolvió de súbito el alma de Rosario, como una sábana de nieve; la chilena, lentamente, cruzó el vestíbulo, atravesó el atrio y el peristilo, pasó bajo el pórtico, sin volver la cabeza para mirar a los faunos, que, inalterables, reían con regocijo malicioso; salió a los jardines, dejándose caer en su sitio favorito, en e! asiento de jaspe, bajo la dorada sombra del templete, y recostó la frente en el respaldo del banco de mármol, tibio del calor del día. ¡A h! ¡Q u é instante de reposo a q u é l! Hab a creído Rosario que al ausentarse Felipe M a r í a dejándola sola por primera vez una tarde entera, la esperaba un dolor furioso, una especie de convulsión moral; y se asombraba al advertir que sentía, por el contrario, como una especie de amargo alivio, una tranquilidad de muerte, pero, al. cabo, tranquilidad. Las almas resueltas, predispuestas al heroísmo hasta por ley de herencia- -el padre de Rosario había dado gustoso su vida por la independencia de su patria- saben beber así, de un trago sin repugnancia, el cáliz del sacrificio. Rosario no titubeaba; no conocía el desfallecimiento. Tristeza, s í una tristeza inmensa, que empapaba su alma, como la hiél empapa la esponja por todos sus poros y ojillos. Aquel lugar, lleno de memorias; aquella atmósfera, vibrante aún de amor y de ilusión infinita, aumentaban el sentimiento de fatiga y de indiferencia hacia todo, que invadía a Rosario. E l templete era tan lindo como antes; las verdes enredaderas trepaban con la misma gracia airosa, enroscando sus delgadas columnitas, pulimentadas por los siglos; al través de los intercolumnios se veía el mar, tan cerúleo y apacible como siempre- -mar que, al parecer, no conocía las tormentas, que tanibién azotan el alma humana- la decoración era igual que cuando llegaron a Ercolani, la mañana inolvidable en que Felipe, enajenado, no sabía desprenderse de su cuello ni soltar sus manos, ni dejar beber su aliento con sed inextinguible; pero, ¿dónde estaba ya la rosa amorosa, aquella flor de esplendor tan breve? E l poeta tenía r a z ó n había que respirarla cuando el rocío matinal la impregnaba a ú n que después... L o singular es que Rosario no por eso acusaba a Felipe. U n sentimiento tan completo y profundo como el de Rosario permite estados morales contradictorios la pasión es casi siempre, en medio de su vehemente exclusivismo, un fenómeno complejo, y el alma en ella está como el niño en el columpio, tan pronto en el suelo como por las nubes. Rosario, maestra en el arte de depurar y limpiar de toda sombra la imagen de Felipe, se entregaba- -a aquella misfna hora, primera de su soledad, mientras apoyaba la frente en sus brazos, y sus brazos en el mármol- -a la consideráis? continuará. s F u é servido Felipe a medida de su recóndito deseo; Rosario y Mira 3 a le empujaron, le estimularon, pacientes y optimistas, acariciándole toda clase de bienes, tolerando en silencio sus arranques de enojo. A la hora señalada, tal vez minutos antes, Felipe r Sí
 // Cambio Nodo4-Sevilla