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LUDO D NOVELA, POR EHfUA PARDO (CONTINUACIÓN) sario derecho a morir; y al comprenderlo así, un estremecimiento ción de lo que pasaría en su alma si, en vez de ser abandonada desesperad corría por sus nervios, y una duda surgía en su conpor una corona, lo fuese sencillamente por otro amor. Y su sanciencia, haciéndola oscilar hasta su misma raíz. ¿Cabía prescindir gre española, su sangre de fuego, hervía a esta sola idea come de este nuevo dato? ¿T e n í a derecho a disponer de otro destinó, lava. ¡A h entonces! Rosario. se complacía, con trágico deleite, en asociándolo a la catástrofe del suyo? figurarse el caso, y ya se veía empuñando el cuchillo, descarganHubo un instante en que tal suposición pareció a Rosario el do e! certero golpe... T e n í a fuerzas para hacerlo, fuerzas sobradas, valor irreflexivo y ciego, el empuje salvaje de la manóla, mayor de los adsurdos y hasta de los crímenes. Levantando la c béza, irguiéndose f- uerte en su santa energía repentina, vio otre que antes quiere ver muerto lo que ama que perdido indignamente. horizonte nuevo: felicidad tranquila y absoluta, lejos de las suPero no se trataba de eso. Rosario- -sin que en tal convicción tugestiones de la ambición; una situación normal, idéntica a la de viese parte alguna de vanidad- -comprendía que su- atractivo era los demás seres humanos que en su camino no han tropezado con l o suficiente para no temer rivalidades, y que no podía otra, mula corona... Y sus ojos, en vez de abismarse en lo infinito del mar, jer disputarle la victoria. Distinto sentimiento llenaba en el corarecorrieron el templete y las perspectivas del jardín y su fantazón de Felipe M a r í a todo el lugar que no ocupaba ella... Cuando sía acogió un sueño delicioso, una esperanza de dicha consagrada los labios pálidos de su amante temblaban; cuando se dilataba su por el deber m á s dulce y adorable de los deberes... Rosario nariz, y por sus ojos azulinos cruzaba cierta lumbre fosfórica, conocía su fuerza. Miraya tenía r a z ó n esta fuerza era incalculaya sabía Rosario qué ideas causaban estos síntimas; conocía i a ble no se había gastado ni disminuido por cencepto alguno; poenfermedad, iniciada hacía tiempo, desarrollada lentamente, de día ejercitarla y recordar a Felipe sus explícitas proposiciones dé marcha segura y cada vez m á s rápida, instinto primero, obsesión matrimonio; resistencia o vacilación en Felipe, no la imaginaba después, y ya posesión entera y absoluta del ser de aquel hombre, siquiera; comprendía que a su primera reclamación, Felipe paen cuyas venas residía el germen del mando y la tradición del puesgaría, la deuda con la puntualidad estricta del jugador que entreto aparte entre los demás hombres. Inútiles habían sido los rega su última moneda de oro, a ú n- c u a n d o haya de suicidarse en medios, vana la resistencia; poco a poco, sin crisis aguda, la amel acto a la salida de la casa de juego. Y aquello era la segubición había ido labrando en Felipe, y ya le absorbía por compleridad del porvenir, y Rosario veía sucederse los años, en la to, de la cabeza a los pies, a pesar del última y casi desgarrado velo de recato, que a ú n intentaba poner entre su voluntad y los tranquila posesión de su hogar, entre la consideración social, en la plenitud de los efectos lícitos, madre feliz, disfrutando cahechos. ricias y halagos que envidiarían, si capaces fuesen de envidia, Y Rosario- -hay que repetirlo- -no le acusaba. N i aún daba los ángeles del ciclo... a la pasión violenta de Felipe el severo calificativo de ambición. ñAIAU Rosario se incorporó, sacudió la cabeza y volvió lentamente E r a la legítima reivindicación de un derecho- -del derecho m á s a la villa. Comió sola, sin apetito, abstraída, dominada por la alto y m á s grandioso de la tierra- ¿N o se había inmolado ella, idea seductora, que se apoderaba gradualmente de su espíritu. de antemano, a este derecho, vinculado por la sangre en Felipe? A l caer la tarde, no pudiendo resignarse a esperar en la sala, ¿N o había arrojado por la ventana su honra y su felicidad, u pidió un abrigo, un capuz de seda gris, y tomó. el camino del sendignidad y su orgullo de mujer, resignándose a no ser m á s que dero, por donde había de volver el coche. Andaba despacio, á fin e ¡pasajero capricho de algunas horas, la humillada, la abandode hacer más breve la espera. L a luna alumbraba la senda, y las nada luego? ¿Q u é no valdría lo que tanto costaba? luciérnagas despedían, entre los perfumados matorrales, tenues Sepultada en aquella honda y muda pena, paladeando el ajenjo reflejos verdosos, como de agua, que recordaron a la sobrina de a sorbos continuos, sin rechazarlo ni aun de pensamiento, R o Viodal, en aquella hora crítica de su vida, los Cuatro elementos, sario miraba hacia el mar, como pidiendo a aquella superficie el acuario, la elegante inclinación de la Dríade de mármol, volserena el secreto de la resignación que exigen los sacrificios totales. L a energía desplagada hasta entonces por Rosario, ¿qué era, cando su urna, de donde eternamente fluía un chorro inmóvil. Llegó hasta el ribazo, donde habían esperado ella y Felipe a- M i en comparación, de la que iba a tener que desplegar en lo sucesivo? R a r a vez, en los, primeros momentos de abrazar una raya la víspera, y, por involuntaria rutina, se sentó en el- mismo lugar, sobre la yerba, todavía hollada. Allí aguardó, hasta que el resolución decisiva y terrible, se tienen bien medidas sus conseruido de las ruedas y el trote recio y algo desigual de los caballos cuencias. N o alcanza la imaginación a abarcar todas las combianunciaron la llegada del coche. naciones de la suerte. Se supone que un salto o es m á s que un A l verla, Felipe dejó las riendas a Esteban, y saltó a tierra salto, gigantesco, loco, pero salto al fin... y no se presume lo precipitadamente, movimiento que imitó, con la pesadez de su reque sigue a l salto: los miembros, ensangrentados y rotos, los choncha- persona, M i r a y a y los dos hombres, como si no acercrueles dolores, el amargo martirio de sobrevivir a la caída... tasen a reprimirse, sin conciencia de lo que hacían, transportaCuando Rosario, liándose a la cabeza su mantilla de blonda, sin dos, prorrumpieron en exclamaciones. cambiarse los zapatitos finos, pisando la nieve dura, había volado- ¡R o s a r i o! ¡A h si vieses -decía Felipe. a la cabecera del lecho de Felipe María, herido de muerte, mal- -i Qué día! i Qué hermoso día! -confirmaba M i r a y a podía representarse la serie de sucesos que se derivarían de a q u é l -E s imposible que te formes idea. la asistencia, la convalecencia, el idilio mágico en la E r c o l a n i -H a sobrepujado a nuestras esperanzas, todas, todas. pero, sobre todo, lo que no supo presentir fué otra cosa, que- -E s que, en realidad, tuvo mucho de delirante... ¿Verdad, apenas se había confesado a sí misma, que todavía en aquel moMiraya? mento de reflexión desesperada no quería aceptar como un he- -S í en ciertos momentos yo temía por Vuestra Alteza... cho, y que de tal manera complicaba su destino. Bien lo recorda- ¡A h! N o no había miedo- -declaró Felipe, respirando tuerba Rosario; con el arrojo de la juventud, al instalarse a la cate y cogiéndose del brazo de Rosario, como si necesitase apoyo becera de Felipe, se decía a si propia H a y para todo mal, pam para soportar, el peso de una emoción potente, abrumadora. L a el mayor daño, un supremo remedio... Y he aquí que la suerte- -chilena le miraba, y a la clara luz de la luna, y al reflejo de los Dios, porque Rosario v o l v í a- a notar, el fondo de fe religiosa faroles del coche, detenido súbitamente, notaba la transfiguración de su raza- -disponía de tai modo los acontecimientos, que le quide su rostro, la exagerada fosforescencia de sus ojos, semejante taba esa pronta y decisiva solución, la que había de coronar heroica y terriblemente la abnegación d e s u alma... N o tenía Ro (Se continuará. u
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