Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
P U E S BIEN A L L Á E X M M i- O H C A H A Y U N PAISAJE Q U E T O D O S L O S T U R I S T A S D E CAJA D E P I N T U R A S de recorrer las cuevas y grutas donde la Naturaleza, sintiéndose niña, se escondía para hacer sus muñequitos, porque le avergonzaba que una señora de tanta responsabilidad se pusiera a juglar a la intemperie. Los. ingleses del hotel m i r a n nuestra invasión con una curiosidad muy tibia. Pero ellas y ellos son nuestro espectáculo, por sus trajes de baño para el mar, el soi y el almuerzo. También hay u n matrimonio y u n tnu chacho españoles. E l l a le dice al marido que debieran volver por Barcelona, porque l a h a dicho una señora, con quien ha entablado conversación en el hotel, que es muy bonita. ¡Qué triste empuje turístico! Y él la responde que tiene mala suerte, porque las pocas veces que sale de viaje o le hace daño el agua o le hace daño un zapato. L a s inglesas más viejas del hotel tienen un internacional perrito de lanas, ya m u y viajado con las mismas impertinencias de uno de esos niñitqs enterados de su caudal que pegan puntapiés a su doncella en las espinillas. E s pequeño y chato; gruñe cuando se le acercan y acusa cuando se le gasta una irónica broma, si acusar es subirse al regazo de su dueña y mirar receloso al br onusta. I ¿a bahía donde el hotel reposa tiene encantos de maravilla que no creo que puedan comentarse con literaturas que ofrezcan la exacta emoción. Y o las comento d i ciendo solamente: ¡Q u é paisaje, D i o s m í o qué paisaje! y volviéndolo a decir después de cada silencio. Pero allí está él uollo español, que tampoco sabe mucho de paisajes, sino de la distinción de aquellos ingleses. Y m i m e n t i r i j l l a de esta hora consiste en que el joven madrileño, a l a vista de los británicos, ha empezado a ahorrar para que cuando vuelva se pueda pasar una semana en uno de los dos o tres primeros hoteles de M a d r i d si en el ministerio le dan ocho días de permiso. Las cuatro. -Yo he visto que muchas personas, cuando les hace l a caricatura un aficionado, se ponen impacientes detrás del dibujante y exclaman: ¡P c h é Sí, tiene algo... P e r o no soy yo, ¡c a! Y o no sé qué tengo que nadie me ha sacado bien el parecido... T a l dicen los vulgarotes que no comprenden los rasgos agudos de l a caricatura, y que siempre suelen ser un poquito ególatras. Pues bien, allá en Mallorca, no lejos de Pollensa, hay un bello paisaje que todos los turistas de caja de pinturas h a n ido reproduciendo. E l mar azul, y una roca bravia, suelta, vista entre las ramas que se abren con aspereza en u n pino solitario. Está él árbol ligeramente inclinado, y resulta próximo, comparado con el resto de la visión. Y a este arbolito, u n poco conde entre los pinos, es al que y o he visto salirse u n momento de lá tierra lleno de impaciencia, irse a la espalda d e l pintor de tanda y exclamar: ¡P c h é S í tiene algo... P e r o no soy yo, ¡ca! Y o no sé qué tengo que nadie me ha sacado bien el parecido... Las seis. -Parada de l a excursión en otro jardín; los geranios, más altos que el homb r e los viejos arbustos, en líneas; un cubierto paseo romántico; quince limones para quince hojas en u n limonero desperdigado en sí mismo; las dos palmeras que se estiran; el estanque callado y penum- broso entre los árboles de verde fronda colmada y sobrante... Naturalmente, otro pintor. Hacen bien, puesto que a tantos paisajes corresponden tantas maravillas. Este es el artista que se enamoró de l a luz de aquel día. A cada instante se asombraba, en el gesto y en el alma, de l a l u minosidad mallorquína- Y guiñaba el ojo al paisaje, y luego a l lienzo, enamorado de los dos. Y ladeaba l a cabeza con mimo para el uno... y luego para el otro: Caminaba el sol, y el caballero pintor iba detrás de su luz variable, sin moverse. S i n moverse era el lebrel de l a l u z cambiándola en el cuadro a cada instante... P e r o el sol iba a desaparecer a esta hora. A p r e m i a b a había de terminarse antes el cuadro. Y se consiguió, tanto que, a l momento de ponerse el sol. el artista dejó caer los brazos, rendido y t r i u n f a n t e Y al momento también se hizo el crepúsculo, él sólito, en el lienzo. Y n o por milagrería, sino por inercia. (T e n i a que pasar. Las ocho de la noche. -Otra vez en m i terraja, frente al mar. L a bahía y el puerto me c frecen el espectáculo nocturno. A l otro lado las cincuenta luces del muelle, de los barcos y de l a ciudad. E s decir, las cien, porque se duplican. O mejor, las cincuenta luces con sus barbas doradas y alguna vez con sus barbas verdes o rojas. L o s faros se han i d o metiendo en el atardecer, en el crepúsculo y en l a noche, a fuerza de constancia rítmica. Terrible cojera de l u z- -d o s no y uno sí, o tres sí y uno; no- -que nos hace cojear de inquietud misteriosa y aventurera el alma. Instantáneos silbidos luminosos, tiros de miedo, que los faros nos disparan a los del interior peninsular para hacernos pagar l a novatada. ¡E a ya. me eché l a pistola al bolsillo... M e parece que esta noche rae voy a tener que cargar u n faro. Las dÍes. -La cena en el hotel. O t r a vez los ingleses, espectáculo para, nosotros. Este se puso el smoking. Y aquél. Pero el otro come muy puesto de knickerbocker. U n a miss con el traje gris de la jornada y una dama con el escote hasta la clavícula número 22, si l a hay. Todos cordiales, cordiales, s i n esa tremenda suspicacia española cuando se mezclan l a etiqueta y l a sencillez, en que se forman dos bandos de censura y de ironía por defenderse del ridículo que todos temen estar haciendo. P a r a la despedida nos vamos a una roca que de medio lado huye de la ciudad y nos. deja frente al mar y frente la noche; pero de verdad, de verdad. Se rompen. las olas en l a costa brava, y un r i z o de espuma limita nuestra roca. L a noche inmensa se ha comido al d í a se lo ha tragado. Pero ahora resulta que las espumitas guardan dentro de su rizo y de sus pompas u n extracto de la l u x del d í a por eso alrededor de toda la isla son t a n blancas a i n en medio del nocturno. E l día se esconde dentro de la espuma, guardián de los mallorquines. ¡B a h! Y o ya no tengo miedo porque sea de noche y estemos en una isla. Y o sé que de esas espumitas rolladas podemos tirar como de esos blancos hules que se. guardan con un. palo v sacar el día si hubiera una urgente necesidad. ¡B a h! Y o y a no tengo miedo n i a esos faros inquietos. Puedo dormirme tranquilo... ANTONIORROBLES