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PAGINAS DE MI ARCHIVO LA ESCUELA DE TAUROMAQUIA sufrieron alteraciones y extravíos. N o p o d í a salvarse el toreo de la irregularidad reinante. Sería prolijo enumerar las a l t e r n a t i v a s por que pasó la p o p u l a r fiesta a lo largo de período tan interesante. E n unas ocasiones estuvo prohibida, y en o t r a s la muchedumbre dejaba de concur r i r a ella, como sucedió en el reinado de José Bonaparte, porque el pueblo madrileño, d e l i r a n t e de patriotismo, c o n s e n t í a privarse de su espectáculo favorito a n t e s que tolerar en la p l a z a la p r e s e n c i a del Soberano intruso. Pero, a pesar de que. la tauromaquia arrastraba una vida penosa y d i f í c i l no dejaron de a p a r e c e r toreros e s t i m a b l e s y de mérito. S o b r e s a l e n en esa etapa A n t o n i o R u i z (el Sombrerero) J u a n Jiménez (el Moreniüo) Juan León y R o que M i r a n d a que ocuparon, autiqu- e q o n menos valiménto, los l u g a r e s q u e habían dejado v a c a n t e s las g r a n d e s figuras de P epe- Hiüo, Curro José Cándido. L a política, que todo lo i n v a d e y que despierta las pasiones más v i v a s entró de llenó en el toreo P r i m e r a m e n t e los toreros que h i c i e r o n pública ostentación de su odio a. Bon ¡aparte fueron perseguidos y acosados. Cutro Guillen, qua. se distinguió entre los más rebeldes, tuvo que emigrar a Portugal, porque ¡as autoridades le hicieron la vida i m posible en España. Después, cuiando Fernando V I I regresó de Francia, en 1814, y comenzó su despótica dictadura con la disolución de las Cortes, la derogación del Código constitucional y el encarcelamiento de los diputados liberales, nacen los dos. partidos, absolutista y liberal, que habían de luchar sin tregua; n i desmayo hasta la muerte del Rey. Blancos y negros se apellidaron, respectivamente, y sus contiendas llegaron a tales extremos de intransigencia y aborrecimiento, que, saliendo del campo de la política, se extendieron a todos los sectores de la vida- social E n el teatro se, libraban verdaderas bajtaMaS entre serviles y exaltados, en Jas cuales para nada intervenía la capacidad de los artistas, sino su filiación política, y en la p l a z a d e toros reñían, -airados y descompuestos, hasta llegar a las. manos, por idénticos motivos. Podría señalar muchos casos, porque eran frecuentes y continuos; pero bastará con citar lo que ocurría con el Sombrerero y Juan León, por ser los más destacados y característicos. E l primero era voluntario realista y un fervoroso adicto a Fernando V I I y el segundo, un liberal en- A retirada de P e dro Romero y la muerte de PepeHtUo dejaron como dueño casi absoluto de los cosos taurinos a Jerónimo José Cándido, q u e r e i n ó e n ellos sin c o m p e t i d o r que le igualase, hasta que en 1812 una dolencia r e u m á t i c a l e obligó a abandonar l a profesión, q u e h a b í a sido para él tan gloriosa. H u b o sin embargo, u n torero que le quiso d i s p u t a r la primacía, pero no pu- r do lograrlo. Fué éste F r a n c i s c o Herrera, c o n o c i d o por Curro Guillen, que, arrojado y valiente como pocos, acometía con decisión todas las suertes, poniendo especial empeño en la de recibir, que, según afirman los c r o n i s t a s de aquella época, nunca pudo rematar con perfección. E l público había estado d i v i d i d o en dos bandos, que luchaban apasionadamente cada uno por su matador. L o s p a r t i d a r i o s de Curro no se mostraban s a t i s f e c h o s con que hubiera quedado solo su ídolo. Querían a todo trance que Cándido volviese a l raedo, porque abrigaban la e s p e r a n z a de que sería derrotado por su r i v a l Y consiguieron t r a e r l o de nuevo al ejercicio de la torería, porque c u a t r o a ñ o s después de haberse retirado, el 1816, sé organizó una corrida en M a d r i d para que los dos lidiadores liquidaran su competencia. Tenía Cándido c i n cuenta y seis años, y Curro Guillen, cuarenta. Iba éste en mejores condiciones a la pelea, no sólo por ser más joven que su contrincante, sino también porcjue estaba en pleno ejercicio, y Cándido había perdido la soltura y agilidad que lleva consigo l a práctica ininterrumpida. Fué una tarde sensacional para l a afición madrileña, ávida de emociones fuertes. E l veterano diestro se sintió remozado y animoso, desplegando gallardamente su repertorio rico y variado. Reverdeció sus buenos tiempos, haciendo alardes de valor ajustados a las más severas reglas; derrochó elegancia en el manejo de la capa y la m u leta, y despachó sus toros con soberbias estocadas, ejecutando a maravilla la suerte suprema. Curro, sin poder alcanzarle, también cosechó aplausos con su toreo movido, revoltoso y juguetón, pródigo en adornos y majezas; pero no logró consumar bien la suerte de recibir, que era la preocupación que le obsesionaba; y que. determinó str trágica muerte. Refiere Sánchez N e i r a que en la corrida que tuvo lugar en la plaza de Ronda el 20 de mayo de 1820 el público, que en su m a yoría gustaba del que se llamó estilo r o n deño, mostró desde el primer momento a L ni Guillen y J e r ó n i m o ROQUE MIRANDA R I G O R E S Curro g r a n hostilidad, porque veía en él l a representación más genuina de la escuela sevillana. Había pasado un toro de manera irreprochable y artística, y cuando y a estaba jíuesta l a res para la muerte, un grupo de intransigentes rompió en explosiones de ira, le injuriaron, le escarnecieron y g r i taron furiosos: ¿A que no lo recibe ust e d? Y el espada, cegado por el amor p r o- -pió, prescindiendo dé que las condiciones del toro reclamaban el volapié, sin reparar en peligros n i riesgos, citó con bizarría, y salió enganchado por un muslo, con tan tremenda cornada que le produjo la muerte casi instantáneamente. S u banderillero predilecto, el bravo. Juan León, idólatra de Guillen, en un- arranqué de verdadera l o cura se arrojó a lá cabeza del cornúpeto, pero, no sólo no consiguió salvar la vida del maestro, sino que resultó atropellado y cogido. U n a vez relatado tan fatal suceso, nececesarto es reanudar las consideraciones que veníamos haciendo. E l motín de Aranjuez, l a invasión francesa, la guerra, de la Independencia, el retorno de Fernando V I I la primera reacción, el período de los tres mal llamados años y la década sangrienta mantuvieron a España en un estado anormal, tari perturbado y confuso, que durante esa época todas las manifestaciones activas de la vida nadional estuvieron desviadas de su curso y FWHIKH