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SALUDO DE LAS BRIDAS NOVELA, POR EMILIA PARDO BAZAN (CONTINUACIÓN) al reflejo misterioso de las luciérnagas entre los matorrales... J a m á s ni en los instantes de efusión m á s apasionada, había visto así Rosario aquella cara fina y v i r i l a la vez, dúctil como cera, en que tan visible huella marcaban las impresiones de todo género- -cara nerviosa, instable como el agua- P o r fin, después de tanto tiempo, Felipe aceptaba, con los brazos abiertos, con un i m pulso de todo su ser, la lucha y el triunfo; y su cabeza, orgullosamente erguida, pareció a Rosario m á s alta sobre los hombros. E l entretanto, no cesaba de exclamar, estrechando el brazo de la chilena. S i vieses! ¡S i vieses! Nunca esperé... ¿A ver, a ver... ¿Q u é pasó? -preguntaba ella ansiosamente, poseída de curiosidad febril, olvidada ya de sus propósitos, do cuanto no fuese aquella emoción avasalladora; ¡U n a cosa espléndida, increíble! -explicó M i r a y a vibrando de gozo- A ú n me tiembla el cuerpo, señora, porque las grandes alegrías parecen epilepsias. E l Casino, atestado de una concurrencia brillantísima; la sala de conciertos, que no cabía un alfiler... Y sin embargo, a nuestra llegada, empieza a alzarse un rumor, que va en crescendo, que zumba como el viento, como el mar, y las olas humanas nos rodean y se abren para dejar paso al príncipe, y las cabezas se descubren, y las manos se tienden, y las señoras luchan por acercarse... L a orquesta, ante aquel i m ponente ruido, calla; y cuando el príncipe llega cerca del estrado, el director- -Dorokali. un albanés- -se inclina hasta el suelo, se vuelve, hace una seña, levanta la batuta... ¡y rompen a tocar el himno dacio, de Ulrico. el R o j o! Entonces la explosión es completa; la gente, electrizada, estalla en aclamaciones, se precipitan, aclaman al príncipe, ¡y hasta a mí me vitorean! ¡Hasta a m í! ¿Eran de D a c i a? -m u r m u r ó Rosario con afán. ¡De Dacia y de todas partes! ¡S i es ¡o que me ha extrañar do, si es m i gran asombro! ¡U n auditorio cosmopolita, contagiado fe entusiasmo, gritando, apostrofando, agitando pañuelos! ¡N u e s tra causa es y a europea, yo bien lo sabía! ¡Europea! ¿Te han vitoreado, Felipe? ¿T e han vitoreado mucho? -Miraya puede decirlo... -contestó él con voz enronquecida- ¡S i estoy medio sordo a ú n ¡N a d a señora, era un delirio, un frenesí... Y no había allí m á s que gente escogida, elegante, difícil de entusiasmar! ¡Pero se ha roto el hielo! ¡Se me olvidaba! L a s señoras, engalanadas con ramitos de flor blanca y roja. Muchas se los quitaron y se los echaron al príncipe, alfombrando el suelo... ¡Flores y m á s flores! M i r e usted cómo viene ese coche... Rosario miró. Hasta aquel instante no lo había notado; a caja, en efecto, estaba atestada de flores finas; mazos de rosas, de lilas, de azaleas, de gardenias y narcisos; enormes ramos de orquídeas y de tulipanes, se hacinaban en el estrecho fondo, desbordándose por todos lados, inundando de esencia el aire. Y M i- raya cogía las flores, las removía, deshojándolas con sus gruesos dedazos, repitiendo la escena de Monaco, tapizando el suelo a los pies de Felipe. Entonces Rosario, a su vez, cogió uno de los ramos y- l o a r r o j ó al paso de su amante, en un transporte i m posible de describir, y m á s a ú n de analizar. Hubiese querido arrojarse ella misma, arrodillarse y saludarle al R e y y en aquél instante de embriaguez singular, de absoluto olvido de sí misma, de alegría en el martirio, nada podía prevalecer contra el i n tenso, el profundo placer de considerar ya a Felipe M a r í a distinto de los otros hombres, sagrado y ungido por, esa especie de divinidad en lo humano: la realeza. ¡Sangre de R e y! ¡Derechos reales! ¿Cómo podía haber presentido un instante Rosario de que Felipe era un ser aparte, sometido a otras leyes y a otras exigencias que los demás? L o que importaba al resto de los. mortales era indiferente a Felipe, y, en cambio, intereses misteriosos, sacrosantos, iban adheridos a su persona... Miraya continuaba dando suelta a la emoción. -Claro es. que los dacios gritaban m á s E l conde de N a kusi estaba como loco, y al resonar, después del canto de U l r i c o el himno nacional albanés, trepó a una silla, para que desde allí se le viese agitar el sombrero... ¡Q u é hermoso día, qué hermoso d í a! Costó un trabajo muy grande disuadir a los dacios, arrebatados de júbilo y de amor, de que escoltasen a Felipe María, con coches y a caballo hasta la E r c o l a n i pero no se pudo evitar la manifestación en la terraza y en los jardines, ni que un grupo, capitaneado por Nakusi, rodease el carruaje en el momento en que S u Alteza subió a é l ¡Hasta Nordis me aclamaba! -murmuró Felipe. ¿N o r d i s estaba allí? -preguntó con extrañeza y dejos de inquietud Rosario. -Allí estaba ese pez... L o s de Aurelio se nos han pasado todos; ¡s i ya no hay disidencias! -declaró M i r a y a que, sin embargo, pronunció esta frase con menos aplomo- Y el príncipe ha estado admirable, señora, admirable de todo punto, ¡inspirado! A l despedirse... cuando oyó gritar ¡V i v a nuestro p r í n c i p e! respondió así: ¡V i v a D a c i a! ¡V i v a la independencia! N o sé si me creét á usted, ¡pero se me humedecieron los ojos! IXEL APARECIDO Desde aquel W iÉfáMFelipe entró en su papel del todo, sin que se v o l v i e s e á i r vacilaciones y escrúpulos. ¿N o era. casi oficialmente, el p tí jí í eredero de Dacia? ¿N o habían desaparecido los obstáculos? t a henchía el viento propicio las velas del deseo? ¿N o c o e p é f e á f e r a la obra cuantos veía en torno suyo: la mujer amada, -fes- -entusiastas partidarios, hasta los criados, que ya se l l a m a r o p i o s servidumbre, y sentían- -empezando por Adolfo, el ayuda de cámara, como buen parisiense, excéptico por fueía y lleno de ilusiones por dentro- -ese singular transporte, f e n ó r r t e f e s t u d i a d o por la psicología, que se llama adhesión? U n i n c O T l é m o s t r ó estos sentimientos de los servidores. Dos días después de la excursión a Monaco, Esteban, el cochero, se presentó a Rosario, a tiempo que ésta atravesaba el atrio para dirigirse a la sala de baños, y gorra en mano, y con voz dolorida y quebrantada, explicó. que. sufría una desgracia muy grande: desde Dacia le reclamaba con urgencia su madre, porque su anciano padre había aparecido muerto al pie de un muro. Sospecho que lo han asesinado- -decía, trémulo, Esteban- y mi madre tiene miedo de sufrir la misma suerte. ¡Pero marcharme ahora... -exclamaba, poniendo en esta frase todas sus ilusiones de patriota dacio, todo su fervor monárquico, todo el ciego in teres que le inspiraba Felipe M a r í a -N o importa, Esteban- -pronunció la ¿hilena afectuosamente, pues era muy dulce con los servidores, y tn especial con aquel, en quien sentía la. lealtad de un can, valeroso y sumiso. N o i m porta. Se va usted al punto. E n Monaco encontrara fácilmente S u Alteza cochero que haga estos d as el ser. ftóo. L a madre es primero que todo. TM- -Pero, señora- -exclamó dolorido el id ék iR que no quería convencerse aún- ¡s i no comprendo cónpJip podido ser eso! M i padre no tenia enemigos. U n anciano jáoJensívo, un veterano de la guerra antigua de Iliria, a quien oá r -istmia bun... ¡A s e sinarle! E s imposible; habrá pasado cualquierf g. ¡qué sé y o! U n a muerte natural, de seguro, y la pobie éjjm trastornada por la pena, habrá creído... Se engaña, de fijo ¿m I Yi 5 e m 6 fmtinuaré. IMT T
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