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ALUDO DE LAS NOVELA. POR EMILIA PARDO (CONTINUACIÓN) tren, nada más qué por m i pergeño! ¡Empeñado en que yo había robado el billete de primera! Porque vine en primera. ¿Qué te figurabas tú? Y a que tenía con qué... Y al. bajarme, en Monaco, me quedaban ocho francos; pero los d i de limosna a la mujer. de. un pescador... A s í es que tuve que venir a pie. ¡Hace calor, h i j a! -G r e g o r es tiempo perdido decirle a- usted nada... ¡S i ha de ser usted lo mismo siempre... -L o mismo... Yo no nací para veleta... -añadió el bohemio, recargando el yo- Y tú, paloma, ¿qué tal? ¿cómo lo pasas? -B i e n Gregor... muy bien... -P u e s te encuentro desmejoradilla, ¡vive D i o s! ¿Y L i p e puede saberse qué hace L i p e? Tengo más ganas de verle que de beber un grog cargado de r o m -Beberá usted el grog antes... E n este momento, Felipe despacha con M i r a y a y ha mandado que. no le interrumpan... Yalomitsa se echó atrás. Sus ojos lucieron con salvaje inquietud y con indescriptible fiereza irónica. ¿Y va conmigo esa orden? ¿Conmigo, con Gregorio Yalomitsa, que le ha tenido en brazos, que he sido el amigo y confidente de su madre? ¡Centellas! ¡Sari, le calumnias! A h o r a mismo he de abrazar a Felipe, y ahora mismo me vas a llevar adonde esté... ¡Después de los sacrificios que hago por v e n i r! ¡Pues no faltaba otra cosa! ¡Centellas! Y arrastrando a Rosario, antes que dejándose conducir por ella, Yalomitsa penetró en el despacho como una bomba. Reina, celosa hasta más allá de la tumba, no faltaba quien ere- yese que era posible llamar a Felipe María en vida de su padre, para que éste sancionase libre y públicamente la transmisión de la corona. ¡S í a no ser por aquel rencor de una mujer constante en guardarlo y acariciarlo, como se acaricia la hoja lisa de un puñal- -rencor que no aplacaban el transcurso del tiempo n i l a proximidad de la muerte- Felipe podría ya entrar en triunfo, aclamado príncipe heredero, en lo que había de ser su reino. Pero mientras tanto, y aún cuando hubiese que aguardar la procesión de los sucesos- -esa procesión que lo trae todo, las horas de triunfo y las de derrota, las de embriaguez y las de desaliento, las supremas y las últimas- los partidos, mirándose ya con desconfianza, temerosos del porvenir, se empeñaban en asegurar la presa de antemano. L o s liberales y Stereadi llevaban la mejor parte, porque tenían cerca de Felipe a su representante M i r a y a pero los del partido antiguo y el duque de Moldau a su cabeza, no dejaban de confiar en Nakusi, que si bien distaba mucho de poseer la inteligencia y el pico de oro del periodista, tenía sobre él la superioridad de la educación y del nacimiento, y en su carácter un sesgo caballeresco, entusiasta y varonil, por el cual se había captado l a simpatía del joven príncipe. Cabildeos y gestiones, intrigas y esperanzas sazonadas, se traducían en movimiento, en una ausencia casi continua de la E r coláni, que ya era para Felipe- María una especie de apeadero, donde descansaba antes de asistir a nuevos conciliábulos y de de jarse ver, solicitar y halagar por sus partidarios, nunca saciados M e su presencia en los primeros instantes, luna de miel del entu; siasmo y la adhesión. H o y era un viejo general cubierto de heri das, compañero del duque de Moldau, que solicitaba el alto noi ñor de sentar a su mesa al príncipe; mañana una hermosa patricia, ornamento de la corte de Vlastra- -una futura dama de honor de la futura Reina de D a c i a- que organizaba en los jardines de su villa un concierto o baile, pretexto para que desfilase ante el príncipe lo más lucido de la colonia. Y Felipe andaba de ceca en meca, en continua exhibición, oyendo el rumor halagüeño, que se alzaba a su paso, y recogiendo, mezcladas con sinceras y vehementes pruebas de amor, las prematuras y enervantes auras de la adulación y l a interesada bajeza. E r a n anticipadas emociones del reinar las que saboreaba Felipe, y se le subían al cerebro como los vahos de un licor emponzoñado, como bocanada de opio, que embarga la razón y la voluntad. Entre sus aduladores más declarados y solicitados contábase aquel conde de Nordis, agente y mano derecha del duque Aurelio- -e l mismo que en París había preparado secretamente la campaña de La Actualidad y enseñado a V i o d a l una estocada pérfida, que sólo por casualidad no envió a Felipe a contarlo a l otro mundo- N o eran antecedentes para que Nordis fuese acogido con agrado, y, efectivamente, Felipe, en dos o tres ocasiones señaladas, recibió las humildes protestas de Nordis con rostro grave y displicente. M i r a y a partidario de los moldes anchos y conciliadores de Steread i hubiese aconsejado una dirección de tolerancia, desconfiada en el fondo; pero el conde de Nakusi, cuyo ascendiente en el ánimo de Felipe era cada día mayor, sentía por Nordis una repulsión física, invencible. Podré creer- -decía- -en l a sumisión y en la renuncia del duque Aurelio, que está dando a todos sus partidarios la consigna de adherirse a la causa del príncipe Felipe, pero ¡jamás! ¡jamás! tragaré al Nordis; ni menos a sus adláteres, Jegarsa, el trapacero, y Prunkay, el espadachín. ¿Quiere saber Vuestra Alteza- -añadía con calor- -la verdadera causa de que la gente honrada y noble del país se horrorizase ante l a contingencia, del advenimiento del duque Aurelio al trono? N o era otra sino su, indulgencia hacia estos tipos sospechosos. Pedimos águilas 3 5 INSTINTO Contribuyó l a presencia del bohemio en la Ercblani a despejar y normalizar l a situación de Felipe y Rosario. Desde la llegada de M i r a y a se había establecido cierto alejamiento; lo que no fuese encontrarse absolutamente solos era estar aislados; la Interposición de un hombre equivalía a la de una multitud. Y lo que más- le apartaba moralmente no era l a persona de Miraya, sino l a idea representada, encarnada por el agente de Stereadi. E n M i r a y a tenía que ver él símbolo de su eterna separación- -tan próx i m a y que, sin embargo, parecía una pesadilla. Viviendo Yalomitsa bajo eí techo de Felipe, constaba que a las horas dedicadas a la política, Rosario quedaba acompañada y atendida por alguien adicto y cariñoso, qué gozaba fueros de pariente, y que por su humorismo inagotable, era como bufón voluntario, altanero y genial, a quien ninguna ley sujeta, a quien no mueve el interés, y que sólo por amistad se presta a espantar ajenas melancolías. Yalomitsa, excluido de los consejos y deliberaciones, acompañaba a Rosario, y cada día el cargo daba más que hacer, puesto que cada día estaba Rosario más sola, y mayor número de horas. Y a no era caso desusado el que Felipe y M i r a y a se pasasen. el día en Monaco o en Rocabruna, almorzando allí, invitados por Nakusi, conferenciando después con los personajes dacios de ambos partidos felipistas. L a situación política era muy distinta que al principio. Como la actitud del. duque Aurelio había suprimido el obstáculo más temible que l a candidatura de Felipe podía encontrar, los dos partidos, casi desligados de su pacto, empezaban a practicar activos manejos para comprometer a Felipe en el sentido de sus miras e intereses; la. coalición, nunca muy estable, se había roto. E s el destino, de las coaliciones todas: formadas por la necesidad de aplastar a un enemigo común, se desbaratan el día en que esta necesidad desaparece. Habiendo renunciado el duque Aurelio a sus pretensiones, más enfermo y decaído el Rey a cada instante, y a Felipe no hallaba oposición, y a no ser por l a sorda, pero iracunda resistencia de la 4 4 Í
 // Cambio Nodo4-Sevilla