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LUDO DE LAS B NOVELA, P O R EMILIA P A R D O BAZAN (CONTINUACIÓN) leones; no nos gustan los cuervos ni los buitres. N o hemos olvidado que el duque Aurelio es un valiente, un gran c a p i t á n pero nos parece que no ha debido consentir ciertas cosas... Se refieren episodios de la guerra que erizan los cabellos... H a y historias de mujeres atadas a un cañón, desnudas, en presencia de sus padres y esposos; de niños ensartados con los sables; de prisioneros con las orejas cortadas... ¡h a s t a de rescates por dinero! A mi tío, el duque de Moldau, no le agrada que se hable de eso... Cree que si tales cosas son verdad, deben callarse, y si son calumnias, con mayor r a z ó n Calumnias s e r á n tal vez el gran duque, obligado a hacer la guerra con tropas indómitas y feroces, no haya podido contenerlas, y ahora se le achacan a él las atrocidades de sus soldados... -Eso es lo m á s probable- -observaba Felipe- E n todas las guerras pueden registrarse hechos a n á l o g o s si un caudillo es valiente, se le moteja de sanguinario y cruel. -Cierto- -asentía N a k u s i pero con el instinto de sencilla rectitud, que era la única ley de su inteligencia, añadía inmediatamente Mas, si eso no fué culpa del duque Aurelio, ¿a qué rodearse de gentuza como Nordis, como Jegarsa, el falsario, comprometido en los negocios m á s turbios, hasta en el de la quiebra de cierta Casa de banca judía, quiebra escandalosa, que nadie creyó, y que le costó al Estado varios millones; o como Erunkay, que se vale de golpes ilícitos en los duelos. Quien es honrado- -declaraba Nakusi, echando a t r á s la cabeza con desdén- mal hace en proteger a los canallas; él no los rehabilita, y ellos, en cambio, le desprestigian y manchan a él. Ahí tiene Vuestra Alteza a N p r dis. D e este no sabemos nada concreto, pero lo sospechamos todo; no conocemos su origen ni su familia; de lo- que estamos seguros es de que no conviene jugar con él, y yo, no hace dos días, me he separado de una mesa de whist porque v i que le hacían lugar... ¡Y a este hombre, dándonos a toda la nobleza de D a d a un bofetón en el rostro, se. le otorga un título, se le inscribe en nuestro libro venerable! ¡P o r eso, señor- -añadió- el joven conde de N a k u s i con altanero brío- por eso y por otras cosas que duelen en el alma a todo patriota, m á s de un antiguo de Dacia ha abrazado la causa de Vuestra Alteza, y está dispuesto a dar por ella, si necesario fuese, sangre y v i d a! no lo es en quien cantina de noche y a obscuras estremecersesi ve brillar unos ojos en l a sombra. N o podía olvidar que Miraya, y no por instinto, sino por análisis, había demostrado también una extraña aprensión al saber la venida y la aparente adhesión de Nordis a la causa de Felipe; y dominándose, con la fuerza de voluntad que sabía desplegar en casos como aquel, nuevamente murmuró, reflexionando: -Pero si Nordis se atreve a intentar algo contra mí, ¿n o será por iniciativa propia? ¿T e n d r á instrucciones? Nakusi bajó la. cabeza; no se atrevía a formular una acusación directa contra el gran duque, al fin el hermano del Rey, el valeroso caudillo, el veterano... ¡S ó l o mi t í o o la Reina! -prosiguió Felipe, sonriendo, para animar a su interlocutor. ¡L a Reina es una señora cristiana! -rcontestó lacónicamente Nakusi. -Entonces... -Guárdese bien. Vuestra Alteza, señor- -repitió el sobrino de Moldau- L o s grandes tienen las desgracias de que, a veces, les sirven... hasta el crimen, aunque ellos no exijan tal servicio. E l duque Aurelio, de cierto, no ordenará uña infamia; pero N o r dis es capaz de adelantarse hasta al pensamiento... Guárdese bien Vuestra Alteza- -insistió con empeño, cruzando las manos. XI MAS RECELOS De las virtudes requeridas para el papel que iba a desempeñar, tenia Felipe, en grado m á s eminente, el valor; y, sin embargo, las indicaciones de Nakusi le hiceron sentir ese primer escalofrío i n evitable, que causa hasta en el hombre m á s entero el peligro vago y sin forma, imposible de prever, y, por consiguiente, de evitar. L a impresión fué r á p i d a la duración del escalofrío, corta y sin influencia depresiva. Con un desdén que tenía líneas de belleza olímpica y majestuosa, Felipe resolvió conjurar el fantasma del miedo, que se alza sangriento y lívido ante las testas coronadas. P a r a contribuir a disipar esa preocupación de un orden i n ferior, aunque tan humano, tenía Felipe otra muy honda y perCuando Nakusi hablaba así, Felipe M a r í a le miraba con intesistente Rosario y su suerte. A medida que se acercaba el día r é s vivísimo. L a naturaleza de Felipe María era m á s intelectual de romper aquel lazo, m á s apretado de lo que sospechaba él misque otra cosa, y su físico, el de un hombre nervioso, impulsivo mo, el alma de Felipe se sentía invadida de sorda angustia, parey variable. E n cambio, el conde Nakusi ofrecía el tipo de una cida al remordimiento. L a desdicha del hombre moderno es ser a la raza militar y aristocrática a Ja vez, y, sobre todo, enérgica, con vez egoísta y sensible: lo bastante egoísta, para ceder a sus pasu alta estatura, su ancho pecho, su cintura quebrada, su cara de siones; lo bastante sensible, para sufrir el estrago causado por ellas u ñ moreno sano y sanguíneo, su boca sana y de firme dibujo, su en el ajeno destino. P o r ser interior y cuidadosamente oculta, la aguileña nariz y su mostacho castaño y retorcido. Seguramente en lucha de Felipe no era menos violenta, ni menor su desasosiego. tal hombre no había afinación cerebral; sus raciocinios no eran A decir verdad, no puede llamarse lucha aquel estado especialísiprofundos, pero sí justos y derechos, y su instinto, su primer m o existe lucha propiamente dicha, cuando la voluntad fluctúa movimiento, fruto de una voluntad entera, y guiada siempre por la entre dos soluciones; y Felipe no fluctuaba; comprendía- -en esos dignidad y el culto del honor, no podía engañarle. Sintióse Felipe momentos de, lucidez que acompañan a las crisis supremas- -que eslleno de confianza en Nakusi, y apoyando su mano en el hombro del taba resuelto; que lo había estado desde el día y hora- en que los mozo, p r e g u n t ó afectuosamente: enviados de Dacia llamaron a su puerta y le saludaron con el nom- -Usted, en mi caso, ¿recelaría algo de la presencia de Nordis? bre de Rey... Todos sus actos, a partir de aquel instante, habían- -S í señor- -contestó con fuerza Nakusi- Tanto recelaría, sido inspirados y dictados por la volición- -inconsciente al prinque librárame Dios de aceptar nunca una taza de té que él me cipio y hasta envuelta en repugnancias y negativas, semejantes a brindase. Vuestra Alteza tiene m á s entendimiento que todos; pero las de la mujer que rehusa el amor, deseándolo en secreto, con yo, íeaímente, no debo ocultar mis recelos. N o me ha mentido todas las fuerzas de su alma- al fin explícita, desbordada como nunca el corazón cuando escucho su voz... Guarde bien Vuestra torrente que lo arrebata todo. N o fluctuaba, pero sufría, y tal vez Alteza su augusta persona. ¡A- ese hombre, con quien no- he quesufría m á s al reconocer que no fluctuaba siquiera; que la conrido jugar, le creo capaz de todo! ¡De todo lo malo! ciencia, de su divina felicidad, al lado de Rosario, no era sufi- Felipe María calló. N o le agradaba manifestar hasta qué punto cíente para quitarle el afán de correr a otra vida, cuyos riesgos le impresionaban los augurios de Nakusi, por no parecer pusiláy amarguras presentía, Y no fluctuaba, a pesar de- yei- con intuinime, defecto que él sabía que no se. perdona a los Reyes, ni a los ft e a serlo aspiran; y, además, aquello no era pusilanimidad, como