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N O V i l A POR EMILIA PARDO 5 AZAM (CONTINUACIÓN) ción ciarla y aguda que lo que dejaba a t r á s lo que sólo había disfrutado poco tiempo, era la bienaventuranza, y lo que buscaba, algo incierto y triste, cuyo peso de antemano sentía sobre ios hombros, cuyo azoramiento ya le hacía latir de inquietud las sienes y el corazón. L a consecuencia fatal de estados del alma semejantes al de Felipe es que impulsan a la resolución inmediata, la cual, sólo por ser resolución, tiene l a virtud de sosegar, siquiera u n momén; o, el espíritu. E l mal paso andarlo pronto -dicen, para sí todos los que se ven en casos, a n á l o g o s- el condenado a muerte, que ansia llegar cuanto antes al lugar del suplicio; el enfermo, -que desea la cruente operación, el hierro registrando sus e n t r a ñ a s la mujer encinta, que, cpn vértigo indefinible, espía la llegada del primer dolor. Felipe, m á s hondamente afectado de lo que creía él mismo, revelaba este anhelo en una de sus conversaciones íntimas con Miraya- -porque la rectitud y lealtad de Nakusi, su otro confidente adictísimo, le hubiese estorbado un poco para descubrir sentimientos complejos, nada francos ni nobles, y en que entraba algo que un espíritu caballeresco reprobaría tal vez en voz alta, o en voz baja ¿que a ú n sería peor... -Comprendo- -dijo al periodista Felipe- -que es insostenible nuestra situación, y quisiera, terminarla en un sentido o en otro. H e detestado siempre las posiciones falsas, y me parece la mía tan anómala... -L a señorita Rosario- -respondió M i r a y a envalentonado por la confidencia, y, atreviéndose a pronunciar un nombre que. rara vez resonaba en aquellos diálogos del príncipe y el consejero- -no ha podido. presentarse mejor, y l a causa de Dacia no tiene amiga m á s sincera. Comprenderá, pues, a maravilla, el estado de las cosas, y ella misma incitará a Vuestra Alteza a adoptar una medida... que... efectivamente. ya reviste carácter de urgentísima. Felipe María g u a r d ó silencio un instante, pero sus ojos, obscurecidos y dilatados, interrogaban. -S é lo que digo, s e ñ o r i n s i s t i ó eficazmente Miraya- Noticias tengo, y frescas; de esta m a ñ a n a misma. L o s astros parece que se han puesto en conjunción para favorecer a. Vuestra Alteza. A la adhesión del duque Aurelio... que, la verdad, me había parecido sospechosa... tenemos que sumar otro m á s sorprendente, m u c h o- m á s y de- una importancia tan extraordinaria, que apenas me atrevería a darle crédito, si no viniese la nueva por conducto bien fidedigno... ¡L a Reina, s e ñ o r! ¡L a misma Reina transige ya con la candidatura d e V u e s t r a Alteza, y n o s e opone a que antes de. de los últimos momentos del Rey... sea Vuestra Alteza reconocido oficialmente! -i L a Reina -repitió asombrado Felipe. ¡L a R e i n a! A decir verdad, ya teníamos barruntos de ésta gran victoria, la victoria decisiva y capital. H a andado aquí. lá. mano de un apóstol, de un misionero y de un santo: el arzobispo de Vlasta. Hemos tenido la suerte de tropezar con una señora piadosa, y apelando a su conciencia... Mientras Felipe, nervioso, se levantaba y, midiendo a pasos agitados el aposento, echaba bocanadas de humo de cigarro. M i r a y a continuó irritando su deseo y exaltándolo hasta el, paroxismo. -E l arzobispo de Vlasta ha conseguido el triunfo, y ya l a Reina no tiene m á s que un baluarte donde se parapeta: l a situación de Vuestra Alteza, que también el prelado considera es- caudalosa. E l día en que Vuestra Alteza dé el ejemplo de una separación... que tranquilice las conciencias... la Reina dará, a su vez, el de sacrificarse por la paz y por la gloria del reino de D a cia... y estará dispuesta a besar en la frente al principe heredero... y a... a llamarse su madre. ¡S u madre! ¡A s í así, como suena! -Sébasti- -declaró Felipe, deteniéndose y frunciendo el ceño- aquí estarnos solas, y hablamos, como hombres. Nada me. impor tan los escrúpulos y las aprensiones de la Reina y del arzobispo, y si le dijese a usted otra cosa, usted no lo creería... Pero ya, en el caso en. que rhé encuentro, una determinación se impane. Busquemos medios de. que l o inevitable resulte menos doloroso. -De eso se trata- -aprobó el periodista, respirando a gusto ai desembarazarse de lo q u e é l allá por dentro, llamaba tiqüis miquis de la conciencia- E n primer lugar, es preciso que la señorita Rosario no carezca de recursos j a m á s -Toda mi fortuna personal será suya por donación- -contestó precipitadamente Felipe. ¡E s n a t u r a l í s i m o! Aunque algo mermada, l a hacienda de Vuestra Alteza, ¡basta para que una señora viva con holgura y comodidad. -He. pensado, además- -prosiguió Felipe- arrendar la E r c o lani por dos o tres años, a fin de que Rosario permanezca aquí, ¡Magnífico! L á Ercoláni es un retiro digno de una elevadadama... Pero, si Bien todo eso es muy conveniente y necesario, y deja a Vuestra Alteza en el lugar en que no podía menos de quedar siempre, lo creo. de... de secundaria importancia al lado de: otras cosas, que... en el momento presente... que y a ¡S i sí, entiendo -murmuró Felipe, reprimiéndose y pasando sin querer la mano por la sien, donde un ligero sudor rezumaba. ¡Vuestra Alteza adivina! E s de la mayor urgencia, es cuestión de días ya: Aparte de que la Reina está pendiente de las resoluciones de Vuestra Alteza, hay un motivo para que se precipiten los sucesos. L a familia de Albania llega a Monaco a fine? de la semana... -Es decir, el príncipe no llega; vienen solamente la princesa con la heredera Dorotea Electa- -Electa de Dios, eg ú n la llaman en Dacia- -y con la hermañita menor, Clementina Margarita, que es un ángel. N o es posible que Vuestra Alteza les haga la visita que esperan, sin que antes... Hubo otro momento de silencio. E n ocasiones análogas, Felipe, convencido y subyugado, acostumbraba, sin embargo, no acceder de buenas a primeras. E r a una manera de salvar su dignidad. -Se pensará en eso, Sebasti- -dijo, al fin- L o que necesitamos- -añadió, agarrándose, como suele hacerse en tales momentos, a una insignificante circunstancia que disimulase m á s graves cavilaciones- -es un cochero que sepa su obligación. Echo ús menos a Esteban, y no me determino a enganchar uno de los troncos buenos, porque prefiero que; se estén en. la cuadra a meterles en manos pecadoras. Y si llega, el- caso de hacer, alguna v i sita... de cuniplido... de ceremonia... no be de presentarme con las jaquillas de diario. Además, esos animales se están resabiando. E l tronco flor de romero es una pareja de fieras. Anoche quisieron soltarse, morderse; pelearse, y armaron un estrépito infernal. -H e previsto el caso- -respondió. Miraya, demostrando cortesana solicitud- H e encargado a Monaco un cochero, como debe ser el de- Vuestra Alteza, y ya me han hablado de uno excelente, y dacio, por m á s señas, pero que lleva cinco años sirviendo en P a r í s Sólo- que; quiero: informarme mejor. T o d o cuidado es poco, tratándose de la servidumbre de un príncipe que tiene enemigos... ¡E n e m i g o s! N a k u s i es también un medroso como usted redijo serenamente Felipe, que ya se había rehecho, y cultivaba la estética de los Reyes, el desdén: del peligro. -Conviene avisparse- -respondió meditabundo Miraya- H a y m o r o s e n la costa, y he visto revolotear pájaros de mal a g ü e r o L a transacción- del duque Aurelio no me pasa a mí de aquí- -y M i raya se llevó a la garganta, las m a n o s- S e me figura que me daba menos aprensión cuando nos hacía la guerra sin reboza. CSe continuará.
 // Cambio Nodo4-Sevilla