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O DE N O V E L A P O R EMILIA Temo a los griegos hasta en sus dádivas... Nuestro insigne St. ereadi ha querido imponerme sus convicciones optimistas, pero no lo puedo remediar, del gavilán no se fían a dos por tres las palomas... ¿Q u é hacen en Monaco ciertos personajes? E s particul a r que nos hayan cobrado tanto cariño, que nos sigan a dondequiera que vayamos. Y o ruego a Vuestra Alteza que, por si acaso, no salga solo nunca, y, sobre todo, que evite a los espadachines de l a casta de ese Prunkay, que anclan siempre buscando quimera. N o he olvidado la estocada de. V i o d a l aquello fué un aviso. E l día en que Vuestra Alteza haya asegurado, por un legítimo matrimonio, la sucesión al trono, se me quitará el miedo. De rodillas le ruego a Vuestra Alteza que piense en todo lo que le digo... Asegurar la sucesión... Ese es su deber y su interés... -B i e n M i r a y a Y o sé lo que debo hacer- -contestó regiamente Felipe, XII EMIGRA L A GOLONDRINA PARDO ¡CONTINUACIÓN) Atento a que ni el menor detalle pudiese comprometer el resultado de campaña tan felizmente emprendida, M i r a y a no dejaba cabos sin atar. Había ajustado, en el mejor hotel de Monaco, un departamento digno del príncipe heredero de Dacia. y buscado cuadras y cocheras donde cupiesen los trenes que habían de trasladarse de lá Ercolani, preparando así a Felipe instalación propia de su elevada categoría. Y a figuraba entre el servicio el cochero que debía reemplazar a Esteban; era un dacio montañés, de esos que han nacido a caballo; especie de centauro, cuyo instinto atávico, perfeccionado por la enseñanza, puede hacer maravillas; y maravillas había hecho en Alejo- -así se llamaba el nuevo auriga- -la residencia en P a r í s y Londres, el continuo roce con caballistas, aficionados y chalanes. Su rostro, atezado, duro y enjuto, revelaba vigor y resolución, y no había sino verle asir las riendas para conocer que subyugaría al potro m á s indómito. A l observar una cicatriz que, partiendo de la sien, llegaba a la comisura de la rasurada boca de Alejo, M i r a y a hubo de preguntarle, si había estado en la guerra, pues aquella señal delataba el filo de un arma corva, de las que usaa los orientales; pero A l e j o negó que hubiese servido jamás, si bien confe só una lucha cuerpo a cuerpo con cierto dálmata, que le había cruzado con su sable. Y mientras Sebasti M i r a y a ejercía las funciones de aposentador e intendente, ¿qué hacía Gregorio Yalomitsaf ¿Cuál era el papel del bohemio en la Ercolani? U n triste papel: el del que no cesa de rabiar por dentro. N o sólo no cruzaba palabra con Felipe M a r í a no sólo guardaba en la mesa un silencio de niño encaprichado, sino que, cuando le ora imposible no referirse al dueño de la casa, afectaba llamarle con insistencia F l a v i a n i E l apellido Leonato no existía para él. De vez en cuando, en la conversación general, enjaretaba una mortificante alusión a la bailarina, a sus desventuras, a las injusticias cometidas con ella- -a todo lo que era diplomático no mentar- estos alfilerazos apuraban la paciencia de Felipe, y en Miraya determinaban arrechuchos y desplantes de grosería. Finalmente, tanto extremó la oposición el bohemio, que un día M i r a y a llamándole aparte, le significó que en aquella casa no había puesto para él, y que si tenía delicadeza, se iría inmediatamente. Nada contestó Yalomitsa; encogióse de hombros con el m á s profundo desprecio, y media hora después, prevaliéndose de sus hábitos de familiaridad, entraba en el gabinete de Felipe y se arrellanaba en el canapé. Como una fatalidad, impúsose a Felipe la precisión de dejar cuanto antes la Ercolani, de desatar el nudo de la convivencia. lY al advertir en sí este impulso, que parecía- -como dirían los antiguos- -obra de un numen, Felipe notaba a l a vez una especie de ardor triste y malsano por la mujer a quien se disponía abandonar. S i los arrebatados transportes, si ciertas vehemencias furiosas probasen algo m á s que l a eterna contradicción, que reside en el corazón del hombre. Rosario pudo creer, en aquellas últimas horas, que había reaparecido, llena y radiante, la luna de miel. Renováronse los paseos al bosque después de almorzar; a las horas de la siesta, el templete y el bosquecillo acogieron otra vez el grupo inseparable de los primeros días, y de noche, l a falúa recibió en sus pilas de almohadones el cuerpo del enamorado, rendido al peso de la felicidad, y recostando la cabeza para soñar plácidas visiones, que se alzan de las olas, surcadas dulcemente por l a embarcación, y heridas por el candencioso batir del remo. Buscaba Felipe en aquella embriaguez una tregua un instante de olvido, y con la avidez del que apura las postreras gotas del bebedizo, alzaba la copa de oro antes de dejarla rodar al fondo de las olas, como el rey de la balada- -otro rey que también sufría. -Vengo a decirte adiós, Lipe- -exclamó, chupando su pipa y echando las piernas por cima de los almohadones- N o es porRosario se prestaba al juego. Acaso quería, a su vez, aturque ese emborronador criado tuyo me haya despedido, ¡q u i á! es dirse para no sentir el dolor. Quizá, en su aquiescencia, en su que hace tiempo deseaba yo quitarme de en medio m á s que a complicidad, se ocultase la terca esperanza, que. nunca muere en prisa. M e repugnas, me das náuseas, y no tengo por qué aguanlos corazones verdaderamente apasionados; o quizá fuese aquella tar el asco, cuando puedo en otra parte, pidiendo limosna, con una peregrina forma de su constante abnegación. mi violín, conservar sano el estómago. Pero, desde luego, te anunSeguro ya de su victoria, Miraya, con la habilidad diplomá- ció que volveré a q u í volveré. así que tú hayas vuelto también tica de siempre, dejaba el campo libre; respetaba el epílogo. Como las espaldas, desamparando a esa mujer, que por ti se ha peren Monaco echasen de menos a Felipe María sus amigos y pardido, y a quien no mereces, ¡necio t Cuando tú l a abandones, ¡Y a tidarios, el periodista se encargó de explicar el hecho del modo lomitsa la p r o t e j e r á! Y ahora, abur; hasta nunca. m á s grato a los acérrimos íelipistas: era que el príncipe, llegado Alzó las cejas Felipe, con m á s impaciencia que cólera. el momento de dejar definitivamente la Ercolani y de instalarse- -Y a veo que no me tomas por lo serio- -prosiguió el boheen Monaco para cortejar a Ja princesa de Albania, necesitaba mio, después de sacar una densa y apestosa bocanada de humo- arreglar mil asuntos, y estaba consagrado a ese trabajo enojoso, Haces mal, Lipe, haces muy mal. ¡Creo que finges! S i yo te d i pero indispensable. Cundía la noticia; el príncipe se prestaba ya jese que me voy como si tal cosa, también fingiría. L a s raíces a todos los deseos de sus leales subditos; renunciaba- a las asdel cariño no se arrancan así. H e sido amigo de tu pobre madre, piraciones de su corazón, borrado de un solo rasgo su pasado bode quien has renegado; me he sentado muchos años a su mesa, y rrascoso- -pasado que, por otra parte, contribuía a darle cierta todavía creo paladear su vino y comer su pan. Esto no se o l aureola poética- y se hacía, por el sacrificio de su amor, digno vida. Te he visto en la cuna, te he tenido a caballo en esta rodilla de la gratitud de la patria. Animoso y firme, no vacilaba: Dacia horas y horas, me has tirado del pelo, me has arañado con tus ante todo. Y los hombres serios y las damas delicadas y pudomanitas; y dejar de quererte me es imposible, como me es imporosas, le aplaudían, le compadecían, le querían m á s por sus desafíos, sus aventuras, sus pasiones, sus luchas morales, ne continuará.
 // Cambio Nodo4-Sevilla