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LA LEYENDA DESTRUIDA POR LA HISTORIA EL BAILE DEL CASTILLO DE BENISANÓ EN HONOR DE FRANCISCO I E Y caballero, treinta y un años, notorias cualidades de galante y aficionado a la caza y todo un prestigio amoroso de su época de duque de Valois. Esta era la aureola mundana que rodeal a al Monarca francés Francisco I cuando, prisionero de España, desembarcaba en el puerto de Valencia el 29 de junio de 1525, luego de su desgraciada empresa de Pavía. Cortesano y amante de la etiqueta, alisó su barba pavonada, calzó los guantes de ámbar y, vistiendo un sayo de brocado recamado de perlas que realzaba su figura, visitó en el Palacio del Real, mansión rodeada de espléndidos jardines poblados de rosas, a doña Germana, la interesante viuda del Rey Católico, que logró trocar l a condición del duque de Calabria, de su enemigo y prisionero político, en su rendido y enamorado esposo. Allí quedó el egregio huésped detenido durante tres días. E r a a la Sazón gobernador del reino de Valencia don Jerónimo Cavanilles, capitán de la guarda del Emperador, su chambelán y embajador en Francia, y esta última condición debió sin duda influir para que el Rey caballero tuviera como prisión el castillo de Benisanó, testimonio notorio y feudal del señorío de los Cavanilles. E n él permaneció Francisco I desde el 3 de julio hasta el 21 del mismo mes, cumpliéndose las órdenes del hijo de la augusta perturbada por la belleza del primero de los Felipes. E l castillo, que aún conserva en parte su altivo porte, tenía sobradas condiciones para aposentar al Rey de los franceses. Amplios salones, habitaciones abundantes propicias para alojar uña copiosa servidumbre plaza de armas, torres, terrazas y galerías, foso, puente levadizo y un alegre y espléndido horizonte de huertas verdes y jocundas, que desde los trilobados ajimeces permitían distraer el espíritu abatido por aquella derrota que costó la vida a la flor de los caballeros del Ejército de Francia, y en l a que sucumbieron cinco mil de sus soldados. Crónicas cuentan de fiestas de caza. Leyendas del palacio nos hablan de bailes y saraos en honor del cautivo Monarca galo. No anda todo muy claro cuando de lo primero nada hay concreto describiendo qué arte emplearon en las empresas, si la cetrería propiamente cortesana, con sus cabalgadas v gerifaltes, o las traillas de perros, algazara de ladridos y chasquido de trallas. De las fiestas, los comentaristas insisten en aquel baile famoso, al que asistió lo; más lucido de la nobleza valenciana. Calla la leyenda los nombres ilustres de damas y galanes, así como los re atores no concretan si fué la guellarda, la pavana, el furioso o el cruzado la danza preferida. S i gue la conseja su comento con voz suave de v i e j a desdentada subrayando las frases quedamente, silbando las palabras al escape del aire por la boca mellada con timbre de R el procer valenciano, irritado a causa de tal descortesía, penetrando en sus cámaras y asiéndolas de los cabellos las presentó desnudas en el salón de la fiesta, exclamando: ¡La supervia dé vos matará a mes e dos! Con este trance pasaron a la Historia las altivas y hurañas hijas del gobernador Cavanilles; de tal guisa las perpetuaron en el pendón heráldico de los condes de Casal, a quien correspondió el señorío de Benisanó, y el misterioso lema vernáculo se inscribió en tallas y artesones, reposteros y pergaminos: ¡La supervia de vos matará a mes e dos! Últimamente, los eruditos confirmaron la leyenda con la aparición de unas terracotas maniseras, sin duda de los losados del castillo, donde, junto con la filacteria antedicha, figuraba la mano asiendo por los cabellos una cí -cza femenina. Y la bella leyenda rodó por estrados y salones, recogiéronla historiado! es y poetas, la contaron junto a las fogaratas gañanes y pastores, transmitiendo de padres a hijos la conseja, sin engolamiento de fechas y personajes; oyeron el cuento de un Rey forastero y una princesa del tiempo de los moros, y hasta en los corros de niñas se cantó, junto con el Mambrá. Así vivía tranquila la tradición, alojada en el soberbio estuche del castillo de Beni E L R E Y FRANCISCO i (CUADRO D E L sanó, hasta que un día el afán de rebusca PINTOR JUAN CLÜÜET) de genealogías históricas del barón de San Perrillo, jefe de nuestra Armada, que ha locelestineo, y habla tan sólo de las dos hijas grado la medalla áurea de la Academia de del gobernador Cavanilles, dos herederas sin la Historia gracias a sus investigaciones henombre. Nadie supo si se llamaban Violante, ráldicas, estudiando el árbol gentilicio de Isabel, Beatriz o Leonor; en cambio, pasó los Cavanilles, ha demostrado que el gode generación en generación, siglo tras siglo, bernador don Jerónimo, capitán de las Reales el suceso, el escándalo ocurrido en el baile. Guardias del Emperador Carlos V no tuvo Francisco I, que en todo momento daba más hijo ni heredró que a otro Jerónimo muestras de su fama de enamoradizo, des- Cavanilles, como su padre gobernador de lumhrado por la belleza de las hijas de don Valencia y uno de los más opulentos ma ¡Jerónimo Cavanilles, las invitó a bailar; yórazgos de su época. ellas se negaron al deseo del Monarca, huDice el marino e investigador citado que yendo a sus habitaciones, bajo el pretexto para encontrarse en estado de merecer en patriótico de que era un Rey extranjero. 1525 las altivas castellanas debían ser h i Continúa la leyenda su relato afirmando que jas de don Luis de Cavanilles, que no tuvo sucesión femenina, del segundo del mismo nombre, que murió sin descendencia, o de su hermano don Jerónimo, que sólo dejó un hijo varón. Nosotros también hemos hecho notar que los historiadores callan sus nombres, y añadimos que Escólano y Salazar. y Castro, tan doctos en genealogías, no dan hijas a ninguno de estos magnates. Por todas partes desparramamos la vista, buscando a las h i dalgas- doncellas, deseosos de asirlas nuevamente de los cabellos y presentarlas, si bien no desnudas, por lo menos en su traje de corte, a la curiosidad, acuciada por la desaparición de estos dos p e r s o n a j e s que han truncado una leyenda. i JÓSE Luis ENTRAtíA A L C A S T I L L O ALMUNIA
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