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una sarta de banderas de colores, otras banderas i g u a l e s trepan allá por el mismo arte. Únicamente cuando la orquesta del Bremen ataca unos himnos no escuchamos en el Europa la música correspondíerite ¿Pero ¿es que cuando silbarnos delante del espejo el espejo devuelve el sonido acaso como devuelve la imagen? E l sonido tiene su espejo p r o p i o que es el eco. Unos instantes después la ilusión se deshace. Nuestros caminos de mar son distintos nuestros rumbos, contrarios, Unos a d i ó s es últimos, una última efusión de sirenas, y el Europa se aleja de nosotros tanto como nosotros nos alejamos de él. Una ancha estela de menta es lo que queda a poco de su paso. E L BREMEN Y E L E U R O P A JUNTOS E IGUALES, E N E L PUERTO D E BREMEN Se restablece el orden. Vuelve a su lugar con su proa afilada el Atlántico por las cos- cantes para asomarse a la misma vidriera la diferencia de clases, que son en el barturas de las olas. que la millonaria de los tres zorros platea- co más evidentes porque el ocioso es más Se abre un milagroso paréntesis de. acti- dos empalmados. U n botones empuja a un ocioso y el trabajador más atareado que en lado, para ver mejor, a la elegante alemana tierra firme. E l aburrimiento ocupa ordevidad. Las miradas se orientan, se fijan y se aguzan. Todos hemos salido a cubierta, que lleva monóculo. U n camarero se apo- nadamente su lugar, y los corazones recoa las ventanas, a las barandas, para mirar ya materialmente sobre la señora inglesa bran el tiempo de sus latidos. que parece haber comprado en lote todos al mar, hacia el lado del Mediodía. No hay tema de conversación para todo Apenas hay sol. Una bruma tonta nos los. sombreros usados de la reina Mary; L a el día, porque ha sucedido algo fuera de la tapa la lejanía de unas cuantas millas más disciplina, si no se rompe, se dobla. Y es llana normalidad de nuestras horas. Nadie de agua gris. A nuestros costados el mar porque ninguno está realmente en el Bre- vuelve ya a mirar al mar, donde queda, seflitario e indiferente, el barco pequeño que muestra por dentro su densidad, su brillo y men, porque vivimos sin vivir en él, con la curiosidad volcada hacia afuera, puesta en ha presenciado estos cinco minutos en que su temblor de jalea. el barco de enfrente, én el espejo. el Bremen se ha estado mirando al espejo a Hay también cerca, como olvidado sobre Si nuestros brazos se agitan en saludos, tantos grados y tantos minutos de latitud, las oías, un barco pequeño, que va a ser etcétera... testigo del encuentro, satélite de la conjun- otros brazos allá responden al mismo comción. Nadie se fija en él, porque ya se acla- pás. Si sube a los palos dé nuestro barco JOSÉ LÓPEZ R U B I O ra, entre desgarrones de nieWa, el Europa. E l Europa es hermano del Bremen que nos lleva, y sólo unos años menor. Han tenido ambos la misma cuna de astilleros, y dos veces al mes hacen en cuatro días y medio la más rápida travesía del Atlántico. Ver el Europa, gemelo, desde el Bremen, coma ver el Bremen, igual, desde el Europa, es mirarse cada uno en un espejo. Durante c i n c o minutos tenemos todos la s e n s a c i ó n de. estar reflejados, de vernos correr entre vértices de oleaje. Todos nos alomamos con la m i s m a sospecha de sorprender nos quizá en el barco parejo a nuestra i m a g e n y semejanza. Todos por un momento olvidamos las más rigurosas jer a r q u í a s, y durante unos segundos somos tanto unos qomo otros, igual que si fuéramos a naufragar. Salen los cocineros E L H I D R O A V I Ó N QUE SALE D E L B R E M E N PARA N U E V A Y O R K U N DÍA ANTES D E LA LLEGADA CON E L C O de sus rincones sofoRREO D E LOS IMPACIENTES
 // Cambio Nodo4-Sevilla