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EL HOMDPtQUt TpADAJAQA POdO ¿UENTO) siempre estaba descontento de su trabajo, no de la calidad, pero sí de la cantidad. E l era escritor, y cuando, después de ocho horas largas de encierro, recontaba las cuartillas de la jornada, el alma se le caía a los pies de puro desengaño: total, seis o siete cuartillas cuando más. E n tonces se reprendía a sí mismo, y, haciendo el examen crítico del tiempo de encierro, se encontraba fatalmente con que, de las ocho horas, se había pasado cuatro con los ojos puestos en el techo cogiendo de allí las ideas, como los racimos de uva de un emparrado. Descontando, además, el tiempo de liar los cigarrillos y de releer lo escrito para corregirlo, el escritor veía claramente que no había trabajado más de tres horas, y... esto era intolerable. Intolerable. Lo peor de su situación era que no encontraba forma de resolver su conflicto, pues siempre que había intentado superar el número de cuartillas, quedaba descontento de su trabajo y terminaba rompiéndolas. L o que era igual que no haber trabajado absolutamente nada. Sus amigos, gente activa- -abogados, médicos, industriales y agentes comerciales- contribuían a aumentar el descontento del escritor con su actividad pregonada. Dejando aparte los beneficios económicos, el escritor comprendía su ridículo cuando, frente al trabajo de los otros, tenía que presentar sus seis o siete cuartillas... menos que un par de cartas. ¿Quién sería capaz de defender su esfuerzo frente al torbellino de los dispensarios, hospitales, bufetes, establecimientos, Bancos y Consejos? Lo más triste para el escritor era el eterno reproche de su familia por su maldita pereza. Ante su familia, él no sabía nunca cómo justificar la exigua cantidad de su trabajo, y, como los niños remolones en las faltas escolares, tenía que recurrir muchas veces al engaño quejumbroso: dolor de caNTIMAMENTE I beza angustia, vómitos de bilis... Pero la mentira flotaba siempre sobre sus palabras, y en los ojos de enfrente encontraba las luces de esta implacable condena: Te pasas la vida pensando en las musarañas E l escritor, en los ratos largos de su soledad- -una soledad de muerte que acariciaba toda su fisiología interrogaba a su conciencia para que ésta le diese las exactas razones de la condena. Pero su conciencia estaba de acuerdo con su trabajo y se sentía plenamente satisfecha de la labor conseguida. Su conciencia destilaba orgullo por las seis o siete cuartillas diarias que al fin componían un libro de los que nada tienen que ver con los relojes que miden el tiempo. Su conciencia, lejos de condenarle, criticaba la injusticia de los otros. Pero... Los otros existían, existían siempre vivos y alerta -como banderas con viento constante- frente a él, que cada día parecía niás un hombre enterrado, destilando un pensamiento calmoso, que se enredaba a la vida como una planta trepadora. ¿Por qué la gente miraba su trabajo como si continuamente espiase la crecida de sus cabellos? Su fatiga constante de hombre eternamente intoxicado jamás encontraba alivio frente a la fatiga muscular de sus amigos: abogan dos, médicos, industriales y agentes comerciales. Mientras los otros abrían las válvulas de escape de sus quejas al fin de la jornada, él tenia qué callar, avergonzado, su auténtico cansancio de trabajo... trabajo exiguo de seis o siete cuartillas, que lé dejaban débil y mareado, como esas madres que alimentan con sus pechos flacos a sus hijos robustos. A l salir del encierro, con ganas de gritar su cansancio, frente al hielo de su familia, el escritor había sentido muchas veces clavársele los ojos hacia dentro, como queriendo incrustarse en su cerebro hasta no ver nada de fuera Cierto día, ante un agobio económico su- perior a los de- costumbre, la mujer del escritor rompió el saco de los reproches hasta no dejarle ni el pan ni el agua de la más leve disculpa. Entonces la frase disfrazada en los ojos tomó corporeidad de palabra... Palabras densas y pegajosas, de las que resisten al viento para flotar sobre las cabezas como las nubes de tormenta: Te pasas la vida pensando en las musarañas... Siempre tienes ojos de sueño... Nos moriremos de hambre por tu maldita pereza. ¿Qué quieres que haga yo, mujer? -fué lo único que se atrevió a replicar el escritor. ¡Trabajar! Trabajar -decía ella, con odio de clase. Como se pronuncian esas palabras en los mítines políticos. Y los oídos del escritor recibieron durante una hora larga una pedrea de improperios y de prosperidades del trabajo ajeno junto a la bancarrota de su trabajo, perezoso. L a voz débil del hombre era, frente a la voz fuerte de la mujer, como el arpa ahogada por el estrépito de los clarines: -Es tarde. Es tarde... i No ves que yo no soy médico, ni abogado, ni comerciante? ¿No comprendes que én otro trabajo todavía ganaría menos? -Pues trabaja más en lo tuyo; si eres escritor, escribe de verdad... ¿No te das cuenta de que seis o siete cuartillas son uríá ridiculez para un hombre que se llama escritor? -No puedo más, mujer; lo he intentado inútilmente... No me gustan mis cuartillas cuando rebaso esa cifra. -Pues los otros escriben diez veces más que tú. y, en último término, ¡para lo que te pagan... -Bueno, bueno; procuraré complaceros... Dime cuántas cuartillas crees que debería escribir. L a mujer del escritor sacó de un bolsillo TüiiiNi ii i- -n- -i r Htmi.
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