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la libreta de los gastos y de los ingresos, y, relacionando unos con otros, espetó esta dolbrosa declaración: -Necesitas h a c e r por lo menos, cuarenta cuartillas... por lo menos. ¿Cuarenta... j Dios mío... Cuarenta cuartillas de su pobre cabeza. Y así fué cómo el escritor aumentó las horas de encierro hasta doblarlas, sin conseguir más que doblar también el número de c u a r t i l l a s Porque para escribirlas no tenía más remedio de clavar los ojos en el techo, liar muchos cigarrillos y tachar todas las cosas fáciles que se enredaban en la punta de su pluma reclamando su puesto de circulación obligada... ¡Cada vez le era más difícil encontrar racimos de uva madura en el emparrado del techo! E l escritor llegó a parecer un automóvil viejo, uno de e. sos coches obligados a zanquear por caminos vecinales con erupc ón incurable de baches; sin aceite en el motor; con desolladuras en la carrocería; dtavos en los neumáticos y carbonilla de siglos en los cilindros... E l escritor, como esas bombillas que lucen a un voltaje superior a sus fuerzas, amenazaba c o n fundirse de un momento a otro, y lopeor era que ni aun así podía mostrarse fatigado del trabajo frente al pregón de los otros... y ¡las cuarenta cuartillas de su mujer estaban tan lejos... tan lejos, que le era imposible alcanzarlas! i Cierta vez, el escritor no tuvo más remedio que transcribir varias páginas de un l i bro, por considerar la cita necesaria para su trabajo. Aquel día, al recontar las cuartillas conseguidas, la cifra había llegado a veinte con poco esfuerzo y sin que el cansancio le abrumara como de costumbre. Esto fué Una revelación que le dejó perplejo, porque... Porque el escritor comprendió perfectamente que sus manos tenían una capacidad de trabajo muy superior a la de su cabeza. E l no había pensado nunca en este desequilibrio; él había escrito siempre con dolor, pero de pronto se encontraba con que el escribir podía convertirse en un placer, a condición de que su cabeza no tomase parte en la tarea. Pensando en este hallazgo, el escritor entrevio la posibilidad de complacer a su mujer, porque el número aplastante de cuarenta cuartillas, antes tan leiano e inasequible, se acercaba de pronto a sus ojos, haciéndose posible y aun fácil por el nuevo procedimiento de escribir recién descubierto. L a tentación le venció pronto, y al cabo de no muchos días de lucha el escritor se lanzó, decidido a copiar a su enciclopedia. Se lanzó valientemente, sin liar los pitillos, que ya no necesitaba fumar; sin tener que cazar las cosas en el techo de su despacho. Sin sentir abierto en la cabeza aquel terrible agujero por donde las cuartillas le chupaban la vida. Con el nuevo sistema desapareció su cansancio de hombre envenenado, desapareció también su antigua vergüenza cuando e encontraba con sus amigos activos dé vida atropellada y pudo, por fin, quejarse, quejarse fuerte, frente a todos, de un trabajo que, si no le fatigaba, podía al menos exhibirse en montón abrumador. Su mujer comenzó a cuidarle con cariño y a consolarle con tiernas palabras de reproche por el esfuerzo, que podía minar su salud... Porque no fueron ya cuarenta, sino cincuenta, setenta... cien cuartillas. Su hija, que era mecanógrafa y sabía, por tanto, lo que cuesta escribir, pregonaba su asombro por el trabajo de su padre, superior al rendimiento de l a m á s perfecta máquina de escribir. Ahora le admiraban los suyos con pasión exagerada de hija y esposa amantísima. En la vida del escritor todo c a m b i ó e n lugar de vivir tímidamente agazapado en sí mismo, vivió gallardamente erguido, entre los médicos, los abogados, los industriales y los agentes comerciales. En lugar del hielo de su familia, encontró, al fin, una tibia solicitud, que le convertía en jefe querido y respetado. A los agobios económicos, que apuñalaban su vida de colapsos mortales, había sucedido un bienestar confortable, que le permitía r e s p i r a r por vez primera a pleno pulmón. L a soledad y el silencio anterior se h a b í a n transformado en continua compañía de. admiradores y periodistas, que cazaban sus palabras como si fuesen de oro. De la cara del escritor d e s a p a r e c i e r o n aquellas a r r u g a s de hombre que después de comer, no sabe si encontrará en su bolsillo el dinero suficiente para pagar la cuenta... Ahora cogía la pluma de otra forma, con la seguridad del que sabe que puede escribir sin interrupción durante años enteros... Ahora ya no miraba los rincones y el techo con miedo de que estuviesen agotados. Ahora el escritor aca y ri ciaba la larga fila de tomos negros con letras doradas y se sonreía satisfecho y feliz de encontrar allí la continuidad de su trabajo. E l filón seguro, que no se agotaría, nunca y a él le permitiría vivir sin sobresaltos, felizmente rodeado de los suyos y felizmente compadecido por su trabajo ímprobo de cincuenta, setenta, cien cuartillas. Los lectores se hacían lenguas de la erudición y cultura del escritor. Los directores de periódicos no cesaban de pedirle artículos y más artículos, y hasta los compañeros que empleaban el mismo sistema estaban asombrados de lo bien que copiaba el otro... Copiaba, como debe hacerse, sin añadir ni quitar una coma... Y cuanto más escribía el escritor, más descansado estaba, más feliz era, mejor silbaba su vals favorito... A los tres meses de enciclopedia todavía estaba en la A y, aunque viviera noventa años, no llegaría a alcanzar la Z j Qué dicha... i Qué descanso para su cabeza! ¡Qué placer para sus manos ¡Qué pequeñita era ya su conciencia... Como una lenteja. SAMUEL R O S (Dibujos de Barbero.