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NOVELA. P O R EMILIA P A R D O (CONTINUACIÓN) ñAIAU XIII rjLTIMO PASO síble dejar de ser artista. Pero desde el día que te embrujaron... moriste para mí. Bebiste el filtro, pisaste la mandragora; y perdiste l a razón. N o te rías, no, que ya sé que esa risa no te sale del alma. S i estás pensando que aquí hay un loco, y que ese loco es lYalomitsa, mira, Lipe, mira que te e n g a ñ a s no hay m á s loco que tú. M e das lástima... P o r eso no la emprendo contigo a palos. -G r e g o r- -m u r m u r ó Felipe- afortunadamente te conozco, y te tomo según eres. A hacerte caso... M i r a y a te h a b r á dicho cualquier aspereza. N o te ofendas; ya sabes que donde yo esté h a b r á sitio para ti. N o creas que he olvidado a mi madre... -y al decir esto, l a voz de Felipe se veló algún tanto. Aquella nota de sensibilidad encontró eco inmediatamente en el corazón del bohemio que exclamó temblando de esperanza: -Felipe, tú no eres de piedra. A ú n estás a tiempo. Compadécete de Rosario... ¡y compadécete, sobre todo, de tu hij o! Saltó Felipe en l a silla, clavando sus oj os espantados en la cara cobriza del bohemio. ¡N o te entiendo! -murmuró- ¿Q u é dices? ¿Qué digo? L a verdad. ¡T e equivocas, G r e g o r ¡R o s a r i o me hubiese, enterado a mí! -O no. E l alma que te falta a ti le sobra a Rosario. N o ha querido sujetarse. T e deja a. tu albedrío. ¡E l l a vale cien veces m á s que tú í- -P e r o ¿t e hizo confianzas? -Ninguna. ¿P a r a q u é? ¿S o y yo ciego? T ú estás persuadido de que Gregor es un pobre jilguero; un violín que ríe y que llora... Gregor lee en el presente y en el porvenir. Felipe permanecía clavado en l a silla, atónito, abrumado por el peso de l a noticia tremenda. -Antes de marchar quise decírtelo, para que conste que lo sabías... N o podrás alegar ignorancia. L a verdad; estoy por creer que no lo. sabías realmente. E s imposible que las brujas de Macbeth, al saludarte Rey, te hayan arrancado el corazón y te hayan puesto en su lugar un guijarro. Felipe, a ú n puedes romper el maleficio... A ú n puedes volver por t i por tu honra; a ú n puedes apaciguar a la sombra de tu madre... ¿N o se te ha aparecido? A l hablar así, el bohemio avanzaba sobre Felipe, agarrándole del brazo con mano convulsa, y quemándole el rostro con su hálito febril. Sus pupilas negras fascinaban y ondulaba encrespada y electrizada su melena serpentina. Felipe retrocedió; rio era la primera vez que le estremecía ver de cerca al bohemio, irritado, agorero y feroz. -Oye- -dijo éste con una especie de extravío- ya sabes que también soy algo brujo. N o es la primera vez, ni la segunda, que sueño que oigo una conversación, y a los pocos días la oigo, en efecto, con sus mismas palabras y hasta con los gestos que dormido v i hacer a los interlocutores. T ú estas seguro de que no miento. Pues por la sepultura de tu madre, te juro, L i p e que he soñado cosas horribles para t i cosas que hasta me falta valor para explicarlas. Te he visto tendido, boca arriba, al sol... y las moscas revoloteaban sobre tu cara, y se posaban en tus ojos. Con trágico ademán, Yalomitsa hundió los dedos en la cabellera y se la mesó, como el que ve efectivamente un horrendo espectáculo. U n gemido ronco brotó de su garganta, y salió corriendo de la habitación, donde quedaba petrificado Felipe. A la hora del almuerzo, buscaron en vano a Yalomitsa. Se había marchado a pie, con un hatillo al hombro y el violín debajo del brazo, por el camino polvoriento, y ya debía de estar muy lejos de la Ercolani, Conviene hacer justicia a Felipe; la cosa en que menos pensó fué la siniestra predicción del bohemio. L e hizo el caso que haría al. chillido lúgubre del ave nocturna, o al ronco desvariar de enfermo delirante; al cuarto de hora ni se acordaba de ella. Otra idea llenaba su espíritu; otras palabras repercutían sin tregua en su mente. ¡T u h i j o! había dicho aquel insensato... ¿S e r í a verdad? L a hipótesis tan sólo bastaba para dictar a Felipe su linea de conducta... N o era dable titubear: el deber se presentaba claro y categórico... ¡N o habérsele ocurrido antes que podía suceder aquéllo! Contingencia tan natural echaba por tierra las combinaciones de la política y las imposiciones de la historia... M i r a y a salió en el cestito, con orden de recoger al loco de Yalomitsa, si conseguía darle alcance, y se hallaron solos Rosario y Felipe, sentados en el sitio predilecto, el templete, desde cuyos intercolumnios se veían el golfo y las gentiles escotaduras de la playa. L a tarde, calurosa y luminosa, declinaba ya, cuando Felipe se decidió a interpelar a su amiga, del modo m á s confidencial y tierno. -No hay nada de eso, nada absolutamente- -respondió impávida la chilena, que, sin duda, esperaba la interpelación, y hablaba en voz firme, clara y bien modulada. -Rosario- -dijo Felipe con ahinco y fuerza cariñosa- piensa lo que respondes, porque de este momento depende nuestro porvenir. H e contraído contigo una deuda... -Nada me debes, Felipe del a l m a- -m u r m u r ó ella, poniendo en tensión la voluntad para contener la pasión que quería romper desatada por los labios- Nada me debes. Con tu país, con tu nación, sí tienes deudas de honra, y esas es preciso que las pagues... cueste lo que cueste, y sea como sea. -Escucha, Rosario... -y Felipe la cogió de las manos, caricia que ella rehuyó sin esquivez, sonriendo; porque su valor, ejercitada ya por la resignación, dispuesto y guardado como un tesoro, acudía entero a fortalecerla en aquella hora de prueba- Escucha, Rosario... nena mía, oye, no te apartes. N o sé lo que tú pensarás de mí allá en tus adentros; pero reconocerás que, lo mismo én el banco del j a r d í n de París, que ahora en este templete, donde hemos pasado momentos tan celestiales... yo te he ofrecido siempre... ser tu marido, serlo, gozoso, satisfecho, cuando quieras. N o debes dudar de mi palabra... ¡pero si dudases, mañana mismo, ahora, dentrode media hora... -No dudo, Felipe- -declaró Rosario, sin perder su calma heroica- H a s estado y estás pronto a casarte conmigo; tengo que agradecértelo, y te. lo agradezco. ¡T a n t o te lo agradezco, tanto... que no acepto, ni aceptaré j a m á s! L o repito, lo repetiré mil veces ¡jamás, aunque se hunda el firmamento! ¡J a m á s! ¡A b Rosario... no son iguales todos los días ni todas las circunstancias, y el que dice j a m á s podrá tener que borrar las palabras en el aire con su aliento... ¿E s t á s hoy tan tranquila al decir ese jamás como estabas ayer, en que te comprometías... tú, tú sola? Enmudeció la chilena algún tiempo, y sus pupilas, vastas y aterciopeladas, expresaron, del modo misterioso que expresa las emociones la pupila humana, una melancolía insondable, sin esperanza ni consuelo. E r a n los ojos meridionales de Rosario tan habladores y tan cantores, poseían tal magnetismo, tal irradiación de sentimientos, que, sin alterarse ni moverse el resto de las facciones, ellos solos bastaban para revelar plenamente cuanto pasa- (Se 45 continuará.
 // Cambio Nodo4-Sevilla