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NOVELA, POR EMILIA PARDO BAZAN (CONTINUACIÓN quita el sentido. S i fuese. supersticioso, superstición le. llamaría. Pero, ¿a qué tomarnos el trabajo de buscarle nombres? Debe de ser lo más natural; la dificultad de dejarte. Me creí armado de mayor valor del que tengo. ¡Heñios sido aquí tan dichosos, Rosario Lo que me espera, ¿valdrá lo que abandono? No lo creo; no cabe en lo humano. Conozco que tienes razón, que es tarde; estoy ya en tal caso, que no me es lícito retroceder... Pero se me han caído las alas. ¡Dame ánimos tú, Rosario! Un movimiento de protesta, casi de indignación, encrespó el noble espíritu de la. chilena. Estuvo a punto de perder la paciencia, o, mejor dicho, la exterioridad paciente, que conservaba a tanta costa. ¡Felipe pidiéndole a ella, a la. víctima, fuerza, estímulo y consuelo! Pero fijó la mirada en el rostro descolorido de su amante, y su cólera se abatió, como la espuma del mar al cubrirla una ola de aceite. Felipe estaba verdaderamente triste; sus ojos, en vez de exhalar los reflejos de Otras veces, se cerraban mortecinos; sus labios, ligeramente temblorosos, exhalaban un suspiro hondo, que parecía queja tímida y humilde. L a enamorada abrió los brazos, y- Felipe María, cayó en ellos, silencioso, inerte, sin expresar su pena más que con la violenta presión de sus dedos, convulsivos, hincados en los hombros de Rosario. Y así permanecieron más de una hora, traspasados, no. sabiendo qué decirse. Los dos comprendían que aquello era despedida- -verdadera despedía- -para siempre. XI Vi DUNSINANIA Tres o cuatro días hacía que Miraya, alojado en Monaco, en él hotel donde estaban preparadas las habitaciones- de Su Alteza Real Felipe María de Leonato, esperaba la llegada de éste, anunciada todas las mañanas por un lacónico billete, y suspendida por otro todas las tardes. E l agente del ilustre hombre público, Stereadi, empezaba a darse al diablo. Aquellos retrasos no le hacían, ni pizca de gracia, valga la verdad, ¡Sí, gracia! Hasta puede, asegurarse que le desesperaban, que le sacaban de quicio. Qué mala está de arrancar la muela -decía para sí- Y chasqéando la lengua contra el, cielo de la boca, a estilo de inteligente que paladea un vino delicioso, añadía: No es milagro. L a chilenita vale un Perú. ¡Es una gran, mujer, una mujer de oro! Pero me parecía a mí que no había de ponernos dificultades; tenía yo. barruntos de que cumpliría como buena hasta el fin. ¿Será que ahora, en el epílogo... Discurría así Miraya, a tiempo que acababan- de servirle una taza de café en la terraza del hotel, y un camarero le presentalla, abierto, un cajón de escogidos- puros; todo por cuenta del hospedaje del príncipe. Cuando se disponía, rumiando sus preocupa- ciones, a hacer fiesta a café y cigarro, oyó, a sus espaldas, la voz respetuosa del camarero... Que estaba allí el señor conde de Nakusi, que quería verle en seguida, y rogaba que pasase el señor al salón... ¿Por qué no vendrá aquí? Otro maniático como su ínclito tío el duque- -refunfuñó Miraya, rechazando cota mal humor la taza llena- Cualquier bobería: de fijo. Apenas hubo entrado el periodista en el gran salón del hotel, y saludado a Nakusi, cambió de parecer: la agitación del conde, la precipitación con que se levantó de la butaca y corrió hacia él, lo entrecortado de su acento, le descubrieron que no se trataba de una nimiedad, de algún almuerzo o concierto, sino de cosa triuv grave. -iStt! Hablemos, pero bajito... Las paredes oyen en estos malditos hoteles- exclamó Nakusi- Ahora, ahora mismo, salí, mos para la Ercolani... ¿Pero qué ocurre? -preguntó el periodista con ansia. -Ocurren novedades gordas... ¡Quizá la vida del príncipe... -tartamudeó Nakusi, que podía respirar apenas. ¿Su. vida? ¿Eh? ¿Cómo su vida? Y Miraya se sentía palidecer, y notaba que se le enfriaban las manos. -Su vida... Escúcheme... He recibido una carta... ¿De su tío de usted? -preguntó Miraya, reaccionando, y; con descortés ironía. -No, de mi tío, no- -contestó el joven oficial, frunciendo el entrecejo, y adoptando, a pesar de lo crítico del momento, tona de altanería involuntaria- Del intendente de. unas tierras mías, donde son colonos y pastores los padres de Esteban, el que fué cochero de Su Alteza hasta hace poco... ¿Y- eso, qué? -insistió Miraya. ¡Paciencia! M i intendente me pide justicia... Parece que el padre de Esteban apareció cadáver al pie de un muro... y que, a consecuencia de este suceso, la madre llamó a su hijo... Esteban acudió... -De mala gana, hay que decir la verdad, porque no quería separarse del príncipe... -advirtió Miraya, que empezaba a entrever confusamente algo, extraño. -De mala gana, en efecto... Pues, bien; Esteban, según mis noticias, también, ha sido muerto... a cuchilladas, en riña, en la feria. pero, aquí está lo grave; mi intendente cree que el lance fué provocado, y que los tres o cuatro matones, que se encargaron de, despachar al infeliz cochero eran conocidos en el país por agentes políticos de... de los enemigos de nuestra causa. ¡Del duque Aurelio! -exclamó Miraya con ira. ¡N o! ¡Eso no puede decirse! ¡Eso no puede creerse! -protestó dólorosamente Nakusi- E l duque no hagbía de ordenar ciertas cosas; ¡es un noble, es un militar, es un héroe! ¡Tararí! -canturreó con impertinencia el periodista- Bueno, quedamos en que no era el duque... pero lo cierto es que han escabechado a ese pobrecillo de Esteban... Y ¿con qué objeto... ¿Qué tiene que ver... Como Nakusi, torvo y crispado, callase, Miraya se golpeó la frente de súbito. ¡A h! ¡Adivino! ¡Para colocar otro cochero en casa del príncipe! Él conde sacudió enérgicamente la cabeza, echando a Miraya una ojeada de arriba abajo, desdeñosa y mofadora; y, remachando el clavo, murmuró: -Cochero que, por más señas, ha entrado en casa del prín cipe a instigación, y por recomendación expresa del Sr. Sebasti Miraya. Si, señor; los tontos podremos decir las tonterías; pero es axiomático que ustedes, los hombres de talento, son quienes las hacen. Sólo por los ojos zainos que tiene, y por aquella cicatriz, no admito yo a semejante cochgro, dándole el puesto de confianza, entregándole la vida de. Su Alteza. ¡Traía tan buenos informes! -alegó Miraya, sobrecogido, a pesar de; sü petulancia y aplomo. -Informes de su destreza... que es consumada... pero no de su pasado, no de su historia, no de la cicatriz que le cruza el rostro... ¿No le ha dicho a usted ese bellaco que no había estado en la guerra nunca? Pues la hizo toda... ¡oiga usteu bien! ¡como espía: y le señalaron en la cara por infamarle, habiéndose librado de ser fusilado gracias a su coraje y a su audacia... En fin, no perdamos tiempo. Vamos los dos en persona, Se coniinitará.
 // Cambio Nodo4-Sevilla