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CUENTOS DE HUMOR EL HABÍA SIDO E N G A Ñ A D O POR SU PROFESOR: DE E S P A Ñ O L en 1910. Bieriot acababa de atravesar en su avión el C a n a l de la M a n cha. Había muerto Eduardo V I I diez o doce! Reyes y cincuenta príncipes, a caballo, siguieron el entierro por las calles de l a ciudad, empapada en Marcha fúnebre de Chopin. H a r r y Lauder cantaba canciones escocesas apoyado en su monstruoso bastón- culebra. T r i u n f a b a n también L i t t l e T i c h y L a Tortajada, Todavía han- som cabs. Todavía sombreros de copa. Cada casa de pensión de los. alrededores del B r i tish M u s e u m tenía un camarero alemán T- ¡luego se supo que era un e s p í a- -y una mesa de comedor que se transformaba en una mesa de billar. E l e g a n c i a el cuello golondrina. L o s pintores de aceras pintaban sobre las losas La Venus del espejo, de Velázquez, cuya autenticidad se discutía entonces... ONDRES L Precisamente acabo de redactar una circular en español, ofreciendo m i importante Casa a todos los comerciantes de su patria. M i r e usted. L a circular terminaba así: Y yo estaría muy feliz de realizar negocios con ese bello país de D o n Quijote. -S a b e usted muy bien nuestro idioma- -l e dije. -i O h n o! Y o he sido engañado. Y o aprendí u n español que no se tiabla en E s paña. E s a circular que usted ha leído no i a entenderá nadie allí. -Y o la entiendo. -E s posible que usted l a comprenda aquí, en Londres. P e r o en España no la entendería usted tampoco. Y o tengo m i experiencia. Algún día le contara a usted. Acabábamos de jugar una partida de b i llar en l a mesa del comedor, transformada. Míster B r o w n llamó al camarero alemán y le d i j o -Whisky. ¿U n whisky o dos whiskies? -preguntó el camarero alemán. -C u a t r o whiskies. Nos sentamos en las butacas de cuero, frente a la chimenea, y míster B r o w n comenzó a h a b l a r -M i querido y viejo joven muchacho: cuando yo tenía dieciséis años soñaba con España. C o n su sol brillante, con su cielo Eramos pocos en el boarding- hvuse. U n a cantante vieja, que daba clases de piano. U n estudiante australiano, que pertenecía en su país a una secta de adamistas y que nos hablaba frecuentemente dé las delicias del surrealismo físico. Míster B r o w n con su casa de exportación e importación en la C i t y Y yo. Míster B r o w n me dijo un día: ¿Usted es españo? -S í señor. -Y o he Vivido en España. E n Sevilla, 1 azul, con sus mujeres. ¿U s t e d ha leído a nuestro gran poeta F r a g s o n? -No, señor. -D i c e L o s que hablan, del amor, los que sufren de amor, no saben l o que es amor si no han visto a m i Paquirita, con su ánfora sobre l a cadera, en la fuente de Córdoba Bonito, ¿verdad? -S í señor. -B i e n U n día pensé: puesto que tú amas a España de esta manera, debes aprender el español. Quizá un día- encuentres a P a quirita- y lo sabrás todo, como lo supo Fragson. Empecé mis lecciones con un profesor inglés que había v i v i d o mucho tiempo en Barcelona P e r o yo no estaba muy seguro de que aquel. profesor fuera suficientemente bueno, y entonces tomé un profesor español. Q u i e r o- -l e dije- -r- que me enseñe usted el mejor español E l me garantizó que su español no era el mejor, sino el único. M e dio lecciones durante diez años, y. entonces, y a seguro de mí mismo, realicé m i soñado viaje, a Sevilla. ¿C ó m o no fué usted a Córdoba? -P o r q u e antes me dirigí al Consulado español en Londres y le pregunté al cónsul dónde encontraría las españolas más bellas. E l me dijo que las encontraría en Sevilla. A n t e este dato oficial, que el cónsul se ofrecía a garantizarme por escrito, y o no pude dudar n i un momento. ¿Y fué una decepción?
 // Cambio Nodo4-Sevilla