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-Sí. Y o no sabía el español. Y o no sabía, el español- que hace falta para vivir en España. Yo leía los periódicos y comprendía todo. Y o leía libros y también comprendía. Y o llegué a entender algunas palabras de los artículos del Sí. Unamuno. Pero yo no sabía el español de vivir Este idioma era otro. ¡Una cosa muy rara! -Y o le explicare a usted perfectamente. E n cuanto llegué a Sevilla pregunté por las mujeres de Sevilla. Llevaba dos días én la ciudad y no había visto ninguna. Cerca de las fuentes públicas había mujeres con las ánforas- en las caretas pero aquellas mujeres no eran, no podían ser, las que garantizaba el cónsul de España en Londres. Entonces el dueño del hotel me dijo: -Las cosas hay que tomarlas con calma én Sevilla. Hágase usted socio de cualquier casino de la calle de las Sierpes. Allí se pone usted- a jugar con tranquilidad a las cartas o. al dominó. Y un camarero, que. se coloca de vigía en la puerta del casino, le avisará a Usted cuando pase por la calle una mujer guapa. Es la costumbre. Míster Brown se hizo socio de un casino de la calle de las Sierpes. Preguntó por el camarero que avisaba a los socios el paso dejas mujeres hermosas y le dijeron: -Aquél es. E l mejor de los de Sevilla para avisar mujeres. Puede usted estar tranquiló. No crea usted que le molestará por cualquier cosa. Realiza un maravilloso trabajo de selección y no se preocupa sino de las imponentes. Míster Brown se pasó un mes en el casino, mañana y tarde, jugando a las cartas y esperando que el camarero de la puerta le avisara alguna vez. Y no le avisaba. Aquel camarero no debía ser tan bueno como decían. O no cumplía con su obligación. E n cambio, de vez en cuando aquel camarero abandonaba la puerta y entraba en el salón rápidamente, el rostro descompuesto, el pelo en desorden. Entonces gritaba: ¡P á j a r o! Y ponía los ojos en blanco. Todos los socios corrían a la puerta; unos, con el taco de billar en la mano; otros, con el naipe; los demás, con un periódico... Todos, menos míster Brown. Un míster Brown indignado. U n míster Brown que no comprendía. aquella desencadenada afición a la ornitología. E l camarero. no era un buen camarero vigía de mujeres hermosas. -Y mi querido y viejo joven mucha- cho- -termino diciendo míster Brown- tuve que salir de Sevilla sin haber sido avisado una sola vez. Sin haber visto ni una sola de las mujeres que me había garantizado el cónsul de España en Londres. Porque, además, me habían ganado todo el dinero jugando a las cartas, y tuve que regresar en un vagón de ferrocarril inmundo. E n Inglaterra, el Gobierno me hubiera prohibido viajar en un vagón como aquel vagón. M i profesor de español me explicó luego que cuando el vigilante de bellezas decía ¡P á j a r o! era que avisaba la llegada de una mujer. Me indigné muchísimo con mi profesor de español, y le dije: Usted es un mal profesor dé español. U n detestable profesor de español. U n podrido profesor de español Ahora ya comprenderá usted por qué dudo del éxito de esta circular que dirijo ét los comerciantes del bello país de Don Quijote. E l relato de aquel hombre, me había conmovido. Hubo un momento de silencio. Míster Brown decidió entonces combatir nuestra melancolía y tocó el timbre. -Whisky- -dijo, cuando llegó el camarero alemán. ¿Un whisky o dos whiskiesf- -preguntó el camarero alemán; -Cuatro whiskies. J. M I Q U E LA R E N A (Dibujo de Lambarri.
 // Cambio Nodo4-Sevilla