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d- ores, y sólo puede darse de una ¿latieraí prestando. (Aludo ai préstamo exterior y a largo plazo, naturalmente. E l préstamo a corto complica las situaciones difíciles, lejos de resolverlas. U n a nación procer tuvo antaño a su cargo esa delicada misión: I n glaterra, qué actuó como banquero del mundo y quebró por exceso en sus concesiones. De 1924 a 1931. Inglaterra realizó emisiones, extranjeras y coloniales por fin total de 819 millones de libras, siendo así que las excedentes de su balanza de cuentas sólo i m portaron en igual período 605; la diferencia pudo cubrirla con los capitales extranjeros depositados a corto plazo en la City. Claro es, cuando un vendaval de alarma indujo a retirarse a los titulares de esos capitales, la City se vio sin fuerzas y rompió el y oíd standard. Entonces pudo haber recogido su cetro el mercado de París. Pero P a r í s no quiso o no pudo. N o cabe decir que no pudiera, porque en París- -esto es, en Francia- -sobra oro, y por tanto sobran medios de pago. Francia no otorgó préstamos privados exteriores a largo plazo en estos años, por miedo, por desconfianza. Reconozcamos ijuc no motivos. E l El dormitorio del suboficial D. Manuel Casáis. El Sr. Casáis se salvó porque en ahorro francés sufrió le. faltan en y después mucho aquellos momentos se hallaba escribiendo en una habitación contigua. El pies de la guerra con ja falencia de aquellos paíde Carabanchel y el secretario efectúan una inspección ocular. Les acompaña el ses a quienes había confiado ingentes s u suboficial citado. Sobre la cama, trozos de metralla y astillas. mas. L a atmósfera internacional es mefítica. Se abusa de las moratorias. Los mismos empréstitos garantidos por la Sociedad de Naciones- -en los cuales ha suscrito Inglaterra 40 millones de libras, y Francia apenas tres- -están amenazados de muerte. (E l húngaro 7 por 100, 1924, emitido en L o n dres a 88, cotizado después a 105, valía ha poco 32 y medio por 100; el austríaco i n El suboficial se- ternacional, emitido en 9.5 por 100, se hace ñor Casáis mues- a 32. y io propio el griego, emitido en 1924 tra al teniente a 83 por 10? E n Nueva Y o r k se hace a 19 o de. 192 S; a D. Miguel Osso- 14 por 100 el búlgaro 7 por i c 6 por 100 de v medio por 100 el griego rio Rivas torni- 1928, y a T I por 100 el búlgaro 7 por 100 llos, tronos de de 1928. Incluso el empréstito Y o u n g retuerca y una tapagistra de cuando en cuando caídas verticales de hierro de nue- y asrudas. A pesar de todo, cuando varios ve centímetros de pueblos sufren hambre y sed de crédito, y diámetro por cin- con su anemia infeccionan el organismo económico mundial, los que rebosan salud co milímetros de están obligados a actuar. Con rapidez y espesor, que for- energía, si han de eludir el contagio. r maban parte de la metralla de la bomba. (Fotos Díaz Casariego. MÁXIMO ABC EN R O MA Las tragedias grotescas tremo, aun acentuado el ritmo de Ja producción, habría podido acentuarse también la velocidad de la circulación, en vez de deprimirla, que es lo ocurrido. Aumentaron lo; billetes, porque se a d q u i r i ó o r o y se enajenaron divisas. Ese oro proviene de países en que servía de base a una cantidad triple de medios de pago, y al entrar en Francia, sin necesidad, dejó de prestar, un servicio esencial para- el que falta instrumento sucedáneo. E n Francia, por de pronto, ha creado ur. volumen de medios de pago p u c h o más reducido: equivalente, como máximo, al del oro. Y para mayor mal. esos medios de pago se han confinado, en el interior de Francia, sin fecundar campos extraños. P a r a aue el oro así importado no se esterilizase habría sido menester: a) que finalizase un volumen de medios (le pago muy superior- -cuando menos un triplo, b) que estos medios de pago, en la porción no reclamada por la propia economía interior, fertilizase en forma de préstamos a largo plazo otras economías deudoras. E l dinero no confiere sólo prerrogativas; también deberes. A este efecto, da lo mismo que su titujar sea un individuo o una nación. Para las naciones gran capitalistas existen también normas éticas severas, que les conviene acatar, no ya por amor al p r ó jimo, lo que sería fuerte estímulo, sino i n cluso en provecho propio. Mussy, consejero federal suizo de Hacienda, proclamaba hace unas semanas la necesidad perentoria de que Suiza exporte capitales ante la imposibilidad de invertir en su territorio los 40.0 C 0 millones de francos suizos a que asciende la fortuna nacional. P a r a compensar- -decía- -nuestro déficit- -500 millones en 193.1- -necesitamos aumentar en 400 ó 500 los rendimientos de nuestros empréstitos extranjeros Palabras clarividentes que evitarían la esterilización áurea si fuesen seguidas. L a esterilización, pues, se produce en una de estas formas: a) restringiendo sin motivo la creación de medios de pago o de crédito a que da derecho la reserva amarilla retenida en el Banco emisor; 6) tesaurizando esos medios de pago, sin aplicarlos a s necesidades crediticias propias o de otros países. E n el caso francés se dan parcialmente ambas circunstancias. E n cierto modo, lo dijo hace unos meses, en documento famoso, sir Henry Strakosh, y las respuestas de Rist y Moreau, ex gobernador del Banco de Francia, no me convencieron entonces ni ahora. Hay que rectificar la distribución del oro. Pero, ¿cómo? A r d u o interrogante. N o nos atrevemos a contestar. Pero sí a indicar que el paso previo incumbe a los países acreeSe ha suspendido, hasta nuevo señalamiento, el más interesante proceso de este ano. Aquel que- sería epílogo de la trágica aventura del caballero Fernando Mazzari. Drama bufo, como los que tantas veces se nos ch- ecieron en la escena para hacernos reír, porque nunca pudimos imaginarnos que llegaran hombres a s u f r i r c o n las mismas disparatadas angustias de los personajes ni menos a ú n fieras disfrazadas con hábitos ciudadanos, capaces de hacer objeto de lucro y mercadería el ajeno afán de morir. Fernando Mazzari era doctor en Química por estudios y malaventurado por nacimiento. N o encontraba trabajo en- las empresas de los otros, y le fracasaban aquellas que él mismo intentara. L a penuria es la espada de fuego del ángel que guarda las- puertas del paraíso, en la tierra; nadie puede pasar si la espada lo hiere; fué desgraciado en su matrimonio como en sus negocios: pero si ele, éstos no le quedaba- otra cosa que la amargura del fracaso, aquél le dejó la agridulce inquietud de un hijo; consuelo de las angustias de hoy, y angustia él mismo al mirar hacia- el mañana. ¡E n uno de sus momentos m á s desesperanzados, cuando sólo ve en l a muerte el remedio de los propios males sin aumentar los de aquellos que nada p o d r í a n recibir de
 // Cambio Nodo4-Sevilla