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Información reportajes. Fontilles y s u médico. D e u n a pequeña tragrédia p r o v i n c i a n a a H Una vista de la leprosería Esto era una bella región levantina, donde el azul de su mar y el rojo de su sol reflejan cada día irisaciones nuevas de v a riado color en las agrestes laderas de sus montañas. Aquí y allá un risueño y escondido rincón. U n a fuente de agua cristalina, sembrando el valle de perlas, transmite al caminante su dulce melodía, que nos recrea a todos después cuando hemos leído con emoción ciertos pasajes de Las cerezas del cementerio o El abuelo del Rey. Este rincón, del que ahora escribimos, por la frescura y hermosura de sus fuentes, lo conocieron siempre por Fontilles. Pero a esa dulce tierra, como manchándola en su dulzura, la corroe en pueblos y caseríos un nial secular: la lepra. E n muchos de sus lugares, separada, en las afueras, abandonada y temida de todos, hay una casona desvencijada, hogar del horror a la que nadie se aproxima. E l pan a sus moradores se arroja de lejos, como se lanza una piedra, y silenciosa la tragedia se renueva por ¡generaciones en familias enteras, que, con el humor de sus llagas, rezuman a la vez odios. al prójimo, que así les reduce y abandona. U n día, un apóstol- ¡un jesuíta, señores sectarios! -dio en la loca rareza de recorrer de Fontilles. Foto Laporta. de lo eterno, por la sensación de lo divino, que eleva y nos aleja de las amarguras y tristezas de egte valle de lágrimas. albergue por albergue lavando las úlceras pestilentes de aquellos miserables y enjugando con ternuras sus odios. A l conjuro de sus palabras de caridad, los ricos todos de aquella comarca vertían sus bolsas, y en muy pocos años surgía en Fontilles la m á s estupenda maravilla que vieron los hombres. Dijérase que no era aquello un asilo de horribles apestados, sino un paraíso de seres felices, a quienes por avivar y ennoblecer los sentimientos del espíritu hacíase esfumar- en el olvido el lastre lastimoso de sus cuerpos, Mas la obra del padre Ferris, poco o muy imperfecta hubiera sido sin la tenaz cooperación de un joyen médico, soñador, sempiterno optimista, amigo de todos, carácter dé. ángel y alma de héroe. De ese heroísmo anónimo que nunca d i c de ello y se derrama y se prodiga en el ambiente como el. sol. S i las penas mitigadas, si las amarguras endulzadas por él nos hablaran, ¡cuánto de nuestro hombre nos dijeran... A l eco de su fama acudían allí celebridades médicas de todo el mundo, que. i m Naturaleza tai, espíritu denodado, no hubo presionados por lo que sus ojos veían, esen él acción ni pensamiento que tío señacribían como un doctor argentino a l direclara hacia Fontilles. Silenciosamente, v muy tor: Cuanto habéis logrado sobrepasa cuanen especial en los años de agobios, una to también con los sentimientos naturales gran parte de sus ingresos corrían sin cede la humana filantropía, con la ciencia y sar hasta la caja de Fontilles; lejos, de con el dinero pudiéramos lograr. A l v i- llena, exhausta. Pudo muy bien ser rico, y sitar Fontilles he presenciado un milagro, lo fueran los suyos, de no haberle avasarenovado día tras día, de nuestra divina rellado ese sentimiento de caridad y filantroligión pía, que tanto ennoblece a los médicos, y de haber sentido como otros- -un poco nada Y era verdad. Entre las fuentes cristalimás- -ese profesionalismo industrializado que nas de Fontilles, como nuevo Moisés, el con harta frecuencia prostituye hoy el padre Ferris hizo brotar otra, cuya agua oficio. apagaba esa sed, esa ansia sobrehumana que sienten nuestras almas por la naturaleza Pero sin acaparar riquezas materiales,