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¡he recivido su apreciable su fha. 2 del c o r r y enterado de su contenido doy a V S. m u chas gracias p los buenos consejos que me da en ella, nunca esperaba yo cosa en contra de cuanto V S. me faborece, q no lo olvidaré nunca. Sor. Conde: aquí anda muy valido q el Sor. Intenden es mandado llamar a M a d r i d p ser Gobernador del Consejo, si esto se verifica nos quedamos aqui sin apoyo ninguno, p n i savemos quien quedara interino, n i quien le subcederá. Se lo participo a V S. p si fuese cierto, p le sirva a V S. de govierno. Remito a V S. las adjuntas notas, una de la L a p i d a de jaspe blanco q se ha puesto s l a Puerta P r a l de la Plaza, de i yí v de alto y i de ancho; con 4 rosas doradas en los estreñios o esquinas; y la otra de los pretendientes a ser Alumnos en la Escuela, luego q se de principio, daré a V S, aviso cíe los q han quedado y ser sobresalientes; E s cuanto tengo que participar a V S. y en el ínterin puede mandar a este su atento y reconocido como seguro servidor Q B L M ¡de V S. -Pedro Romero. te r e e te a s r a e re a e e L a lista de aspirantes a eme alude es la s i guiente. J u a n Manzano, de edad de dieciocho a ñ o s A n t o n i o Gómez, de ídem; A n t o n i o P a r r a de veinte; Manuel Guzmán, de dieciocho Francisco Rodríguez, de veinte; A n tonio Belo, de quince; Francisco José Bustamante Romero, de catorce; Francisco A r j o n a H e r r e r a de trece; Francisco de Montes, p acabarse de perfeccionar p matar; José denlos Santos (a) Pepillo, p lo mismo. L a inscripción contenida en la plancha de mármol, que se colocó en el frontispicio, dice a s í Reinando el señor don Fermando V I I Pió, feliz restaurador, se construyó esta plaza para la enseñanza preservadora de la escuela de Tauromaquia, siendo juez privativo y protector de ella el asistente don Jesé M a nuel A r j o n a y diputados encargados para l a ejecución de la obra don Francisco M a r tínez, veinticuatro; don Manuel Francisco a a a Z i g u r i diputado del Común, y don Juan N e pomuceno Fernández y Roces, jurado. A n o de 1830. Cuando fué suprimida la Escuela a r r a n caron la lápida, que seguramente arrumbaron como cosa inútil, y habría desaparecido si después, alguien que ignoro quién fuese, no l a hubiera recogido medio destruida y entregado en el Museo Arqueológico provincial, donde actualmente existe. También es digna de mencionarse una anécdota alusiva a tan original texto conmemorativo, que escuché de labios de mi queridísimo amigo el insigne polígrafo don Francisco Rodríguez Marín, que a su vez la oyó referir a su maestro y paisano- -pues ambos nacieron en Osuna- -el sacerdote don A n t o n i o Ga. rcía Blanco, sabio orientalista y catedrático de lengua hebrea en la U n i versidad Central, fallecido allá por el año de 1887. E n la época de que me vengo ocupando era cura párroco de Valdelarco, pero residía accidentalmente en Sevilla, haciendo la preparación para oposiciones a curatos de más categoría. E r a adversario decidido de las corridas de toros y, además, enemigo irreconciliable del asistente A r j o n a a pesar de profesar amistad entrañable a su hermano don Manuel A r j o n a canónigo penitenciario de Córdoba, gran humanista y poeta de los mejores. L a odiosidad que le inspiraba el intendente nacía de diferencias políticas, que en aquellos tiempos dividían y empozoñaban más que las personales. P e r tenecía García Blanco a una generación que consagraba a la libertad fervoroso culto y que todo lo sacrificaba en holocausto del ideal. Su padre había representado a S e v i lla en las Cortes de 1820, y al convocarse elecciones en 1836. como consecuencia de los graves sucesos de L a G r a n j a resolvieron volver a elegirle, pero como su precario estado de salud, que l o tenía casi postrado, le impidiera aceptar tan honrosa distinción, proclamaron a su hijo, que salió vic- torioso en la contienda. S u conducta en el Parlamento fué austera y ejemplar. P e r m a neció independiente defendiendo su honrado liberalismo, y cuando se designó l a Regencia, fiel a sus convicciones, fué uno de los cinco que votaron contra María Cristina. E n cambio A r j o n a si no había sido tertulio cotidiano de Id camarilla, porque C h a morro, Ugarte y Álagón le habían tenido siempre a raya, anduvo constantemente en sus aledaños, naciendo alarde de manso servilismo. Pero lo que excitaba más el aborrecimiento con que lo distinguía García B l a n co, era recordar que allá por el año 1816 había instruido como alcalde de casa y Corte el proceso que por conspirador se siguiera contra Richart, aplicando el tormento a Yandiola en virtud de mandato reservado del Rey. Relataba don A n t o n i o que l a plaza destinada a la enseñanza, taurina tenía dos puertas, y encima de cada una de ellas fijaron una lápida con inscripciones iguales, pero en distintos idiomas: latín y castellano. L a latina, que por cierto no se sabe su paradero, se encabezaba; coii las palabras: F e r d i nando VII- Pío- Felici- Restauratori y al contemplarla, como fuera acompañado de v a rios amigos, volviéndose hacia ellos, exclam ó E s t e A r j o n a es incorregible; su afición toca en fanatismo, pues en un sólo vocablo habla tres veces de toros. M i r a d dice Res, T a u r a y T o r i Podría copiar frases más chistosas y d i vertidas que sobre la Escuela escribió en su ingenioso y curiosísimo libro titulado Resumen de un siglo, que no pudo terminar porque la muerte le sorprendió antes de mediar su tarea, pero me veda hacerlo el temor de darle mucha extensión a m i trabajo y aburrir a los que no sienten gran entusiasmo por los, asuntos taurinos. NATALIO RIVAS JERÓNIMO JOSÉ C A N D I D O A L H A C E S U N Q U I T E (D E U N A E S T A M P A D E L A ÉPOCA)
 // Cambio Nodo4-Sevilla