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E S T E L E C T O R T I E N E E N S U M A N O U N MINÚSCULO PERIÓDICOS ILUSTRADOS. EJEMPLAR ASI D E LA PRIMITIVA G A C E T A LA COMPARACIÓN. JUNTO A UNO DE LOS MODERNOS APARECE CLARA (FOTOS VIDAL) el 30 de abril de 1627. D e l mismo modo, a partir de 1621, publicaba algunas veces mapas y planos, así como reproducciones de páginas musicales. E n el momento actual puede parecer u n sueño lá pujante vitalidad del modesto embrión. El periodismo no era entonces negocio. Pese a sus desvelos y a su fértil inventiva, el honrado editor no consiguió enriquecerse. Sus contemporáneos no supieron premiar como correspondía la perseverancia de l a empresa realizada con tanto desprendimiento, pues el número de la Gaceta se vendía a dos sueldos, equivalentes a unos diez céntimos de nuestra moneda. Y no es que él no ¡o comprendiera así, ya que, cuando la ocasión se mostraba, propicia, lo manifestaba en lenguaje claro a sus lectores. E n uno de los números: d é 1609, en el que se relataban con giran prolijidad los festejos celebrados en Amberes, con motivo de la tregua de los doce años, al final de una información, como ahora diríamos, agregaba la siguiente nota, encarándose con su público: M e parece que por dos sueldos y a tenéis bastante. N o os quejéis. Y efectivamente, lo que tuvo su origen en la estrechez acabó en la más espantosa ruina. Verhoeven agotó sus recursos; sus bienes fueron embargados y l a Gaceta, vendida judicialmente en 1637, pasó a manos del impresor Guillermo Verdussen, del que tan hermosas obras, espléndidamente editadas en castellano, han llegado hasta nosotros, para gloria de los escritores españoles y honra de la imprenta de entonces. E s t o ocurría seis años después de la apa rición de la Gaceta francesa de Teofrasto Renaudot, quien, con posterioridad, había de morir también en l a miseria. E s necesario reconocer que el periodismo no era entonces una ocupación muy l u crativa, y que las contadas personas que a él se consagraban tenían vocación de héroes o hacían gala de una abnegación á toda prueba. A fuerza de cuántas amarguras, de cuántos estériles tanteos y de cuantas renunciaciones ignoradas se ha ido labrando esta profesión, que no tiene otra finalidad que l a de desvivirse a toda hora y en toda circunstancia para saciar la inextinguible y muy justa curiosidad del público. Este suele ver so amente, y hasta envidiar también, el falro relumbrón exterior, que. no es sino el reflejo momentáneo de un espejismo, al acudir el profesional, por obligación forzosa, a los lugares que son los focos mismos en que brota la luz, que h a de i r señalando los caminos de la vida en sus diferentes planos. A l cronista encargado de l a sección de teatros en un periódico madrileño, y que, además de espíritu bondadosísimo, poseía- -o mejor dicho, posee- -atrayente ingenio y singular donaire, solían decirle sus camaradas, encubriendo con l a chanza l a mal desimulada envidieja, que el m u n d o- -el mundillo de los bastidores, desde luego- -era para él, y. por consiguiente, l a parte más agradable del negocio E l interpelado, que al cabo de los años estaba y a de teatros y de estrenos hasta l a coronilla, con su gracejo peculiar, atajaba rápido, y casi invariablemente replicaba: -P u e s sí que estáis frescos; esto de los teatros es verdaderamente una delicia. Y a lo v e i s anoche, un estreno; hoy, otro, y mañana, también. Buenos o malos; quiera o no quiera; aunque me duelan las muelas o esté citado con los amigos, o me apetezca quedarme en casa, no tengo otro remedio que asistir a todos, y además. reseñarlos. S i n contar, cuando hay dos eú un mismo día, ó cuando llega el Sábado de G l o r i a o la. tarde, de Nochebuena, en que parece que los autores se desatan. E s lo mismo- -solía añadir- -que el viajero ingenuo, o el veraneante, ingenuo también, que envidia al revisor o al bañero; a éste, porque disfruta del mar, y a aquél, porque viaja, sin fijarse en que él uno se pasa la vida en el agua y que el otro no sale del tren en todo el año, haciendo siempre el mismo recorrido. ¡Qué mal se juzga lo que no se conoce! Cierto, es que casi siempre el periodista- -muchas veces mal de su grado- -figura en sitio visible junto a los actores; pero no como actor, precisamente, aunque se encuentre en el escenario, sino a requerimiento de aquéllos y sor estímulos de notoriedad, para dar noticia de los menores gestos, P e r o j a y de él si no destaca lo minúsculo o si, por. exceso de fidelidad, no acierta a disimular los defectos o descubre algún misterio de la tramoya I A s í y todo, cuando no es necesaria su actuación, se finge no advertir... y a otra cosa. A. RAMÍREZ T O M E
 // Cambio Nodo4-Sevilla