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convertibles en oro, l a reserva no tiene hada pif ver con los billetes, y si tan sólo con ios pagos exteriores, que, en definitiva, d i snanan del saldo adverso con que se liquide aquella balanza. Optamos, desde luego, por el rapport. L a reserva oro es insubstituible, incluso desde un punto de vista psicológico. Debe mermarse lo m á s posible. Pero suprimiéndola i complicaría la situación, lejos de despejarla. L o que importa es internacionalizar el sistema; esto es, fundarlo en la coordinación de los principales Bancos de emisión. Sólo por medida general podría reducirse e l m í n i m o legal de las. reservas. A v a n zando un paso m á s sería posible también restablecer un gold exchange standard circunspecto, para uso de países pobres, y en conexión estrecha con el B R. I. E l rapport sugiere que tales países depositasen en el Banco de Basilea sus haberes oro, que las divisas extranjeras de cobertura fueran objeto de cuidada selección y, en fin, que las pérdidas- -si las hubiere- -se- prorrateasen entre todos los asociados. Pero al reducirse el porcentaje de oro e n t r a r í a n en escena otros elementos ele v a l o r a c i ó n del billete. U n o de ellos debiera ser la plata. N o dice nada sobre el particular la delegación de Ginebra, estrictamente atenida, por lo visto, al mandato recibido, que se refería al oro. Y sin embargo, la plata tendrá que jugar en el futuro Estatuto monetario mundial. Porcme de su beligerancia depende la capacidad de consumo de muchos pueblos. L a delegación enumera diligentemente, en cambio, todos los factores de saneamiento político y económico precios. Aduanas, préstamos. Creemos, desde luearo, en el patrón oro, y la vuelta a la normalidad se señalará ñor su reaparición semitriunfal. (Cuando algunos comentaristas destacan con cierto alborozo la quiebra casi universal del sistema, no tie- nen en cuenta que es fenómeno reflejo y, desde luego, lamentable: esta espantosa crisis en que la Humanidad se agita, convulsa, tiene múltiples exteriorizaciones, una de ellas la monetaria. Así, pues, o el mundo sucumbe en la crisis, o el patrón oro reaparece. Probablemente lo analizará a la luz de su reciente experiencia la p r ó x i m a Conferencia de Londres, cuyo programa se acaba de acordar en Lausana, y demanda, desde luego, un estudio del problema monetario y del crediticio. Entre la de G e n o v a- -I Q 2 2- -y la de Londres- -IQ 32- -median diez años de tanteos y ensayos, que a todos servirán de enseñanza. A h o r a se t r a z a r á n seguramente normas coordinadas y uniformes, poniéndose t é r m i n o a la anarquía casuística que imperó en el último decenio. Y además, se desarm a r á el tinglado ortopédico de aranceles y contingentes que todavía se está tramando. E l convenio de Ouchy, entre Bélgica, H o landa y Luxemburgo, es un magnífico precedente. (Deflación de los derechos aduaneros a razón de un 1 0 por 1 0 0 anual, hasta llegar al 5 0 por 1 0 0 L a terapéutica que se propone para los países danubianos descansa en la misma receta, aunque designios políticos estorben de raíz el austroalemán. (E l préstamo de 3 0 0 millones de shillings a Austria se ha otorgado por plazo de veinte años, para alejar durante todo ese tiempo los conatos austroalcmanes. Pero eso no basta. Si no se restaura el libre comercio de mercancías y de divisas, nada se conseguirá. Y ello exige por primera providencia -y volvemos al punto neurálgico de esta serie de artículos- -que los países acaparadores de oro pongan su capital al servicio de los países faltos de recursos. 1 la enfermedad de los que de ellas esperasen salud N o tanto, no tanto, nos permitimos suponer. Y como cierre a esta serie de artículos, consignaremos una idea, otro huuvc; de Colón, que no hemos visto en la literatura monetaria, dicho sea sin jactancia, y que acaso garantizase en lo sucesivo el patrón oro- -a salvo siempre, claro es, las contingencias catastróficas y anormales- H a s ta ahora sólo se ha hablado de la cobertura metálica mínima. Y nosotros pensamos que se debe hablar también de l a máxima. P a r timos del supuesto de que se restaure o r g á nicamente el patrón oro en la mayor parte de las naciones, como acaba de patrocinar en nota sensacionau el B R. L de que se acomode a reglas uniformes, de que coordine en su vigor a los respectivos Bancos de emisión y de que lo regule y modere un instrumento internacional, que podría ser ese mismo B R I. Pues bien: dadas esas condiciones, cada Estado adherido deberá poseer un mínimo oro X podrá elevarlo, en función de sus superávits en la balanza de cuentas, hasta un máximo X, y no deberá, rebasar jamás este máximo. S i su balanza liquida con superávits consecutivos, el B a n co de emisión, una vez cubierto ese mínimo, constituirá haberes en divisas de los países deudores. Estos haberes se m a n t e n d r á n siempre por bajo del limite de emisión que a cada uno asigne el B R. I. De este modo, el oro se distribuirá con regularidad, los acaparamientos resultarán imposibles, no se provocarán huidas indebidas de capitales y se vivirá una atmósfera internacional de interdependencia estrecha y de confianza absoluta. H e aquí cómo y por qué damos al aspecto metálicoaurííero una trascendencia fulminante en el problema monetario. E l cual, sin embargo, no se resolverá si, al propio tiempo, no renacen la confianza económica y política, hoy eclipsadas. MÁXIMO N o se oculta a nadie la enorme dificultad del intento. Caillaux la perfila en su característica crudeza de estilo: una, dos, diez transfusiones de oro- -dice- -sólo servirán para arruinar la salud de aquellos que tengan la debilidad de consentirlas, y agravar Fiestas en T ri a na SEVILLA. -El popular barrio de Triaría está ahora en fiestas. En la calle Betis se ha levantado un magnífico arreo, y entre los mimeros del programa figuran las consabidas cucañas. He aquí un grupo de los jóvenes que participaron en ellas, dispuestos para una de las pruebas. (Foto Serrano.
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