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ñutirlo. Francia, pese a sus estrechas relaciones cmematográñcas con América, no ha perdido nada de su carácter. L o s rasgos tie su fisonomía espiritual parecen inaltéra. bles. E s el mismo pueblo de siempre; inteligente, laborioso, ahorrador, un poco avaro, de grandes ambiciones expansivas y de un patriotismo sin eclipses. Su cultura debe poco o nada a las ideas dominantes en un país en el que el dinero usurpa los derechos de la filosofía. ¿Por qué se envanecen, pues, los yanquis de haber modificado el ritmo intelectual de E u r o p a De España no hablemos. A nosotros no nos saca nadie de nuestro molde temperamental. Somos a f r i canos, con unas gotas de sangre latina y celta, y como africanos procedemos en todas las circunstancias. Pero, en fin, dejo a un lado ese orden de consideraciones y reanudo el tema. ¿Sería viable en España la constitución de un fuerte grupo que monopolizase la producción cinematográfica? ¿Habría en el mercado dinero para esa empresa y podría disponer ésta de los coadyuvantes técnicos oportunos? A primera vista parece que ese vasto plan no debe encontrar obstáculos. H a l a g a el amor propio nacional poniéndonos al nivel de otros países productores y deja entrever perspectivas económicas d i latadas. Pero, hablando de esto con personas expertas, se les encuentra menos optimistas. S i n tener el proyecto por desatinado, no se atreven a considerarlo certero. Dicen, o piensan, mejor dicho, que un i n tento de monopolio en l a cinematografía obligaría a una movilización de capitales desproporcionada- con la capacidad económica de nuestro mercado. N o creen que haya dinero para eso. Su razonamiento es éste: L o s americanos, para sacarle al capital empleado en la cinematografía un buen interés, han necesitado invadir otros países, algunos de los cuales, como Francia y Alemania, empiezan a reaccionar contra aquel conato de absorción. Si se viesen encerrados dentro de sus fronteras, aun siendo la confederación americana muy vasta, no harían sino un negocio modesto. A h o r a mismo ha bastado que Francia y Alemania se les- resistan, oponiendo la producción nacional a la exótica, para que los valores de las grandes empresas americanas sufran una seria depreciación. Viniendo al caso de España. ¿Podría un grupo que arriesgase 25 millones de pesetas en esa industria lograr para el papel emitido un interés del c por 100, que es en estos tiempos razonable? Opinan los expertos que si la Empresa se confinase dentro del territorio se arruinaría por insuficiencia del mercado. Aunque el Gobierno favoreciese el intento gravando fuertemente la producción extranjera, esa medida seria un paliativo que retrasaría el agotamiento del capital, pero no una garantía de éxito. P a r a ganar dinero en esa industria, como en la mayoría, es indispensable salir al exterior, cosa irrealizable o temeraria, si no se ha llegado a la perfección de la obra que se pretende imponer en otros mercados. Y o he hecho una objeción a esos expertos. ¿N o podríamos entendernos con la América española, recabando de sus Gobiernos, a cambio de otras concesiones de nuestra parte, un régimen de privilegio? L a pregunta hizo sonreír? aquellos amigos. ¿Régimen de privilegio en América? Eso es soñar. Allí se tiene por nosotros una indestructible simpatía filial, pero inoperante en el mundo de los intereses. ¡Buenas se pondrían Francia y la República norteamericana si en la industria c i nematográfica se le diese a España un trato de favor... A pesar de la noticia de Comedia, esas reflexiones de personas expertas rae han contagiado su pesimismo. N o creo, pues, que en Barcelona haya los millones supuestos para crear la cinematografía nacional. MANUEL BUENC LA MODA EN EL CINE -Martas y tisú, combinados- -toda la gama amarilla, del oro al ocre- forman el espléndido vestido de capa que luce Adrianne Alien en Nos vamos al infierno alegremente al lado de Sylvia Sidney y Fredic March, protagonistas de la película. (Foto Vidal.