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DIARIO DO. 10 ILUSTRAV IGENUMERO FUNDADO E L i. DE UNlO DE 1905 P O R D T O R C U A T O LUCA DIARIO DO. 10 DE ILUSTRAVIGE- AÑO AÑO S 1 MOCTAVÓ CTS; SiM. OCTAVO CTS. TENA NUMERO E L NIÑO E N L A POLÍTICA MUERTE Y VIDA E l A y u n t a m i e n t o de B a r c e l o n a q u i e r e v e l a r p o r sus escuelas. (Polémica entre Andrés Gide y los a m i g o s de M a u r i c i o B a rras. MUY MODERNO... MUY ANTIGUO Y Quizá sea la- infancia la única época de la vida en la que el ser humano siente, sin reservas, la fraternidad en relación con sus semejantes. E l niño suele abandonarse, sin prevenciones, a la corriente de sus simpatías. Busca la compañía de sus iguales en edad y los asocia a sus recreos. Es sencillo y si da muestras de algún agoísmo, rara vez se lo hace sentir a sus enmaradas. L o guarda para sus padres, que son los que le minian y se lo consienten todo. Con sus amiguitos, sobre todo si son de sus gustos, convive afectuosamente. Es porque no lia contraído todavía el prejuicio de clase, punto de parada de tantas injusticias. Ese sentimiento se manifiesta más tarde cuando el niño abandona las flores de la inocencia por los frutos de la razón. A l adquirir eso que llamamos comúnmente sentido práctico, el niño pierde todos los encantos de ía inocencia. Y los padres, seguros de- que el niño ha ganado con el cambio, aplauden sus primeros rasgos de orgullo, corno si fuesen la afirmación de su personalidad. Pero suele ocurrir, también que la infancia, insensible a los ejemplos de- la vanidad de! Jos mayores, persevere largo tiempo y a veces indefinidamente, en la adorable sencillez primitiva y que se produzca, de adulto, tan fraternalmente como eíi sus primeros años cen el camarada de sus expansiones pueriles. Toda la pedagogía debiera estar orientada hacia la prolongación de la fraternidad. Jesús, al exhortarnos con su dulce palabra, no quiso decir otra cosa. Pero el Ayuntamiento de Barcelona no lo ha entendido asi. E n unos carteles con dibujos alegóricos, que. todo el mundo puede ver en las calles de la espléndida urbe catalana, se dice lo siguiente: Ciudadano: cuando veas un niño con el brazal de las escuelas municipales, protégele L o cual, interpretado a derechas, equivale a dividir la infancia en dos castas: la que frecuenta las escuelas municipales, fuertemente saturada de espíritu catalanista, v la otra que se educa fuera de esa i n fluencia local. Y o encuentro esa distinción un poco cruel. Si el ciudadano no protege más que a unos niños, los que se han sometido a la pedagogía municipal, ¿cuál va a ser el destino d e j o s otros? Esa. separación en castas, más arbitraria todavía que la establecida por preocupación de abolen- go, es francamente inhumana. ¡Y aún sé pretende otorgar a esta región la independencia docente que desarraigue nuestro idioma y con él toda semilla nacional! N o lo comprendo. Pero. ¿no les basta a estos señores con que se les deje en libertad de operar en oíros campos? Bien esté el que. se adquiera en siete millones de pesetas, la colección Plandiura. ofrecida años atrás, según se rumorea públicamente. en cuatro, pero ¿por qué no se (lc; íi en paz a los n i- ños? ¿E s que también van a especular estas gentes con el niño, Inoculando el virus separatista en el alma infantil... MANUEL RUÉNSS S i yo fuera francés sería en esta polémica uno de los defensores de Barres; pero, ert vez de negar la acusación de Gide, le d i ría, con el portugués: -V u e s t r a excelencia tiene razón, pero tiene poca y la poca que tiene no vale nada. Porque me parece indiscutible que habíaen Barres una naturaleza voluptuosa, que muchas veces hubiera deseado dedicar e! magnífico barroquismo de su prosa, como el D Ánnunzio de la época primera, a la alabanza de todos los placeres y a un sueño supremo, de disolución y de Nirvana, que no a cantar el sacrificio austero de la carne en los altares de la patria francesa. No lo hacía, sin embargo. Fueren cuales fueren sus arrobos, revelados aquí v allá en algunos pasajes de sus obras, no cabe duda- de que en su labor diaria Barres sacrificaba la voluptuosidad al patriotismo. P o r eso fué el escritor nacional de l a tierra y: sus muertos Esta es precisamente la acusación de Gide: no haber sido sincero consigo inicuo. Pero ésa es también la apología de Barres, Vuestra excelencia tiene razón. Pero es oue ese sueño asiático de disolución y de Nirvana no era exclusivo de Barres. L o llevan dentro muchas naturalezas generosas. Más o menos contenido, todas las- humanas. Nuestros seres no están hechos meramentede vida y de anhelos de vida, sino de muerte y de anhelos de muerte. E l demonio no persigue otro propósito que el de acabar con el género humano para- que se frustre su destino de. gloria. P o r eso exclama M e íislófeles. i U n diario bonaerense asegura que el 0 de agosto S o l i v i a declarará ía guerra a l P a r a g u a y Las mujeres paraguayas c- l recen sus alhajas p a r a los gastos de guerra. A cuántos Pero siempre, b r o t a y fluye, sangre nueva a b r í la fosa! a p e s a r mío, e n a n c h o río. y vigorosa. Por el. pecado entró la muerte al mundo y detrás de los velos de los placeres viciosos es ella siempre la que nos está llamando. Las naturalezas groseras se figuran que los placeres exaltan la vida, ñero Barres y Gide saben muy bien, en cambio, que Venus no es sino el traje de. la Parca, y que el placer se queda a mitad de camino cuando aún no hace entrever la sombra de; la muerte. Barres lo sabía. E l autor De Id sangre de la voluptuosidad y de la muerte, tenía que saberlo. E n esto tiene razón Gide. Pero con ese sueño suyo voluptuoso convivía un anhelo de vida, de inmortalidad, de sobrevivencia, que le convirtió, bajo los ojos de los bárbaros en exaltador del patriotismo nacional. Y todos los días se sobreponía a la tentación, para- sacar dél- fondo de su alma un poco de virtud antigua que ofrecer a su Patria. Barres inmolaba su naturaleza nirvánica a la vida de Francia. Esto es lo que F r a n cia tiene que agradecerle. Y por eso no vale riada- la pijea razón que tiene el señor Gide, hombre que dedica sus talentos a la alabanza de la disolución. Los disolutos se lo tendrán en cuenta. Pero ni su Patria ni la Humanidad podrán agradecérselo. l Bolivia y Paraguay van a enzarzarse en una guerra que pudiera encender a muchas otras Repúblicas hispanoamericanas. E n la espera angustiosa las mujeres paraguayas ofrecen sus joyas para contribuir al bélico dispendio. E l gesto, le beau geste, pase por esta vez el galicismo, no puede ser más femenino. Ellas, como siempre, acá. y allá y en todo el mundo, dan cuanto tienen y son maestras de generosidad, de ternura, de abnegación y de heroísmo. L a s ricas -se desprenderán de sus alhajas; las pobres, enamoradas, irán como rabonas y soldaderas tras el hombre, y unas y otras acallarán piadosas los ayes quejumbrosos y restañarán la sangre de las heridas en los hospitales de la Cruz Roja. N o discutirán, no opinarán; sentirán y se portarán como mujeres, enardecido y exacerbado en el peligro su amor a la Patria. Este resurgimiento del eterno femenino es un signo del porvenir. Agotada por cans a n c i o y error de la Gran Guerra la cultura exclusivamente masculina, demasiado materia y racionalista, resurge la mujer, más espiritual, y por eso más ligada que el hombre a las fuerzas elementales y más sensible ante los misterios inmediatos de la vida cósmica: pero no ya emancipándose según el sueño de las varonas sufragistas, tan hombres como el hombre, a quien pretenden suplantar en sus actividades con un sentido antijerárquico e igualitario absolutamente opuesto a la naturaleza femenina: sino afirmándose en su calidad de- mujer- -t a l es el feminismo verdadero- que no siendo ya esclava del hombre tampoco pretende esclavizarle, sino ayudarle, colabora dora y compañera, con su gestión de hembra, con sus atributos. naturales, n i supcr or ni inferior al varón, pero tampoco igual a él, sino distinta y útil- por el santo y precioso privilegio de su diferencia. Sólo así podrá ella asumir su representación más genuina. su papel importante y significativo V i el indispensable e indudable despertar religioso del futuro. Sólo así volverán a ser las mujeres como las portadoras de aromas del Evangelio, salvadoras de una Humanidad, tan poco humana por serlo demasiado, que ya no quiere moverse por resortes morales ni tiene ninguna angustia espiritual. Decíamos que la actitud de las desprendidas; paraguayas era- muy moderna... y muy antigua; pero aún más modernas- ¡modernísimas! -pudieran ser, si se decidieran a ser todavía más antiguas, e. imitando a las mujeres griegas de la Lysistrata de Aristófanes esquivaran el amor de los guerreros hasta que éstos no cambiaran la espada dé Ares por las flechas de E r o s i Así, acaso, no se encendiera la guerra en Hispanoamérica, viejo e inútil pleito de los hermanos, pocos y pobres, codiciosos de una tierra que no íes hace falta ni para vivir ni para morir. FELIPE SASSONE ¡RAMIRO D E MAEZTU