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tervcnido muchos burros, pero el cemento es la cifra de nuestra época. -i Y cuál es la genealogía de la E n c á u s tica r ¿Qaiéa h tiiO aquí de e ¡so ames que nadie? -L a genealogía de la Encáustica és casi mírica y está muy mezclada al magismo. Y o creo que uno de los secretos de las pinturas de la Puerta de O r o de Constantinopla estaba en la brea; pero esto es muy largo... Bueno, el primero que habla de la E n c á u s tica en E s p a ñ a es un vasco, el Caballero Guevara, mayordomo de casa y boca de Carlos V lector de Plinio, que recoge datos muy interesantes en tierras de Bélgica. Guevara nos dejó un libro muy importante. Se llamaba... Se llamaba... algo asi como Comentarios a la pintura. -i E r a un tío formidable! Mire, usted. Ruano; parecía un elefante sagrado. ¡Q u é suntuario, qué barroco, qué decorativo tocio é l Aguado, trae ¿1 botijo para tomar otra copita de ajenjo... Esto es como un rito, ¿sabe usted? H a y que echar el agua en un chorro delgado y lento, para que no se enturbie i como un rito! ¡Bueno, como que es siglo y medio de literatura! Acabamos de evocar, a través del glauco y literario líquido de Baudelaire. del pobre L e lian y de Gómez, Carrillo, la fabulosa figura del marajah de Patiala, retratado por Gustavo de Maeztu en uno de sus m á s bellos y famosos cuadros. S i no recuerdo mal yo v i este lienzo expuesto en Madrid, en Vilches, después de una Exposición bilbaína que hizo Maeztu para presentarnos sus chinos, unos chinos que coincidieron con los primeros- vendedores de collares que adornaron nuestras esquinas. -Aquí se pintó; en este estudio. ¿V i n o aquí el marajah? -M e j o r que si hubiera venido. Y o le v i un día a la entrada del Museo. M e impresionó casi traumáticamente. ¡Q u é cosa más admirable. L e fui siguiendo por las salas y tomando apuntes en un block. E l marajah se detenía de vez en cuando y me miraba de reojo. Por fin se me acercó uno del séquito que llevaba sólo bigote, seguramente porque no le dejaban llevar barba acompañando las barbas de! marajah, y me dijo que si quería Éilíl safe. Sobre el fondo del viejo Madrid, Maeztu tiene la preocupación de que salga esa torre: ¡Lo que importa es la torre -exclama. que le indicase algo a su señor. L e contesté que no hacía falta, y me vine corriendo al estudio de Aguado. Aquí hice el retrato de un modo apasionado y casi febril. Se me aparecía en toda la sensualidad de unas telas que yo no había visto en él, pues iba vestido a la europea. Aquí le llenaba de collares, de brochazos rojos... ¡Q u é maravilla de t í o L e veía según pintaba mucho mejor que si estuviera delante, porque lo i m portante es adivinar uno el volumen, ¿comprende usted? Después salieron fotografías suyas vestido de indio, y, chico, le había pintado lo mismo! ¡iHasta el tamaño de las perlas! ¡Gran Gustavo de Maeztu... Con su cara de boxeador, hablando de la autolitografia y de la Encáustica, del marajah de Patiala y de tantas cosas que aquí no transcribo, anima la tarde ¡leñándola de expresivos gestos, y de cordialidad, y de personalidad única. ¿C ó m o sería este hombre en Londres- donde ha vivido muchos años? -i Q u é es lo que hacía usted en Londres, además de pintar, querido Gustavo? -Gastar dinero- -me dice sin titubear. de sus CESAR GONZALEZ- RUANO V- V. En este momento el gran pintor comienza sobre la plancha de cinc una poderosas autobiografías. (Fotos Días Casariego.