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mojadas en la salsa, rebanadas gruesas y largas como suelas de alpargata. A continuación de estos guisos, que pudieran considerarse como heraldos del verdadero plato regional, aparece, en una fuente más honda y más historiada, el opulento bacalao a la vizcaína bañándose en una salsa roja, donde) a cebolla, el tómate, el liocino de jamón y los pimientos choriceros dejaron su más apetitosa esencia y su más- sabrosa substancia. Todos los: platos tienen un punto de sabor y olor que invitan a la repetición; pero este último es algo inenarrable, que justifica la gloriosa especialidad de la casa. Porque se come sin sentir y porqué, poco a poco, va quedando la fuente fen vacía de conte nido como Jos seis recipientes anteriores. A l final se miran rendidos. El estómago lo advierten más ancha y más duro que la panza de un barco. P i den ai cielo que la cocinera haya agotado ya sus conocimientos en materia de bacalao; pero, ¡c a! L a moza, sonriente y bromista, se acerca a la mesa y deja una docena de tajadas gordas, húmedas y brillantes; riada más que gordas, húmedas y brillantes. Los a m i g o t e s se contemplan sin alientos para seguir masticando. L a enormidad de cosas injeridas los tiene inconscientes y abotargados. Peni va a rendirse; pero Manu, se opone tenazmente. -i A la íuersa hay que comer... ¡Comprromiso de honor tenemos... ¡B u r l a te haría la mosa si dejarías una raspa siq u i e ra... ¡Adrento, pues! Peni se resigna y coge un pedazo. Mastica de mala gana, con gesto desabrido y avinagrado. A Manu le ocurre lo propio; tampoco él puede tragarlo. Aprovechando que a. neska anda por allí cerca mirándolos de, reojo, la llama para decirla: Oye... ¿tú sabes reseta de es e guiso o qué? -Y o y cualquiera tamién sabe. -Dite, pues. -Se hasen cachos de bacalao y se ponen en una casuela; luego se les tira agua por ensima, y cuando están blandos se sacan a la mesa. ¡Pero eso no es guiso! -grita Mann, un poco amoscado por la tomadura de pelo. Eso es pacalao en remojo! ¡Notisia fresca! ¿Y semejante espesialidá te atreves a servir a la mesa? -i Usté mandó! Que yo mandé? -tiste dijo que sacaría bacalao de todas formas que hubiera, y como había en remojo, pues yo... por obedeser saqué. Soltaron la risa los comensales vecinos, soltó la risa la neska, y los dos comilones, por no ser menos, soltaron la risa también. ¡Grasioso de veras... ¡Chirene, chirenede verdá! Mientras comentan la broma va cayendo un trozo de queso, una taza de café más espesa que hígado y media botella de anisao por barba. Pagan sesenta y tantas pesetas y abandonan el establecimiento duros y redondos como bocoyes. Entre el picante de las salsas, el calor del alcohol y el esponjamiento del pan, alcanzaron tal grado de dilatación f- crpórea. que la calle les viene chica. A l propio tiempo, el bacalao, que, por más que desale, siempre da sed abundante, principia a causarles la sensación de que llevan una salmuera dentro del estómago. Sus caras parecen brasas, sus alientos humean, sus ojos arden y sus pieles están resecas y salitrosas como las pellejas de las bacaladas. Indudablemente, el pimiento choricero se les ha mezclado con la sangre, y por el interior de sus venas circula un torrente de salsa roja. Sin darse cuenta de lo que hacen, llegan a la ría como atraídos por ¡a fuerza misteriosa del agua, que los embruja. Tanto les atrae, que, aterrados, tratan de huir a la población para interponer montones de casas entre sus cuerpos y la mansa superficie de la ría, en cuyas frescas aguas se bañan plácidamente las orondas quillas de los barcos. Pero todo en vano, porque el agua los atrae tan irersístíblemente como como al hierro el imán... Si, el hombre es lo que come, ellos son dos bacalaos ansiosos de remontar la corriente para salir al mar. Qui zá por eso no pueden ¡evitar el acercarse al muelle. ¡Oh, qué bien respiran! ¡Q u é ambiente: tan grato y tan adecuado! ¡Dirían que están en su elemento! -S i c a e r í a m o s al agua, ¿eh? De remojo íbamos a esíiar hasta hinchar... como el pacalao. -Por si acaso, no te aserques demasiao, tú. ¿Miedo tienes, o qué? -Miedo no, que nadar ya sé. -Y aunque no sabrías, lerdo. E l pescao que llevas drénto, a flote- te sacaría... A mí, intensiones me están dando de probar. -Sí, pues... aguanta tomo yo aguanto, que yo también tentasiones y a tengo. ¡Y b i e n grandes por sierto! -Pues... ¡pecho al agua, como y o! -i Qué dises? -i ¡Que a las tres! Perú va a lanzarse a la ría; pero Manu le detiene, y en el m smo borde de muelle forcejean, h a c i e n d o equilibrios y acrobacias, que c o n c l u y e n con el chapuzón. ¡Jo, jo, jo, j o! -jne Manu, zambulléndose gozosamente- -Ch i rene de verda! ¿Ya te encuentras bien, o qué? ¡Yo, sí! -responde Perú, dando cada brazada que levanta r e m o l i n o s de espuma- ¿Y tú? ¿Y o? ¡Mejor que el pes en el agua! ¡Y hasta ganas de que me pesquen me empieso a sentir o, así! U n marinero, advertido del suceso, tira una cuerda para salvarlos. Manu, con un inconcebnVe instinto piscícola, se abalanza con intención de morder; pero al observar que la cuerda no es más que una cuerda, la abandona despreciativamente, exclamando: ¡Ene... ¿Sin sebo quieres pescar... ¡Hola... P a cogernos a nosotros sebo, del fino tienes. que poner, si no no. picamos. ¡Jo, jo, jo, j o! Dicho lo cual da media vuelta y marcha en persecución de Perú, que se ha vuelto loco, nadando. Y gracias que. varios marineros saltaron a un bote y a fuerza de remo lograron darles alcance, que si no... ¡Si no a estas fechas andan cerca de Escocia... EMILIO MÉNDEZ D E L A T O K R E (Dibujos de Echea.