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VOZ D E LA NOVELA DE ZANE (CONTINUACIÓN) GREY T R A D U C I D A P O R L A SEÑORITA I S A B E L L A C A S A muerte inmediata no era nada. E l hacer irente a l a propia degradación, tampoco lo era. Pero el volver a Nueva Y o r k- -i n creíblemente cambiado- y ver mi antigua vida, como si fuera la de un nuevo planeta- -el tratar de volver, a hacer lo que hacía antes- no hay palabras para expresar ío imposible que me resultaba conseguirlo. N o me hubieran colocado en m i antiguo empleo, aunque hufciese estado en condiciones de trabajar. E l Gobierno por el cual luché no se preocupaba absolutamente de mí, y me hubiera dejado morir, enfermo y hambriento, como a un perro. N o podía v i v i r a ta costa, Carley. M i famila es pobre, corno sabes. Así es que no me quedó otro remedio que pedir prestado un poco de dinero a mis amigos y venir aquí. M e congratulo por haber tenido el valor de hacerlo. N o trato de pintarte los encantos del Oeste, porque sabiendo lo que te gusta el lujo y l a agitada vida de la ciudad, me creerías loco. Como estaba enfermo, el salir adelante me resultó tan difícil como l a vida en las trincheras. Pero ahora, Carley, el Oeste me ha hechizado. Tampoco sé cómo explicarte esto. Quizá pue da decirte algo que te ayude a comprender. Tengo l a fuerza suficiente para pasarme todo el día cortando leña. Transcurre un mes entero sin que pase nadie por deíante de mi cabana, a pesar de lo cual no siento tristeza alguna. M e encantan los enormes muros rojizos de l a cañada, que se yergue ante mí, y el silencio me. parece dulcísimo, sin duda alguna por contraste con el estruendo infernal que llenaba mis oídos en los días de l a guerra. A u n ahosaj me parece, a veces, que e l suave murmullo, del arroyo prójssaao se convierte en clamor guerrero. N o comprendí el verdadero significado de l a palabra Naturaleza hasta que vivo entre los brillantes muros de piedra de l a cañada y los pinos susurrantes. P o r lo tanto, Carley, trata de comprenderme, o, por lo menos, sé benévola conmigo. Sabes que faltó poco para que yo. muriese en la guerra, y en su consecuencia, el v i v i r en el Oeste me parece un inapreciable don. D e momento me contento con la vida que aquí llevo. Adiós. Escríbeme pronto. T e quiere, Glenn. enfermera de la C r u z Koja, y prestaba sus servicios ds socci io con más sinceridad que la mayor parte de sus amigas, ¡pero, en realidad, no estaba acostumbrada a tomar decisiones tan importantes n i definidas, como l a de trasladarse sola al Oeste. E n aquella dirección no había ido nunca más allá de Nueva Jersey, y tenía una idea vaga de que el. Oeste era un cpnjunto de vastas llanuras, escarpadas montañas, poblaciones escuálidas, rebaños de ganado y hombres toscos y tria! vestidos. Indecisa, llevó la carta a su tía, que era una mujer. delgada, de expresión bonachona y mirada que acusaba una viva inteligencia. Parecía ser que tenía gran apego a las modas de antaño. -T í a María, he recibido una carta de Glenn- -dijo Carley Es más extraña que de costumbre. H a z el favor de leería. -i Dios mío! Pareces muy agitada- -contestó suavemente la tía; y, poniéndose las gafas, cogió l a carta que Carley le alargaba. L a muchacha esperó impacientemente a que la dama terminara la lectura, sintiéndose cada vez más dominada por su deseo de ir al encuentro de Glenn. L a tía hizo una pausa, y murmuró que sé alegraba grandemente de que el muchacho estuviera completamente bien. Después leyó el resto de la carta. ¡Carley, qué carta más hermosa! -dijo fervientemente- l Lees algo. entre líneas? -No- -contestó Carley- P o r eso te rogué que la leyeras tú. ¿Sigues queriendo a Glenn como le. querías antes? ¿P o r qué me lo preguntas, tía María? -exclamó Carley en el colmo de la sorpresa. -Perdóname, Carley, si te hablo con excesiva franqueza. E l hecho es que las muchachas de ahora son completamente diferentes a como éramos cuando yo fui joven. T u modo de comportarte no indicaba ningún cariño hacia Glenn. Sigues, danzando de un lado para otro como lo hacías antes. ¡Hago lo que hacen todas las muchachas del mundo! -protestó Carley. -Tienes veintiséis años, Carley- -contestó la tía María. -Supongamos que así sea. M e siento más joven que nunca. -Bueno, no discutamos las costumbres y las muchachas modernas. Nunca conseguiremos ponernos de acuerdo- -contestó, la dama cariñosamente- Pero si ¡quieres oírme, puedo explicarte algo de lo que Glenn quiere decir en esa carta. -Y a lo creo que quiero. -L a guerra no se limitó a destrozar l a salud de Glenn. L e hizo un daño terrible. Dicen que es a causa de la metralla. Y o no entiendo de eso. Aseguran que no está hien de la cabeza; pero eso es una solemne mentira, Glenn estaba tan cuerdo como 10 estoy yo, y reconoce, querida mía, que lo soy mucho. Pero debió de sufrir algún golpe terrible, que le enfermó el espíritu y el alma. A su vuelta estuvo durante meses enteros como un sonámbulo. Después sufrió un cambio y le invadió una gran intranquilidad. Quizá este cambio le fué beneficioso, pues, por lo merios, demostraba que había despertado de aquel estupor. Glenn te vio a t i a tus amigos, y l a vida que llevabas, claramente; ya que se ie había caído la venda de los ojos. Vio los defectos que tenía vuestro modo de v i v i r N o me l o d i j o nunca, pero de sobra sabía yo lo que pensaba. A l marcharse al Oeste no lo hizo únicamente para reponerse. Se fué para escapar de todo esto... Y Carley Burch, si tu felicidad depende de él, vale más que te muevas y tomes alguna determinación antes de perderle. ¡Tía María! -balbució Carley. -H a b l o en serio. L a carta demuestra lo cerca Que ha estado del Valle de las Sombras, y que se ha convertido ea un hombre iSe continuará. Después de leer l a carta por segunda vez, sintió Carley un deseo ardiente de ver a su prometido- -de correr a su lado- Generalmente era poco impulsiva y fogosa; pero aquel deseo era tan intenso, que la hizo estremecerse. S i Glenn había recobrado, la salud, sin duda alguna, habría sufrido un cambio, y ya no, estaría malhumorado y frío. Sus ojos no tendrían ya aquella, expresión obsesionada que tanto la había entristecido y disgustado a ella. Cuando iba a su casa y se encontraba con otros muchachos jóvenes que no habían estado en la guerra, se ensimismaba, adoptando un aire distraído, que hacía que Carley se sintiera cohibida y molesta. Demostraba con su actitud que su mundo era distinto al de las demás personas que le rodeaban. Volvió a? í r la carta, con labios trémulos y ojos en los que se reflejaba la ansiedad. Había en el papel algunas palabras que parecían elersir su corazón y su amor, hambriento de ser correspondido, fas absorbió anhelante. L e parecía encontrar en ellas la excasa de cualquier decisión que ella tomase para reunirse nuevamente con Glenn. Reflexionó largamente sobre aquel deseo de correr al lado de su prometido. Carley tenía los medios suficientes para v i v i r de la manera que se le antojara. N o se acordaba de su padre, que murió cuando ella era niña. Su madre la. dejó al cuidado de una hermana suya, y anees de estallar la guerra dividían su tiempo entre Nueva ¡York, Europa, los Adirondacks y Florida. Carley se había hecho
 // Cambio Nodo4-Sevilla