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ménciá, y al fin es probable qué nadie pueoportuno que el señor presidente del G o- da, evitar lo m á s triste: quedas dos naciones hermanas se líen formalmente a c a ñ o bierno pronuncie un discurso de siete honaEOs en una guerra en regla. P o r unas leras para hacer la verdadera exégesis del guas de terreno baldío. P o r un desierto de caso y sentar su exacta significación y j u palmares y de quebrachos que. sólo algunos risprudencia. Porque como el mundo tiene indios miserables cruzan. Y si al menos se fijos sus ojos en nosotros, según se reconoce oficialmente, y está deseando que aquí tratase de dos naciones densamente pobladas, ávidas de nuevos, territorios por donde hagamos algo nuevo para copiárnoslo, p u expandirse; pero tanto el Paraguay como diera ocurrir que en algún juicio celebrado en Suiza, en Inglaterra o en Checoslova- B o l i v i a son países que no han logrado aún alcanzar una populosidad que se aproxime a quia se alzase el acusado para g r i t a r un mínimo suficiente. P o r eso resulta do- -O el caballero que me ha denunciado blemente lamentable su disputa, que sólo el por apoderarme de su vajilla de plata reticañón acaso podrá resolver. ra su acusación, o yo no c r u z a r é nunca con él m i saludo. ¿Pero, es que se disputa y se guerrea siemT a m b i é n podría amenazar con un gesto pre por simple deseo de posesión? S i esto de repugnancia: fuera verdad, los que pronuncian tan bellos discursos en Ginebra habrían conseguido ya- -S i el señor fiscal no se desdice inmecasi todo su anhelo; l a guerra no t a r d a r í a diatamente, consideraré que no existieron en desaparecer del mundo. Existen, sin emnunca ni él n i su padre. bargo, los imponderables. Y los impondera ¿Q u é hacer entonces? ¿R e t i r a r la acusación? A c o r d a r por mayoría de votos que. bles son los que mantienen sobre todo y con terrible fuerza el estado de belicosidad entre el acusado tampoco existe? Dadas las puglos pueblos y los hombres. E l amor propio, nas y contradicciones en que nos debatimos el punto de honor, l a vanidad, el espíritu de siempre los humanos, ¿n o representaría esto poderío, el deseo de superación y compeel peligro de tener que v i v i r como si fuétencia todo eso, que no se puede n i siquieramos Robinsones entre la muchedumbre? ra definir con precisión muchas veces, h a r á Hasta ahora, el que acusaba probaba, y que se frusten las mejores intenciones de el acusado se defendía pertinente, congruenlos pacifistas. T a m b i é n las leyes prohiben temente. Menos en los tiempos en que se el uso de las luchas armadas entre los ciudarespondía a una inculpación poniendo la danos. ¿Y se ha logrado impedir nunca que mano en l a e m p u ñ a d u r a de l a espada. C o n los hombres, acalorados o resentidos, se acoarreglo a la vieja lógica, si el Sr. M a r r a metan a tiros y p u ñ a l a d a s? Vean ustedes có no procedió de ligero al escribir su artícusi en la casa de las Cortes hay leyes y relo, debió sostenerlo y probarlo. Y la mayoglamentos de todas las clases; ello, no obsría nunca debió de apelar a su caballerositante, no sirve de nada cuando dos diputadad, a su confraternidad y a su republicados, como el otro día el S r Pérez Madrigal nismo, sino a exigirle pruebas concretas, y el Sr. Sainz Rodríguez, sienten deseos para que todos supiésemos si tenía o no vehementísimos de pegarse bofetadas y puntenía razón. tapiés como en una batalla cualquiera. Pero éstas son otras edades, y no hay Y a que hablamos de la guerra, hablemos que olvidar que estamos transformando el un poco de los antibelicistas, esa fauna ideamundo con nuestras sugerencias. lista y sentimental que hoy tanto abunda. W. F E R N A N D E Z FLORES Claro, yo no amo l a guerra; no me divierte nada eí ver que dos masas de. hombres se colocan frente a frente para matarse con la M A R T E S E T R A S L A D A mayor prontitud posible. Pero tampoco me convencen demasiado los modos que emA AMERICA plean los pacifistas para su campaña humaInspira sincera pena ese tesón con que nitaria. E s un humanitarismo que huele m a l B o l i v i a y el Paraguay se disputan l a prohuele a gheto tal vez, o a hacinamiento mospiedad de unas leguas de territorio desierto. covita; tiene también un pronunciado dejo Cortada la disputa en uno y en otro caso, femenino, como un resabio o una segunda vuelve a reproducirse pronto con mayor yeheedición de aquella campaña sufragista de tariciaf una acusación. Nos parece muy las solteronas inglesas hace veinte ó treinta años. Primer argumento: los hombres han nacido para amarse como- hermanos... Pero todo el que piensa derecho sabe que los hombres, al revés, han nacido para competir, para luchar, para vencerse mutuamente, pues de otro modo dejarían de ser hombres. Otro argumento: la vida humana es sagrada y nadie tiene derecho a atentar contra ella... Pero todos sabemos que l a vida del hombre vale hoy menos que nunca; que i n finidad de deportistas, se juegan diariamente l a vida con l a sonrisa en los labios; que las m á q u i n a s industriales, los trenes, los automóviles, los aviones están matando m i llares de personas, y que los accidentes de la circulación en un solo a ñ o producen m á s bajas en los Estados Unidos que una batalla napoleónica. L a explicación que daba Bismark para justificar la hecatombe de una guerra podrá parecer excesivamente ruda y un tanto c í n i c a Esos soldados que caen en l a batalla estarían, después de todo, perfectamente muertos al cabo de cuarenta años. Pero l a verdad es que por parte de los aiitibelicistas se hace un uso excesivo de la santidad de l a vida humana, precisamente cuando las simples pasiones políticas, cuando los partidismos socialistas y comunistas convierten la existencia diaria de a l guno pueblos en una crónica sangrante de homicidios impunes. E n el conflicto paraguayoboliviano no sabemos qué intereses y manejos ocultos i n tervienen. Pero el que conoce la psicología de ¡os países americanos comprende que ni siquiera es indispensable l a intervención de otros motivos; basta el nacionalismo exaltado de aquellos pueblos vehementes para ocasionar las m á s tremendas decisiones. Pueblos formados ayer mismo, sin historia apenas, sienten, sin embargo, el orgullo nacional con una fuerza que no tiene parecido en nuestro continente. Cuando el Paraguay luchó contra la Argentina y el B r a s i l a mediados del siglo anterior, llegó a tal extremo! a resistencia heroica, verdaderamente feroz, del pequeño país, que al terminar l a guerra todoslos hombres disponibles se habían extinguido. Quiera la fortuna que los dos pueblos hermanos, tan vinculados a nuestro sentimiento de españoles, desistan de acometerse, pues son ya bastantes las preocupaciones, los horrores y angustias que abruman al mundo. JOSÉ M S A L A V E R R I A a IIP Homenaje al Sr. Royó Villa n o v a La minoría agraria de tas Cortes ha obsequiado con un almuerzo en el Casino de Madrid al ilustre diputado españoleta Sr. Royo Villanova (x) por su brillantísima actuación en el mitin de la plaza de toros. (Foto Duque.
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