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ABC. MIÉRCOLES 3 D E A G O S T O D E 1932. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G z 8, Ella. -Se parece usted hasta en eso. H a s ta en creer qeu 110 se parece. Son. ustedes todos lo mismo: Cuando empiezan, cuando quieren acabar... El. -Es usted implacable. N o deja n i s i quiera una pequeña margen para la excepción. Ella. -En amor, la excepción no existe. P o r donde quiera que mire usted a un hombre que se diga enamorado, se le ve enseguida el penacho de su vanidad. El. ¡Vamos, que se le ve el plumero 1 Ella. -Si lo prefiere usted en términos más ramplones. EL- ¡Pues estoy lucido en m i papel de hombre, al lado de usted! P o r esta vez voy a saltarme a la torera esas formas sociales, a que antes hacía referencia, para decirle que casi casi me alegraría no haberla conocido, y eso que creo... N o no me pesa haberla conocido. Ella. ¿Para qué ese arrepentimiento de última hora? El. -Por lo que puede tener este diálogo de provechoso para mí; Como enemigo, me daría usted miedo. Como profesora, l a acepto. Ella. -No lo- crea usted. A h o r a razona porque no siente la necesidad de enamorarse de mí o de hacerme creer asimismo que lo está. Pero si el trance llegara a sus ojos cerrarían para no ver, y su memoria sería como esa pizarra toda llena de números, sobre la que se pasa una esponja húmeda. Nada quedaría del pasado. Usted sería un nuevo hombre. ¡Igual a ese otro nuevo hombre que parece que vuelve a nacer para su nuevo amor! ¡Adiós fórmulas y recetas! L o olvidaría usted todo. El. ¿Y a la mujer, no puede ocurrirle el mismo caso? Ella. -La mujer es diferente. L o que en el hombre representa vanidad, en ella significa sólo presunción. Esto es: una vanidad mucho más chiquita. El. -Pero vanidad de todos modos. Ella. -Sí; ahora que en menor cantidad, le digo a usted. L a ceguera no es, pues, absoluta como en el hombre. El. ¡Señor! ¿Y para qué tanto problema? L a humanidad, cuando llega la hora del amor, debería aceptarlo sencillamente. Ella. -Si le quitara a usted al amor las complicaciones, suprimiría usted el amor. D e ahí el descrédito del matrimonio, en su sentido amoroso. El. -Pero, ¿usted qué sabe si no ha estado nunca casada? Ella. -Sí; aquella vez en el extranjero. ¿N o lo recuerda usted? El. -Bueno. Usted lo pase bien. E s demasiado. M e pone usted nervioso. Ella. ¿Se va usted sin besarme la mano? El. -A las solteras no se las besa la mano. Ella. ¡Ahj y a Y o creía... Como antes empleó usted un término taurino para evitar las fórmulas sociales. -Gil de Escalante. DE SOCIEDAD ECOS DI V E R S O S D i á l o g o sin importancia El. -Al despedirse de usted, ¿se le puede no se puede besar la mano? f Ella. -Depende según los casos... El. -Es que al ser presentado a usted no Jíe entendido bien si la han nombrado como gsñora o como señorita. B da. ¡Qué importa... ¿Le preocupa a usted mucho el estado de una mujer... El. -No es que me preocupe. Únicamente para estar a tono con las fórmulas sopiales. Ella. -Entonces voy a confesarle mi espado Momentáneamente, soy soltera. El. ¿Cómo momentáneamente? ¿H a sido usted casada alguna vez? Ella. -En tal caso sería viuda, anulada o divorciada. Pero, no. Dije momentáneamente soltera porque en cierta ocasión de mi vida míe fingí casada para matar el propio abuxrimiento. El. -Terrible enemigo! Ella. -No lo sabe usted bien. E n aquel trance yo veraneaba en el extranjero y observé que cerca de los hombres las solteras no tenían éxito alguno. Precisamente no había allí nadie. de mis relaciones de verdadera amistad. Y o estaba lejos de mi patria y realicé una experiencia: me hice pasar por señora con el marido ausente. El. -Cambiaría el anorama. Ella. -De un modo radical. Los hombres son ustedes, muy sentimentales, y aquel año los tuve así, a montones. El. -Se divertiría usted mucho. Ella. ¡Bah! N o lo crea r ted. Dejé de ii srrirme, que es lo que yo buscaba. U n ihombre, sin embargo, en cuestiones de amor, se parece a otro hombre de una manera lamentable. L a vanidad los iguala. A m o rosamente hablando, tener un hombre a nuest r a disposición, tener muchos hombres, no dice gran cosa. El. ¡Qué pintoresca es usted! Ella. ¿L o cree usted así? El. -Y, además, coqueta, ¿no? Ella. -Si no ha nacido usted capaz de dis cernirlo no es, desde luego, lo que se llama un psicólogo. Sí, soy coqueta; lo soy hasta l a exageración. Soy tan coqueta, que al oírmelo llamar, es cuando creo que me han d i cho el mayor requiebro. El. -Pero en el hecho de llamar coqueta á una mujer se encierra la censura más bien que el elogio. Ella. -No haga usted caso. Suena maravillosamente, suena a música sublime. Cuando un hombre, por ejemplo, aprieta los dientes con rabia y deja escapar por entre los ñeves resquicios la palabra coqueta es cuando lo encuentran verdaderamente hombre. Y o el ser débil, la poquita cosa, me enorgullecería a l a idea de que con llevar el juego un poco más adelante aquel hombre levantaría su puño para descargarlo sobre mí como una maza fulminante. ¡O h el delicioso escalofrío... Noticias Ayer, a las nueve de la mañana, en la iglesia parroquial de San Lorenzo, se unieron en matrimonio la señorita Caridad Gómez Salazar y D Juan Jiménez Quílez. Apadrinaron a los contrayentes el teniente coronel de Infantería D Manuel Gómez S a lazar, hermano de la novia, y doña Manuela Quílez, madre del novio. Testificaron el acta matrimonial, por parte de ella; el jefe provincial de Estadística, D, Celestino López Martínez; D Antonio Petit y D j u l i o Bogeat, y por la de él, el doctor Caro Villegas, D. Adolfo Rivas y D Adolfo Rodríguez Taribó. Los contrayentes oyeron misa y tomaron la Comunión ante el altar de Nuestra Señora de la Soledad. Terminada la misa se celebró el matrimonio civil en la sacristía de la capilla y seguidamente, a los acordes de una marcha nupcial, los novios, acompañados del cortejo, se trasladaron a la capilla del Gran Poder, ante cuya venerada imagen se celebró el matrimonio canónico. E n casa de la madre de la novia, doña Caridad Salazar, se obsequió, a los. invitados espléndidamente. Hicieron los honores las hermanas de la desposada, Rosario, María y Cristina, y la hermana política, doña Rosario Cubero. Mediada la mañana el nuevo matrimonio salió en automóvil hacia Portugal, cu 3 0 país recorrerán, así como las regiones españolas de Galicia y Asturias. E n la iglesia de San Jerónimo el Real, en Madrid, han contraído matrimonio la encantadora señorita Nena L de San Román con el ingeniero agrónomo D José Vergan Apadrinaron a los contrayentes la hermana del novio, doña Jesusa Vergara, y el hermano de la novia, D Juan L de San Román, que por hallarse ausente fué representado, por D Carlos Dolaverriague. Como testigos firmaron el acta matrimonial D. Julio de Lamas, D Juan Liado y don Ricardo Arenales, por parte del novio, y por la novia, D Enrique Fernández del Pujo, D Constancio Bernaldo de Quirós y don Luis Dolaverriague. Últimamente han salido: para Reinosa, los marqueses de Campo Santo; para B i a rritz, el marqués de L e m a para L a Granja, D. Luis Rodríguez de V i g u r i y la condesa de A l b i z y sus hijos; para Vitoria, la marquesa viuda de Peraleja; para París, el marqués de Casa R e a l para Irún los marqueses de Berganallana; para Hinojosa de la Sierra, los marqueses de Saltillo; para las Navas del Marqués, D Antonio Cordonil de la Matta e hijas; para Salvatierra, D, Darío Bugallal; para San Sebastián, l a marquesa de Salinas, el conde de Eleta y la condesa de Medina y Torres, y para A v i l a D Vicente Millán. E n Madrid, en la capilla privada de l a iglesia de San Sebastián, se ha verificado ei matrimonio de la bella señorita María C. Calderón Soto con D Francisco Ruiz B e r múdez, catedrático del Instituto. Firmaron el acta como testigos el ex d i putado a Cortes y presidente honorario de Sala D Juan Morlesin, los abogados don José Morlesin de Mendoza y D Rafael H u r tado y Jiménez de la Serna; los catedráticos D. Diego Galán, D Antonio Rema Fábrega y el juez de primera- instancia D Rafael Salazar Bermúdez. Los concurrentes fueron obsequiados con toda esplendidez. Los recién casados salieron para E l Escorial, desde donde continuarán su viaje de bodas. Mañana jueves, festividad de Santo D o mingo de Guzmán celebrarán stis dias la marquesa de Bendaña y la señorita de V a l decañas. El. ¿Pero le gustaría a usted que la pegaran? Ella. -Que me pegaran materialmente, no. P e r o me gusta el hecho de llevar un ser, que se cree superior a mí, hasta el límite en ¡que está a punto de pegar. El. -De todas maneras, el juego resulta peligroso. Nunca puede saberse a ciencia cierta dónde cae ese otro punto que rebasaría 1 límite. Ella. -Se sabe, no sólo por instinto, sino ¡por práctica; ya le he dicho a usted antes que los hombres se parecen los unos a los Otros. El. -Perdón. Y o por eje mplo, no me paJrerco a los demás.
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