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me N O V E L A D E ZANE G R E Y T R A D U C I D A P O R L A SEÑORITA I S A B E L L A C A S A (CONTINUACIÓN) do estaba en las Palisades había visto crepúsculos mucho nías lacles. Sin embargo, no le agradó en lo más mínimo ta observabellos. -Hasta llegar a Winslow no se dio cuenta de lo cerca ción que llegó hasta sus oídos, pronunciada en voz baja, por otra que estaba del término de su viaje y de que llegaría a Flagstaff señora, que empleó la palabra tuberculosa para designarla. cuando se hiciera de noche. Empezó a sentirse dominada por la Carley comprendía que estaba pálida, pero se dijo a sí misma nerviosidad. ¿Y si Flagstaff fuera semejante a aquellas pequeñas jque aquel era el único punto de semejanza que tenía con los poblaciones de aspecto tan extraño? tuberculosos. ¡Y se alegró de que el. acompañante de la señora en cuestión expresara con convicción aquella misma idea. En Antes de que el tren disminuyera su marcha al llegar al térrealidad, sus palabras reflejaban la admiración que en él había mino de su viaje, deseó Carley más de una vez el haber avisado despertado la muchacha. a Glenn que la fuera a esperar. Y cuando se encontró envuelta por aquella noche fría, obscura y de fuerte viento, ante una estaI ¡Carley pensó que Kansas era interminable, y se acostó antes ción de ferrocarril iluminada débilmente, deploró el haber queele haber atravesado completamente aquel Estado. A la mañana rido sorprender a Glenn. Pero era demasiado tarde, y no tenía ¡siguiente se fijaron sus ojos en el terreno escarpado, gris negruzco, de Nuevo Méjico. Buscó en el horizonte montañas, pero, más remedió que salir como pudiera del compromiso en que se había metido. ¡por lo visto, no existían en aquel paraje. Lentamente se sintió invadida por algo difícil de definir. No le agradaba el paisaje, Unos cuantos hombres iban de un. lado a otro del andén. A l pero comprendía que no era precisamente desagrado lo que sengunos eran morenos y de ojos negros, y Carley pensó que protía. Ante sus ojos pasaban llanuras desnudas y grises, colinas bablemente se debía de tratar de mejicanos. Por fin se le acercó ¡poco elevadas, rocas peladas, grupos de peñas y ocasionalmente un mozo ofreciéndole- sus servicos. Cogió, las maletas de la mualgún valle pintoresco. Todo aquello llegó a cansarla- y aburrirla. chacha y, depositándolas en un carro, dijo, indicando la anchurosa ¿Dónde estaba aquel Oeste de que le hablaba Glenn en sus carcalle: Vuelva usted una manzana más allá. Hotel Wetherford. tas? Tenía la certeza de una cosa, y era que cada milla de Después puso el carro en marcha y se alejó. Carley le siguió, agreste terreno que pasaba ante ella le acercaba más a su promellevando su maletín en la mano. Una ráfaga de viento frío, que tido. Aquella idea proporcionó a Caney el único placer que había levantó una nube de polvo, azotó el rostro de la muchacha, mien ¡experimentado durante el interminable viaje. Pensó que si se putras cruzaba la calle y subía a una alta acera que bordeaba la mandiera a Inglaterra o Francia en medio de Nuevo Méjico, parezana. Había luces en las tiendas y en las esquinas; pero Carcerían insignificantes perdiéndose en aquella inmensidad. ley se sintió impresionada por la fría y obscura grandeza de Los rayos del sol calentaban más y más, y el tren empezó a aquella noche. E l viento soplaba con gran fuerza. Por la calle arrastrarse penosa y lentamente, ascendiendo por las pendientes de pasaba. mucha gente, en su mayoría hombres, que iban de un lado la vía. E l vagón se llenó de polvo, y todo aquello hizo que Carpara otro. Por todas partes se veían automóviles. Nadie se fijó ley se sintiera invadida por una- sensación de desagrado. Dormitó en la muchacha. A l llegar a la esquina de la. manzana la dobló y apoyada en un almohadón durante horas enteras, hasta que desse sintió. aliviada al divisar el letrero del hotel. Cuando ntró en e! pertó su atención la exclamación gozosa de un viajero: ¡Mira! vestíbulo llegó hasta sus oídos el ruido producido por alguien ¡Indios! Carley miró con gran interés. Cuando era chiquilla, que jugaba a los bolos y la discordante música de un gramóhabía leído cosas. de indios, y recordaba imágenes llenas de cofono. E l mozo dejó sus maletas en el suelo y se marchó, dejándola lor y romanticismo. Observó a través de la ventanilla del vasola. E l empleado o propietario del hotel charlaba con varios homgón llanuras polvorientas, casas, achaparradas hechas de barro y bres desde detrás del mostrador. E l vestíbulo estaba lleno de gengentes de aspecto extrañó y corta estatura. Los chiquillos iban te ociosa. E l humo del tabaco enrarecía la atmósfera. Nadie se desnudos o vestidos con harapos, y las mujeres tenían, un... aspee- fijó en Carley hasta que, por último, se adelantó hacia el mosto muy sucio y llevaban trajes de gran vuelo, con toques de cotrador, interrumpiendo la conversación: lor rojo. Los hombres, vestidos de blanco, eran de aspecto abi- ¿Es esto, un hotel? -preguntó bruscamente. garrado y astroso. E l individuo que estaba en mangas de camisa se volvió IdioTodos aquellos extraños personajes miraban con indiferencia tamente hacia ella y contestó; al tren, que pasaba lentamente ante ellos. -Sí, señora. -Indios- -musitó Carley incrédulamente- Si son estos los Carley observó. nobles píeles rojas, tengo que reconocer que me han desilusionado. -No lo hubiera adivinado, juzgar por la cortesía cte sus No volvió a mirar por la ventanilla ni siquiera cuando un empleaempleados. He estado esperando para inscribirme en el registro. do pronunció el curioso nombre de Alburquerque. Con la misma calma, y mirándola con algo de impertinencia, le i, A l día siguiente desapareció la languidez de Carley al oír proalargó el empleado el libro, formulando la siguiente observación: nunciar eí nombre de Arizona y ver los muros de roca roja y las- -La gente de aquí pide lo que necesita. vastas franjas de tierra cubierta de cedros. No le agradó aquel Carley no hizo más comentarios. Desde luego, reconocía que país. Parecía imposible que allí viviera nadie, y, en lo que abarno podía esperar en aquellos parajes la misma vida a que estaba caba su vista, parecía que, efectivamente, estaba completamente acostumbrada. Su mayor deseo en aquellos momentos era acercardeshabitado. Sus sensaciones no se limitaron, sin embargo, a lo se al gran hogar abierto, en el que chisporroteaba un alegre fueque veía. Empezó a notar extraños zumbidos en los oídos, y a go, púrpura y oro. Pero no tuvo más remedio que seguir al emcontinuación la sensación desagradable de. que. le sangraba su pleado. Este la condujo a una habitación pequeña, de color gris nariz. El. revisor le dijo que aquellos fenómenos eran producidos parduzco, en la que no había más que la cama, un burean, un la ¡por el cambio de altura, y todo aquello la mantuvo alejada de la vabo fijo en la pared, y provisto de un grifo, y una silla. Mienventanilla, no permitiéndole ver, en su consecuencia, casi nada tras Carley se quitaba el sombrero y el abrigo, bajó el empleado Idel paisaje. De lo que había visto anteriormente dedujo que no al vestíbulo en busca del resto de su equipaje. Cuando volrió. le ve perdía gran cosa. Cuando el sol se ponía, miró deliberadamendijo a Carley que a las nueve de la mañana del día siguiente te a través de la ventanilla, para ver cómo era una puesta de so! en Arizona. No era más que un resplandor amarillento! Cuan (Se continuará. 1 n i n- i r r v n ir i r r i r IT TÍ n T