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DIARIO DO: A: ILUSTRA- V G E- DO. A Ñ O VI G E- S 1 O CT A VO 10, -CTS. N U M E R O F U N D A D O E L i. S I M O- C T A V O 10 C T S N U M E R O D E J U N I O D E 1905 P O R D T O R C U A T O L U C A D E T E Ñ A -Y así debe ser- -interrumpió con entusiasmo- el hombre del porto- flip- E l auto; móvil trae tantas asombrosas- posibilidades a la vida moderna, que bien puede decirse que la há ensanchado hasta límites que nadie podría prever. VLo- que ocurre es que la gente, no, se; ha. enterado a ú n la gente E 1 hombre que eompró. un autó- esta- todavía. -presa en el estupor de ese i n- vento, y do? examina maravillada, como un f vmóvil niño, a; lín j ligúete. Monta en ehauto y no se i e q é u r r e m á s q u e correr, o aquí para r. Nuestro- ilustre colaborador allá, lentamente, lanzando gritos ante un I X Wenceslao F e r n á n d e z F 16 monumento, lo qué siempre me res acaba de publicar una nue- paisaje o un una triy- ialidad. Pero los hom ¿va. novela. Se titula E l hora- ha- parecido bres prácticos, los automovilistas conscientes, bre que compró- un a u t o m ó hemos hecho otras muchas cosas verdaderav i l l í e aquí un fragmento de mente grandes. Y si así no fuese no podríala interesantísima obras mos formar parte de este Club. J C A P I T U L O III -D o n Pedro tiene derecho a expresarse i En el que ¿se hcibla del Club de los áutomo- en esos- términos- -apoyó Garcés- porque y vüisttfs conscientes su! hazaña fué: de las buenas. UNA D E NOVEbA íANDEZ. FLOREZ 1 1 -n Balv- una minucia! -protestó modestaLlovió tan fuertemente en aquellos días mente el caballero- ¿Q u é valgo yo al lado que el agente Zanibrano prefirió aplazar la jjrueba del automóvil que. proyectaba ven- def R 6 y illá 5. Quién es Revilla? -indagué. derme; y nada tendría- que contar de aquel- -Aquel que está asomado a l a ventana. intervalo si mi amigo- Carees no acudiese a, buscarme, cuando mi tedio era mayor, ¿U n o que hace señas a alguien? liRara que le acompañase- a. beber un whisky -No; ses que de cuando en cuando escupe sobre Ios- transeúntes. E s un misántropo. en el Club de los Automovilistas Conscientes Debo apresurarme a declarar que, aun ¿Y qué hizo? V que mi aversión a casinos, cafés y demás- ¿Qué hizo? -don Pedro dejó sobre la cementerios temporales me hizo resistir duniesita la copa- de porto- flip- Cerró Un grurante media hora a las solicitudes de m i po escolar que había cerca de su- casa, señor mío. L o cerró él solo, con un seis caballos- agriigo, estoy ahora satisfecho y orgulloso que no valía ni- quinientas pesetas. U n trade haber permanecido una tarde entre aquebajo abrumador coronado con éxito- en cinco llos encantadores caballeros; y hasta no me semanas. U n verdadero record: -H a b í a días importa añadir que si yo tuviese un hijo en que aplastaba cuatro chiquillos. Golpes a guna vez no- buscaría en otra parte- un presoberbios. Yo. se lo presentaré, -si; -usted quieceptor que acertase a formarle, con sus conre. N o espere usted encontrar un hombre sejos. L o que oí en aquellas horas inolvidavanidoso: habla de aquel trabajo con una bles me ha revelado un nuevo sentido de la sencillez conmovedora. M á s de una vez le vida y me fué verdaderamente útil en mis he dicho: ¿Cónio se las ha podido arreglar andanzas por el mundo. usted, amigo R e v i l l a? Y él se; ha limitado ¿Sin embargo, cuando entré en el Club no a responderme L a necesidad; obra milame prometí ninguna emoción extraordinagros; para mis terribles neuralgias, los chiria. Cuatro o cinco amplias habitaciones conllidos de aquellas criaturas eran puñaladas fprtables, alfombras espesas, muebles de en el cerebro; o morir, o barrerles... cual gusto inglés, fuertes y cómodos, y el lujo quiera hubiese hecho otro tanto ¡E s addé una chimenea donde ardían innecesaria. iifente algunos leños. Esto fué lo que v i Y mirable -S í es admirable- -dijo G a r c é s- sin cuatro o cinco señores tumbados en las buembargo, la hazaña de usted me parece sutacas, en actitudes yanquis; uno. parapetado perior todavía. tras un enorme periódico; otro; con los Don Pedro se encogió de hombros. píes m á s altos que la cabeza, soplando al- -Cualquiera de nuestros consocios ha h e techo el humo de un cigarro; otro, que sorcho más. L o que puedo decirle- -a ustecb jobía indolentemente un porto- flip al través ven- es que un automóvil bien maliciado de una paja... A éste me presentó Garcés cuando, nos sentamos, -en su proximidad, alcanza sin grandes dificultades a la F e l i cidad, porídiú- idíza que sea. -Si Arnulmedes ante los que hervían en burbujitás viviese, no pediría nada que no fuese, un de oro. La- locuacidad de mi amigo enteró buen coche. E l 50 por 10 b de los socios del en seguida a aquellos señores de mi designio Club han hecho bodas excelentes gracias a de adquirir un auto. E l caballero del portopasearse en magníficos carruajes. Todos- se flip preguntó entonces displicentemente: casaron con mujeres tan encantadoras, que ¿E s un trabajador? ninguna tenía menos de doscientos mil duros- -fMás bien un bagaíelista- -contestó ele dote. Y si se objeta que la señora de M u Garcés. ñiz, nuestro secretario, no tenía un cénti: ¡A h -hizo con cierto menosprecio el mo, diré que Muñiz fué, en definitiva, el fhíbman. m á s afortunado de, todos. Fruncí, un poco las cejas; pero. Garcés se Q u é- le ocurrió a Muñiz? -indagué. apresuró a explicarme con jovialidad: -E l caso de Muñiz- -contestó don Pedro- -Aún no te he advertido que este Club con aire reflexivo- -no se parece a los demás. Aunque sea muy doloroso- para mí, que rio es una vulgar reunión cié aficionados a tanto aprecio sus. inmejorables condiciones, devorar kilómetros o de admiradores ele la debo afirmar que, antes de ocurrir lo que le mecánica. Todos los inscritos en las usías ocurrió, no era m á s que un hombre prentic la Sociedad son hombres que consideran dado de la velocidad. Iba y venia sin sosel automóvil como un maravilloso instrupechar que en el automóvil que guiaba huinenío para realizar empresas extraordinabiese otro placer que el de llegar en seguirias, y ven en éí, no un fin, sino un medio. w v r da a sitios donde no tenía nada que hacer. Los biógrafos de Muñiz pretenden ahora que era un obscurantista, basándose en que ha derribado algunos postes telefónicos y telegráficos y da conducción de energía. C o n mayor razón a ú n se le podría presentar como un enemigo de los árboles, contra los que se precipitaba poseído de una aparente furia. Pero la verdad es que Muñiz se ha llevado por delante del radiador muchos objetos que no le interesaban, y que nadie está autorizado a deducir de esto propósitos trascendentales. Y o lo sé bien, porque él mismo me lo ha asegurado- confidencialmente. L o que sucedió fué que Muñiz tuvo, como San Pablo, su camino de Damasco É s t o fué todo. I Cierto día se le antojó ir a tomar el aperitivo a treinta kilómetros de- su casa. L í a una- tarde de otoño tibia y melancólica. Se acomodó Muñiz al volante con la dulce voluptuosidad de siempre y se precipitó cerno un, huracán por la carretera. Todo fué bien hasta llegar a una curva del kilómetro i p Muñiz tomó esta- curva demasiado amplíamente, y nada ocurriría si no se le hubiese antojado a una señorita vecina de aquellos alrededores sentarse en el pretil para leer una novela, inglesa- Impecablemente decorosa. M u ñ i z pasó rascando el pretil y la aleta derecha del automóvil: segó, cerca ce las rodillas, las dos piernas de la joven. Nuestro buen amigo se dio cuenta de que algo grave había sucedido pero su natural deseo de no beber demasiado tarde el vermut íy cierto horror innato a toda clase de, escenas sentimentales le impulsó a acelerar m á s aún la marcha. E s p e r ó o í r detrás de él. las frases gruesas con que los ignorantes agravian -a los automovilistas cuando tropiezan cor, ellos, pero ninguna voz se; alzó. Muñiz se dijo: -O l a He matado o está muy bien educada esa señorita. -i Siguió. Tomó un aperitivo; después otro aperitivo; luego dos aperitivos m á s Decidióse a cenar con unos camaradas, y a las doce de la noche se lanzó a recorrer éñ sentido inverso los treinta kilómetros que le separaban de su casa. Le he oído decir que, ya porque la noche fuese suave, ya porque los aperitivos huhübiesen influido bondadosamente en su ánimo, i b a casi con- lentitud, invadido de un sentimiento de euforia y tarareando uiiá cancioncilla. A l llegar a la curva del kilómetro i S se paró bruscamente. L o s poderosos focos del auto iluminaron el pretil, y en el pretil estaba la señorita, con el libré reclinado sobre la falda y, una profunda expresión de melancolía. L a s dos piernas seguían allí caídas en el suelo, un poco aployadas, en el pequeño muro, con sus dos zapad tos y sus dos medias de- seda vegetal. Muñiz, conmovido, se apeó y acercóse. -N o creí encontrarla a Usted aquí aún: -balbució, azorado. -N o pude marchar- -cpntestó la joven- porque después de. usted- no pasó. alma v i viente por l a carretera Muñiz se descubrió. -L e ruego que me perdone. l í a sido un accidente casual... ¿P u e d o hacer algo por usted? -Nadie puede ya hacer nada por mí- -contestó apenada la joven. -A l menos- -insinuó Muñiz, después da. r
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