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ULOS D E HAROLD LLOYD E l cinema es el arte predilecto, de la j u ventud. E l único, tal vez, que fascina a todos los jóvenes y hace que éstos se acerquen en marcha decidida hacia él, con una pluma, con un megáfono o con un simple rostro m á s o menos fotogénico. Y entre los primeros- -entre los comentaristas- -la pantalla cómica es la que m á s les sugestiona y la que les facilita la mayor parte de las sugerencias. A h í están Charlot, Keaton y Langdon para demostrarlo. Y ahí están también las innumerables crónicas, artículos y hasta libros en que su arte es el tema primordial. Y de este modo, las plumas jóvenes, han conseguido convertir el cinema cómico en el tópico del escritor cinematográfico. Pero el cinema es un arte tan de hoy, que hasta los tópicos son interesantes. T a n nuevo, que hasta sus temas m á s manidos están impregnados de novedad. Y así, cuando nos acercamos a algo sobre Charlot o sobre. Keaton o sobre Langdon sentimos esa sensación que antecede siempre al descubrimiento de algo nuevo y desconocido. P o r esto, cuando se anuncia que cualquiera. de nuestros escritores jóvenes ha trazado con su pluma la biografía de cualquier cómico del lienzo, esperamos con impaciencia su lectura, porque, sabemos de. antemano que vamos a conocer una nueva interpretación, que vamos a admirar un actor conocidísimo desde un nuevo ángulo. Porque el cinema es un arte que cada cual interpreta a su modo. La. pantalla es el: escenario que nosotros hemos de captar y retener, para luego proyectarlo en nuestro espíritu con el objetivo de nuestra vista. Y no hay. dos ojos que capten una escena del mismo modo. N o hay dos espíritus en los que sé refleje titi- füuí con. la misma intensidad o indiferencia. Por esto, cada película, cada, actor, cada realizador, adquiere una multiplicidad enorme; tanta como seres las visaron. Y por esto, también, nosotros- -siempre pendientes del cinema, casi esclavos de ¿1- -desearíamos conocer la sensación que cada obra, y cada actor producen en todos sus espectadores. Y éste deseo es el que hace que acojamos, unas veces con entusiasmo- -porque casi coinciden con las nuestras- -y otras con interés- -porque nos revelan aspectos nuevos- las interpretaciones que cada cual hace de los actores del cinema. Pero ocurre que, en algunos casos, nuest r a retina ve. algunas figuras de un modo tan distinto, tan opuesto al de los demás, que casi no las conocemos cuando nos las describen otros. Esto nos ocurre con Harold L l o y d Todos los escritores de cinema tratan a L l o y d con desprecio, cómo a un j u guete mecánico indigno de atención. A l g u nos han llegado a tacharle de burgués, y aseguran que sólo los hombres gordos- -ahitos de chocolate de los trapehses- -son sus partidarios, y que su intrascendencia llega a ser un insulto, una ofensa, para el hombre. Llegamos a dudar. Pensamos que esta vez se había complacido nuestro espíritu en reflejar algo desagradable. Pero pronto comprendimos que no había tal cosa. U n día v i mos de nuevo a H a r o l d Lloyd. Junto a nosotros no había ningún burgués. -No pudimos ver; por tanto, los efectos que le causaban las peripecias del hombre de las gafas de carey. Pero, -en- cambio, estábamos rodeados de chiquillos, de niños que no habían cumplido a ú n los doce años... Y- llegamos a compenetrarnos de tal modo con ellos, con sus sentimientos, con sus ideales, que ios ángulos de H a r o l d L l o y d que a continuación proyectamos, son los mismos que asimilaron su sensibilidad. Indiferencia. -Ahora todo quiere. ser trascendental. Estamos viviendo n a época en la que. todo se hace persiguiendo un fin humanitario, social o psicológico, cuyos beneficios v enseñanzas alcancen por igual a toda l a Humanidad. E n este todo está incluido el cinema. E l cinema ya no es. un espectáculo para aprovechar una tarde lluviosa ni un oasis de felicidad para el niño perdido en el inmenso- -e inhospitalario- -desierto del colegio. A h o r a es una escuela, una universidad, una fábrica de sensibilidades. Innegable es el valor del actual cinema. Absurdo sería querer combatir este aspecto que nosotros mismos hemos predicado infinidad de veces. Pero ahora- -que nos reímos durante dos horas seguidas, al compás de las carcajadas de cientos de niños, ante una película de H a r o l d Lloyd- -comprendemos que hemos sido algo egoístas al querer un cinema muy serio, encauzado por caminos que siempre desembocan en la inteligencia. Y es que. en el mundo hay niños. Niños que son felices, que viven alegres, sin preocuparse para nada del ritmo de la vida. N i ños que van al cine y que ven reflejarse en su pantalla una vida, falsa, pero perfecta; absurda, pero bella. Niños que, mientras en infinitos hogares falta el pan y en infinitas calles fallan los frenos de los automóviles para cortar la vida- -cuidadosamente guardada- -de los ancianos que caminan despacio, ríen, gozosos, alegres, con entusiasmo, porque ven a un hombre, indiferente, pasearse por un mundo en el que los autos atrepellan tan sólo a los gángster y a los guardias de la porra, en el que las pulmonías firmaron un contrato para alejarse de los estanques helados en los que caen los héroes de las películas cómicas. Somos egoístas- -lo repetimos- -al querer, que los niños conozcan, nada m á s nacer, l a verdadera vida. A l quererles privar, de ese mundo admirable, confeccionado con celuloide de risa. Dejémosles que vivan- -como nos-
 // Cambio Nodo4-Sevilla