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A B C. J U E V E S 4 D E AGOSTO DE 1932. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. PAGf. gp r 1 NFORMACJ ON TAURINAS EN ES HUELVA U n a faena de Ortega Quien ayer asistiera, desconociendo el deplorable estado de l a fiesta de. toros. y sin otro elemento de juicio que la desbordada animación que a sus ojos se ofrecía, a la corrida de Huelva, tal vez tuviese un gesto de desdén para las constantes lamentaciones de los taurinos sobre la crisis del negocio. Porque los taurinos siempre hablan del negocio; del arte, jamás, y es, sin embargo, la decadencia. del arte lo que va dejando vacías, poco a poco, las gradas de los circos. L a plaza de Huelva, feotona y simpática, gentilmente remozada por el esfuerzo desinteresado y castizo de ese grupo de muchachos del Club Taurino que la han salvado de una muerte cierta, hallábase totalmente ocupada por un público abigarrado y expectante cuyo entusiasmo, de continuo latente, no desperdiciaba ocasión de realzar, el viejo es- U n gran natural de Manolo Bienvenida. pectáculo con la, nota en que siempre culminó su belleza: el júbilo ruidoso del tendido. Fué Domingo Ortega, entre los espadas del cartel, quien mejor percibió, con exquisita sensibilidad de artista, l a intensa vibración del gentío, el anhelo de arte que había empujado a la plaza a unos aficionados como los de Huelva, que, alejados de los itinerarios de la fiesta, rara vez disfrutan de las hondas emociones que la avaloran. Y aunque en Huelva apenas. se dan toros; aunque la triquiñuela y l a trampa podían allí pasar, a los ojos de taurófilos poco entrenados, por toreo de buena ley, fué el toreo de buena ley el usado por Domingo Ortega- -que sabe Dios cuándo tendrá ocasión de volver por allí- -para complacer plenamente a un público tan bueno y cordial como el onubense. L a faena de Domingo en el quinto t o r o- -la mejor y más torera que le hemos visto realizar- -fué, en todo su ancho desarrollo y la variedad de matices que la caracterizó, tan serena, reposada y valiente, como si el ar- tista hubiese cuidado de apartar de la mirada de una afición que ama todavía la fiesta, cuantos oropeles y vacilaciones han sido causa de que se la desdeñe en sus principales sedes. Sobre la mano izquierda casi todo el bello trabajo. Ceñidos y suaves los pases naturales lleno de emoción su engarce con el de pecho y la ejecución de los altos y ayudados... Después el garbo de los adornos- -los molinetes, el farol, el toque de las astas- -para volver, estirando a. fuerza de suavidad y de arte las facultades del bicho, a la pu- r e z a de los naturales en serie. Y todavía, los arrodillamientos ante l a cara, dejando que los pitones le rozaran el pecho... P o r fin- -cuando ya no cabía en la magistral faena n i un muletazo más- l a entrada a herir- -muy derecho, para hacerlo todo bien- -saliendo prendido por la pierna y lastimado. Y l a estocada final, defectuosa por haberse distraído la atención del toro cuando el matador había arrancado ya. E l público ovacionó frenéticamente a O r tega, que cortó las orejas y el rabo y, antes de pasar a. la enfermería, dio la vuelta al ruedo y avanzó repetidamente hasta los medios para corresponder a las cálidas aclamaciones. S i en el segundo de l a corrida l a labor de Ortega no pasó de mediana, su victoria final borró las deficiencias precedentes. M u y bien en verónicas- -sobre todo en la segunda serie de lances al quinto de l a tarde- activo, bullidor y adornado en quites, el torero de. Borox tuvo, en definitiva, una tarde triunfal, de las que tonifican en los espectadores el gusto por los toros, desventuradamente decaído. Manolo Bienvenida se las hubo de p r i meras con un manso absoluto, sin casta ni estilo, que no admitía lidia de ningún género. De una sola estocada, cuarteando, y unos descabellos, se lo quitó de delante. A l cuarto lo lanceó bien, sin mucho temple, pero bajando las manos como manda el moderno estilo, lo que indica en su manera de torear una saludable derivación. Banderilleó al cuarteo con lucimiento y valentía, sobre todo la primera vez, y se deslució en el cuarto par por el afán de meterse por dentro cuando tan dócilmente le acudía el ya aplomado enemigo en el terreno natural. L a faena de muleta fué buena: un pase por alto la comenzó, y siguieron varios aceptables naturales, obligando mucho al quedado animal. Luego, unos adornos, y, por último, una estocada, sin ceñirse, y un descabello al tercer golpe. Se le aplaudió mucho, y el muchacho saludó desde el tercio. E n quites, trabajador y alegre. Fué suyo el mejor de la tarde, en el turno de Ortega, metiendo el capote al segundo toro para salvar a un picador, Como a menudo ocurre, el alarde de oportunidad pasó casi inadvertido. S i el primogénito de Bienvenida tuvo destellos de afición y de coraje, no puede decirse lo mismo de Pepito, apático y desganando como si, habiendo desistido de aportar su obra a la tradición familiar, le hiciesen torear a la fuerza. E l deslucimiento frente a un toro como el primero de los suyos, no sólo manso, sino peligroso, era inevitable, y con rematar pronto, como hizo, estaba bien. Pero en el último- -el mejor por la bravura y el genio- TCompáre de m i arma... no hay más que vé estas cosas pá sabe que han toreao tres torero... ¿Y que tenga uno que yení a Huerva pá esto? pudo y debió hacer algo más que banderillear con brillantez. Pero, nada: n i- un buen lance de capa, n i un pase de muleta rematado con maneras. Y para final, una estocada baja sin arranque de torero de genio. Y desde el principio al fin, el gesto aburrido y cansado de quien no quiere ser. n i espectador de una corrida. L o s toros del Sr. Arias de Reina dieron en canal- un promedio de 255 kilos. Dicho queda que no se trataba de monstruos antediluvianos. Para el torero, el mejor, por la suavidad de la embestida, el quinto. A nosotros nos gustaron más el cuarto- -pese a su aplomamiento final- -y el sexto, que fué el de más temperamento y codicia. Picó muy bien Pepe Díaz, y Cástulo, A l pargaterito, Bombita I V el B o n i y Carrato descollaron en lo demás. -Jium. M. Vázquez. U n a novillada Valdepeñas 3 9 noche. Se lidiaron seis novillos de D Celso Pellón. Ricardito González y Cantimplas estuvieron voluntariosos. E l primero cortó orejas. P o r la poca presencia del tercer novillo se promovió un alboroto, quedando la lidia suspendida durante un cuarto de hora. 4 Ortega en un momento de su monumental f a e n