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NOVELA DE ZANE GREY TRADUCIDA POR LA SEÑORITA ISABEL LACASA ÍCONTINU ACIÓN) salía un coche para O a k Creek Canyon. Aquella noticia la aleg r ó tanto, que se sintió con fortaleza para hacer frente a aquel l a e x t r a ñ a sensación de soledad que la invadía. E n la habitación no había, calefacción de- ninguna; clase, n i agua caliente. Cuando Carley dio vuelta a l grifo, s a l i ó d e é l u n t ó r r e n t e de agua, que salpicó por fuera del lavabo, dejándola completamente empapáda. E n l a vida había visto agua más, fría. A continuación: de la sorpresa y el desconcierto, -tuvo un acceso de mal humor. Pero después se dio cuenta de lo cómico de la situación, y no tuvo m á s remedio que echarse a r e í r pero su vista no; le había producido nunca la admiración y el asombro que le produjeron aquellos dos picos gemelos de- su tie rra natal. ¿Qué montañas son esas? -preguntó á un transeúnte; -Los picos de San Francisco, señora- -le contestó el hombre. Parece que están a una milla de distancia! -exclamó la muchacha. t o u -Dieciocho millas, señora- -contestó el transeúnte con una sonrisa- L a a t m ó s f e r a de A r i z o n a es muy engañosa. -Q u é e x t r a ñ o s- m u r m u r ó Carley- E n los Adirondacks tic- -Se t é está bien, níuñeca lujosa y maleducada- -exclamó en pasa eso. tono burlón- Esto es el Oeste. ¡Tiembla de frío y arréglate Seguía contemplando los picos de San Francisco, cuándo se sin doncella! l e a c e r c ó un hombre diciendo que e l c o c h e para O a k Creek Nunca se había desnudado tan de prisa, n i había sentido tal Canyon estaba a punto de salir, y, preguntándole si t e n í a y a sus gratitud a l sentir las gruesa mantas de lana que c u b r í a n s u dura maletas preparadas, Carley corrió a su habitación para hacer cama. Poco a poco fué entrando en calor. L a obscuridad le pareel equipaje. ció asimismo muy consoladora. H a b í a imaginado que el coche, en cuestión, sería un autocar, -Sólo estoy a veinte millas de distancia de Glenn- -murmuo, cuando menos, un- coche de turismo dé gran tamaño, pero se r ó- ¡Q u é e x t r a ñ o í M e pregunto si le alegrará m i llegada encontró con que era un vehículo de dos asientos tirado por un Sentía una seguridad dulce y encantadora de que así sería. tronco de escuálidos caballos. E l cochero era un hombrecillo ds T a r d ó en poderse dormir. L a excitación había hecho presa de Sus rostro marchito y. edad indecisa y parecía no- darse, cuenta de la nervios, y estuvo mucho tiempo despierta. A l cabo dé, un rato importancia de su pasajera. Además del equipaje de Carley, hacesó el rindo de los automóviles y él sonido de los bolos y de la? bía que cargar en el coche muchos m á s bultos, pero, evidentemenapagadas voces que llegaban hasta ella. Después oyó- el gruñido te, era l a muchacha la única viajera. intermitente del viento que soplaba. en el exterior. Nunca había -Me parece que va a hacer mal día- -dijo el cochero- Esto: oído ruido semejante, y le pareció agradable. O y ó asimismo el días, de abril resultan fríos y. borrascosos en lo. alto. del. desierto musical sonido de un reloj que data los cuartos de hora. Poco Quizá nieve, además de todo. Esas nubes que cuelgan alrédedoi después se durmió. de los; picos no son m u y prometedoras; ¿Señorita, no tiene usted Cuando se despertó encontróse con que era tarde, y no tenía algo de m á s abrigo? nías remedio que apresurarse. Además, la temperatura de la ha- -No, nada- -contestó Carley- T e n d r é que aguantarme. ¿D i j o bitación no permitía que se vistiera despacio. N o encontró palausted que íbamos a pasar por un desierto? bra adecuada para calificar la sensación qué le produjo él agua. -Desde luego. -Bueno, debajo del asiento hay una manta del Y tenía los dedos tan entumecidos, que a su modo de ver hizo caballo, y puede usted hacer uso de. ella s i quiere- -contestó el una toilette muy desgraciada. hombrecillo- S e s u b i ó a l asiento delante, de Carley, y, cogiénAbajo, en el vestíbulo, ardía en la chimenea un alegre fuego, d o l a s riendas, puso a los caballos al. trote. rojo, semejante a l de la noche precedente. ¡Q u é encantadores A l doblar el- primer recodo se dio cuenta Carley de lo que eran los hogares bajos! Casi metió entre las llamas sus entumeciquería decir eí cochero a l hablar de un mal día. U n a ráfaga de das, manos, y se estremeció bajo le dolor que la invadía hasta viento fuerte, penetrante y cargada de polvo y arena, la azotó de que se le fueron calentando poco a poco. E l vestíbulo estaba lleno en el rostro. F u é tan repentino, que casi no la dio tiempo, desierto. Siguió un cartel indicador que señalaba el camino que de cerrar los ojos. Tuvo que hacer grandes esfuerzos para conseconducía a un comedor que había en el sótano, y consiguió tomai guir limpiar sus ojos con l a ayuda del pañuelo y de aliviadoras parte de. los huevos con jamón y del cargado café que le sirvieron lágrimas. L a última etapa le resultó altamente incómoda. Después subió al vestíbulo y salió a la calle. Ante ella, y a ambos lados, se extendían ios escuálidos alredeU n viento frío y penetrante pareció atravesar todo su cuerpo. dores de la ciudad. Mirando hacia atrás, el panorama no dejaba F u é hasta la esquina m á s próxima, y se detuvo mirando a s J de ser pintoresco, gracias a los picos que se e r g u í a n en el fonao. alrededor. P o r la calle principal pasaba un torrente de peatones, Pero la dura carretera, con sus sábanas de polvo ambulante, caballos y coches, que se extendía entre las dos manzanas de casas la pelada vía del ferrocarril y las cercas circulares, que Carley poco elevadas. Frente a ella había u n solar sin contracción, detrás tomó por corrales de ganado, a s í como los montones de escomdel cual empezaba una hilera de lindas casas dé e x t r a ñ a arquibros, que llenaban las proximidades de un inmenso aserradero, tectura, que, evidentemente, eran residencias de l a ciudad. Desle parecieron altamente desagradables a la vista. D e un elevapués levantó l a vista, atraída instintivamente por algo que obsdo y abovedado cañón de chimenea salía una columna de humo truía l a línea del cielo, y se quedó completamente sorprendida y amarillento, que se extendía al elevarse, dando al cielo un aspecto encantada. aún m á s triste. Detrás del aserradero se extendía el campó. Había- ¡O h! ¡Q u é magnífico! -exclamó unas pendientes my intensas, y, evidentemente debía de haber: u Dos enormes montañas se erguían ante lla. E n sus majeshabido allí un bosque, pero no quedaba de él m á s que un paraje tuosas laderas crecían bosques de árboles verdes y negros, hasta terriblemente pelado donde se elevaban algunos troncos de árboles llegar a una superficie cubierta de nieve y rodeada de árboles, quemados y millares de tocones, que atestiguaban la devastación que cada vez se iba haciendo m á s limpia y blanca, hasta llegar a sufrida. los escarpados -pmos que se erguían noblemente y brillaban con E l pelado camino torcía hacia el Sudoeste, y de aquella direcun resplandor rojizo bajo el sol que los iluminaba, destacándose ción p r e c i s a m e n t e p r o c e d í a aquel desagradable viento. Como no sobre el fondo azul del cielo. Carley había subido al Montblanc, y había visto el Matterhorn; (Se continuará. ft b